2o. Capitulo de tres
JAMA Forum, December 17, 2020, COVID-19 “This Level of Death, It’s New” HealthCare Workers in Their Own Words. Olivia Veira, AB; Joshua M. Sharfstein, MD
“Es como si viviéramos en dos mundos distintos. Está el mundo dentro del hospital, donde vemos llegar pacientes jadeando por aire, con los pulmones llenos de infección; y luego está el mundo de afuera, donde vemos personas sin mascarilla, comiendo en restaurantes, de fiesta…”
“…He realizado más RCP (Resucitación Cardiopulmonar) y he visto morir a más personas en las últimas dos semanas que en toda mi carrera profesional combinada…”
“Este nivel de muerte es algo nuevo… Es distinta…”
Palabras de los trabajadores sanitarios
Hubo un tiempo en que los hospitales dejaron de parecer hospitales y se volvieron trincheras.
No era solo cansancio. No era solo trabajo. Era una forma nueva de dolor.
Quienes estuvimos cerca del COVID vimos algo que no se nos va a borrar: demasiadas intubaciones de urgencia, demasiadas compresiones, demasiados cuerpos que no lograron volver, demasiadas despedidas sin familia, demasiadas noches en las que el alma ya no sabía cómo seguir sosteniendo tanto peso.
Se llenaron las camas, se estrecharon los recursos, se aplazaron cirugías, se desbordaron las unidades, y aun así el deber siguió en pie. Se trabajó con miedo, con agotamiento, con tristeza, con la angustia de contagiarse y llevar la enfermedad a casa. Muchos lloraron en silencio. Muchos se endurecieron para poder continuar. Muchos sintieron que, para sobrevivir, tenían que apagar una parte de sí mismos.
Y mientras dentro del hospital se veía a personas llegar jadeando, con los pulmones vencidos por la infección, afuera parecía existir otro mundo: uno que dudaba, uno que minimizaba, uno que quería volver a la normalidad sin mirar de frente lo que estaba pasando. Esa fractura fue también una herida. Dolía trabajar hasta el límite y después salir a la calle y sentir que no todos entendían la gravedad, que no todos escuchaban, que ya nadie aplaudía.
Pero incluso en medio de ese desgaste brutal, de esa tristeza hasta los huesos, quedó algo profundamente humano: la convicción de seguir cuidando. La necesidad de pedir ayuda. El ruego sencillo y poderoso de quienes estaban dentro: usen mascarilla, mantengan distancia, lávense las manos, no se expongan sin necesidad. Parecían acciones pequeñas, pero para quienes veían morir a tantos, podían significar la diferencia entre sostener o no sostener otra vida.
Tal vez eso fue lo más duro de aquellos años: descubrir hasta dónde puede llegar el sufrimiento humano, y al mismo tiempo hasta dónde puede llegar también la entrega. Porque aún cansados, desmoralizados, asustados y rotos, miles de trabajadores de la salud siguieron ahí. No como héroes de cartel, sino como seres humanos exhaustos haciendo lo que podían, una y otra vez, frente a una muerte que parecía no terminar.
Y si algo merece quedar vivo en la memoria, es esto: que detrás de cada estadística hubo manos sosteniendo otras manos, ojos llorando detrás de una careta, voces diciendo “ya no hay nada más que hacer”, y corazones que siguieron latiendo por deber, por compasión y por amor a la vida, aun cuando también estaban cansados de sufrir.
Dedicatoria
A quienes perdieron a alguien y todavía sienten que una parte de su casa, de su mesa y de su vida quedó en silencio.
A quienes no pudieron despedirse como hubieran querido… a quienes aún recuerdan una llamada, una videollamada, una última mirada, una cama vacía, una silla que ya nadie ocupa… a quienes sobrevivieron, pero no salieron intactos… a quienes cargan secuelas en el cuerpo, en el sueño, en la respiración o en el alma y a quienes siguen luchando con el miedo, la tristeza, la ansiedad, la culpa o el cansancio que dejó aquella época.
A las familias que aprendieron a vivir con una ausencia… a los hijos, padres, esposas, esposos, hermanos, abuelos y amigos que todavía pronuncian un nombre con amor y con dolor al mismo tiempo.
Y también a quienes cuidaron mientras el mundo se quebraba: a quienes estuvieron en hospitales, en ambulancias, en casas, en pasillos, en guardias interminables, sosteniendo vidas y también lágrimas.
Esta memoria es para ustedes.
Para que nadie diga que ya pasó sin dejar huella… para que nadie olvide lo que costó… para honrar a quienes partieron, abrazar a quienes quedaron heridos y reconocer la profundidad de un dolor que no siempre se ve, pero que sigue viviendo en muchos corazones.
Que el recuerdo de sus seres queridos nunca sea solo tristeza, sino también testimonio de amor.
Y que quienes aún cargan cicatrices encuentren, poco a poco, consuelo, compañía y paz.
A todos los que sufrieron y todavía recuerdan: no están solos. Su dolor importa y su memoria también, pero su amor permanecerá por siempre.
