Memorias de tiempos del Covid

1er. Capítulo de tres

Inspirado en la parábola de Franz Kafka, titulada “Un mensaje imperial” (o “Un mensaje del emperador”, Eine kaiserliche Botschaft), publicada en 1919. Mensaje enviado por un rey moribundo.

El mensaje en tiempo de Peste (COVID)

En los primeros meses de la pandemia, cuando las ciudades todavía no sabían si lo que ocurría era una emergencia sanitaria o una forma nueva del fin del mundo, enfermó el hombre más influyente del país.

No era un rey, aunque durante años se había acostumbrado a ser obedecido como si lo fuera. Había presidido consejos, inclinado voluntades, abierto aeropuertos, cerrado fábricas, llamado por su nombre a ministros, empresarios, obispos y generales. Su firma valía más que muchas leyes. Sus comidas habían sido servidas sobre manteles largos, sus palabras repetidas por periodistas atentos, sus silencios interpretados por cortesanos con el mismo cuidado con que se examina un parte de guerra.

Cuando se supo que tenía fiebre, la noticia no se anunció al principio. Se dijo que estaba cansado. Luego, que trabajaría a distancia. Después, que se encontraba estable. Pero en la casa donde lo habían aislado —una residencia de muros altos, jardines geométricos y pasillos demasiado amplios para el paso de una sola persona— ya se movían con ese sigilo particular que solo existe donde la esperanza empieza a retirarse.

El médico principal, protegido con mascarilla, careta y una bata que le hacía parecer menos un salvador que una figura prestada por una pesadilla de laboratorio, le explicó lo indispensable. El oxígeno descendía. El pulmón derecho estaba más afectado. Tal vez sería necesario trasladarlo. Tal vez no habría tiempo. Tal vez, si la noche empeoraba, tendrían que intubarlo.

El hombre escuchó todo sin hacer preguntas. Tenía poder, pero no ignorancia. Había visto ya demasiados informes, demasiadas noticias, demasiados cadáveres entrando y saliendo de estadísticas bien peinadas. Sabía lo que significaba ese descenso lento y obstinado del oxígeno. Sabía que la enfermedad no siempre mataba con estruendo. A veces bastaba con encerrarte en una habitación, quitarte poco a poco el aire y dejar que los demás hablaran en voz baja fuera de la puerta.

Pidió entonces que llamaran a su secretario privado.

El secretario entró como quien entra en la cámara de un tribunal. Se desinfectó las manos dos veces, acomodó mal la mascarilla y se inclinó a una distancia prudente. Había servido al enfermo por quince años. Le había llevado carpetas de madrugada, le había conocido la cólera, la generosidad y el miedo a la insignificancia. Lo vio ahora distinto: más pequeño, casi liviano, como si la fiebre hubiera empezado a desprender de él no solo la salud, sino también la importancia.

—Quiero que se entregue un mensaje —dijo el hombre, con una voz que parecía venir de detrás de sí mismo.

El secretario acercó una libreta.

—No lo escriba —dijo él—. Escúchelo bien.

Y entonces, levantando apenas la cabeza de la almohada, le dijo al oído una frase breve. Tan breve que al secretario le pareció imposible que eso fuera todo. Esperó una segunda parte, una explicación, una instrucción complementaria. Pero no hubo nada más.

—Repítala —ordenó el enfermo.

El secretario la repitió.

—Otra vez.

La repitió de nuevo.

El hombre cerró los ojos. Luego añadió:

—Debe llegar hoy. Antes del amanecer.

El secretario no se atrevió a preguntar a quién iba dirigida, porque lo sabía. No era para un ministro ni para un consejo ni para la prensa. Era para una mujer que vivía sola al otro lado de la ciudad, en un edificio antiguo ahora encerrado por las restricciones. Una mujer a la que el poder de aquel hombre nunca había conseguido retener, y a la que, sin embargo, nunca había logrado olvidar. Hacía veinte años que no la veía, pero en la fiebre había pronunciado su nombre dos veces.

El secretario salió con el mensaje memorizado, como si llevara una chispa entre las manos.

Afuera, el mundo que antes servía a aquel hombre ya no respondía con la misma precisión. La ciudad estaba inmóvil. Las avenidas, vacías; los semáforos, absurdamente obedientes sobre calles sin coches; los aeropuertos, silenciosos como catedrales cerradas; las plazas, deshabitadas. En las puertas de los hospitales se apilaban ambulancias. En las casas, la gente tosía, rezaba o miraba las noticias hasta la madrugada. Todo tenía la apariencia de seguir en pie, pero el orden secreto que une los actos con sus consecuencias se había roto.

El secretario intentó salir en automóvil, pero el primer retén sanitario le negó el paso. Mostró credenciales, sellos, autorizaciones. El policía, agotado detrás de su cubrebocas húmedo, pidió una validación adicional que solo podía emitirse desde una oficina ya cerrada.

Volvió a marcar números que nadie respondió. Llamó a asistentes, subsecretarios, jefes de seguridad. Algunos estaban enfermos. Otros no contestaban desde hacía horas. Uno acababa de morir esa mañana y aún figuraba en el directorio como disponible. El secretario sintió entonces una vergüenza extraña: no por fracasar, sino por descubrir que el andamiaje entero de la autoridad podía detenerse por la fiebre de hombres anónimos.

Optó por ir a pie.

Cruzó calles vacías, sorteó ambulancias, enseñó su identificación a soldados jóvenes que ya no sabían a quién obedecían exactamente, porque cada orden nueva parecía derogar la anterior. Llegó al barrio de la mujer, pero el edificio estaba sellado por un brote. Nadie entraba. Nadie salía. Desde la calle llamó por teléfono al portero, luego a vecinos cuyos números logró conseguir con trabajo. Nadie quiso acercarse a su puerta. Todos temían el contagio, el contacto, la respiración ajena, el pasamanos, la perilla, el ascensor, el papel.

Pidió entonces que le subieran una nota.

Escribió el nombre de la mujer, su departamento, y una sola línea: “Debo entregarle un mensaje urgente”.

La nota quedó varios minutos en una mesa del vestíbulo, junto a paquetes de supermercado, frascos de gel, mascarillas abiertas y una vela encendida ante la foto de otro muerto reciente. Pasó una enfermera voluntaria, leyó la nota de lejos y negó con la cabeza. Un vigilante la movió con el borde de un palo. Una vecina la roció con desinfectante hasta borrar la tinta.

El secretario permaneció allí hasta la noche.

Arriba, detrás de una ventana del cuarto piso, alguien descorrió apenas una cortina. Él quiso creer que era ella. Levantó la mano, pero la figura no respondió. Tal vez no había visto nada. Tal vez sí, y había decidido no acercarse a una última complicación venida del pasado. Tal vez la mujer ni siquiera seguía viviendo allí y el encierro lo había dejado esperando bajo la ventana equivocada.

Mientras tanto, en la residencia, el hombre empeoraba.

Le colocaron una mascarilla de alto flujo. Después otra distinta. Sus manos, que habían firmado decretos, buscaban ahora inútilmente la sábana, el borde de la cama, la baranda, algo firme en qué apoyarse mientras el aire se hacía insuficiente. Preguntó una vez si el secretario había vuelto. Nadie quiso mentirle demasiado, pero tampoco decirle la verdad.

Antes de la medianoche, con el monitor haciendo su trabajo desapasionado de testigo, volvió a abrir los ojos.

—¿Llegó? —preguntó.

Nadie respondió.

No fue necesario. En el rostro del médico, ya vencido por la costumbre de esas jornadas, estaba la contestación.

El hombre asintió muy levemente, como si esa noticia solo confirmara algo que en realidad siempre había sabido: que ninguna posición, por alta que parezca, acorta de verdad las distancias esenciales. Ni entre una vida y otra. Ni entre el amor y su reparación. Ni entre una conciencia y la puerta por la que debe salir su último mensaje.

Murió una hora después, sedado, mientras la ciudad seguía contando camas, contagios y ataúdes.

A la mañana siguiente, el secretario regresó por última vez al edificio de la mujer. No estaba sellado ya por custodios, sino por el cansancio. En el buzón encontró sobres atrasados, avisos de adeudo, propaganda vieja, una circular del ayuntamiento suspendiendo toda atención presencial. Preguntó por ella desde la acera y una vecina, mirando hacia abajo desde un balcón, le dijo que había salido semanas atrás hacia casa de su hermana, en otra provincia, antes del cierre de carreteras.

—¿Sabe usted dónde? —preguntó él.

La mujer del balcón se encogió de hombros.

El secretario guardó silencio. Por un momento pensó en viajar, buscarla, insistir, cruzar retenes, pueblos, hospitales, fronteras interiores levantadas de un día para otro por el miedo. Pero de pronto comprendió que el mensaje ya no pertenecía al mundo de las entregas, sino al de las cosas tardías. Hay palabras que, si no llegan a tiempo, dejan de ser palabras y se convierten en otra cosa: remordimiento, fábula, niebla.

Nunca reveló a nadie el contenido del mensaje.

A veces, años después, cuando la ciudad volvió a llenarse de tráfico y de gente que caminaba como si nunca hubiera aprendido a temer el aire, el antiguo secretario creía ver, en un café o en una estación, el rostro posible de aquella mujer. Entonces recordaba al hombre en la cama, la frase susurrada dos veces, la noche cerrada, los retenes, las ventanas clausuradas, la tinta borrada por el desinfectante.

Y entendía que la pandemia no solo había llenado hospitales y casas de enfermos, sino también el mundo de mensajes imposibles.

Porque en aquellos días se volvió evidente algo que antes apenas sospechábamos: que la vida humana pesa enormemente mientras la creemos nuestra, pero en el momento decisivo puede volverse leve como una respiración que no alcanza, como una palabra que no llega, como una presencia que un vidrio separa para siempre.

Y, sin embargo, en alguna parte, la destinataria —si aún vivía— acaso seguía asomándose de vez en cuando al atardecer, sin saber por qué, con la vaga sensación de que alguien quiso decirle algo una noche lejana en que todo estaba cerrado.