El Maestro Sufi contaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre entendían el sentido de esta…

– Maestro – lo encaró uno de ellos una tarde. Tú nos cuentas los cuentos, pero no nos explicas su significado…

– Pido perdón por eso. – Se disculpó el maestro – Permíteme que en señal de reparación te convide con un rico durazno.

– Gracias maestro. -respondió halagado el discípulo

– Quisiera, para agasajarte, pelarte tu durazno yo mismo. ¿Me permites?

– Sí. Muchas gracias – dijo el discípulo.

– ¿Te gustaría que, ya que tengo en mi mano un cuchillo, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo?…

– Me encantaría… Pero no quisiera abusar de tu hospitalidad, maestro…

– No es un abuso si yo te lo ofrezco. Solo deseo complacerte…

– Permíteme que te lo mastique antes de dártelo…

– No maestro. ¡No me gustaría que hiciera eso! Se quejó, sorprendido el discípulo.

El maestro hizo una pausa y dijo:

– Si yo les explicara el sentido de cada cuento… sería como darles a comer una fruta masticada.

EL MAESTRO SUFI, Cuentos para pensar, Jorge Bucay

En terapia respiratoria, como en toda verdadera formación, no basta con recibir respuestas ya masticadas.

El terapeuta que solo espera que todo se le explique, copia, memoriza… pero no madura. En cambio, quien piensa, relaciona, duda, interpreta y saca sus propias conclusiones, desarrolla algo mucho más valioso que el conocimiento: criterio clínico.

Porque al lado del paciente no siempre habrá alguien que traduzca cada señal, cada cambio, cada riesgo.

Habrá monitores, habrá datos, habrá protocolos… pero al final se necesitará una mente capaz de comprender, decidir y actuar.

La enseñanza que lo da todo resuelto forma repetidores. La enseñanza que obliga a pensar forma profesionales.

Y en nuestra área, donde a veces un detalle cambia el destino de un enfermo, un terapeuta no puede conformarse con repetir lo aprendido: debe aprender a ver, a juzgar y a entender por sí mismo.