Leyendas de Pasión de fin de semana


Hasta ayer pasamos el curso: “Airway and Mechanical Ventilation Management” de la Sociedad de Critical Care Medicine, USA, durante el congreso de Medicina Critica CAMI 2026, lo iremos desglosando en las proximas semanas, pero basicamente se trata de cómo abordar desde el inicio al paciente con falla ventilatoria, hoy iniciamos con: cómo ventilarlo manualmente…

1ª. parte: Mercedes. La primera vez que sentí que el aire también pesa

No recuerdo exactamente la hora, pero sí recuerdo la luz. Era esa luz pálida de los pisos de hospitalización, cansada y ligeramente amarillenta, que parece no pertenecer ni al día ni a la noche. El pasillo estaba relativamente tranquilo. A lo lejos se escuchaba el rodar de un carro de medicamentos, el sonido intermitente de alguna bomba de infusión y una televisión encendida dentro de una habitación, con el volumen tan bajo que parecía formar parte del murmullo habitual del hospital.

Yo venía de hacer lo cotidiano. Había revisado pacientes con oxígeno, ajustado una mascarilla, acomodado una cánula que molestaba detrás de la oreja y explicado a un familiar que no convenía retirar el oxígeno “sólo un ratito” para comer. Eran esas pequeñas tareas que, cuando uno empieza a trabajar, parecen rutinarias y que con los años termina comprendiendo que pueden ser mucho más importantes de lo que aparentan.

Entonces escuché el grito.

No fue primero una alarma. Fue una voz humana. Una enfermera llamó a alguien con ese tono que no necesita explicación, porque quienes trabajan en un hospital aprenden pronto a reconocer cuándo algo ha cambiado. Después llegaron los pasos apresurados, el movimiento de una silla, una puerta golpeando contra la pared y alguien pidiendo el carro de reanimación.

Entré casi por reflejo.

El paciente estaba en una habitación común de hospitalización, no en terapia intensiva. Eso fue quizá lo primero que me desconcertó. Uno imagina que los acontecimientos más graves ocurren detrás de cristales, rodeados de ventiladores, monitores y equipos preparados para cualquier desastre. Pero a veces suceden en una habitación ordinaria, con una cobija doblada a los pies de la cama, un vaso de agua sobre la mesa y una familia que todavía no comprende que, en pocos segundos, el mundo acaba de cambiar.

Era un hombre de alrededor de sesenta años. Había ingresado por una neumonía sobre una exacerbación de EPOC. Yo lo conocía. Lo había visto unas horas antes y no era, ni de lejos, el paciente que hubiera identificado como el más grave de mi turno. Tenía oxígeno por puntas nasales, tos débil y cansancio, pero conversaba. Me había dicho que quería dormir porque llevaba dos noches descansando mal. Su esposa estaba sentada junto a la cama. Recuerdo sus manos apoyadas sobre la sábana, una sobre la otra, como si rezara sin querer que nadie se diera cuenta.

Cuando regresé a la habitación, él ya no respondía. Tenía la boca entreabierta, los ojos semicerrados y un color grisáceo que no estaba allí unas horas antes. Una enfermera intentaba palpar el pulso mientras otra persona iba por el equipo de reanimación. Alguien pidió ayuda.

Durante unos segundos la habitación me pareció demasiado pequeña. La esposa me miró como si yo trajera una respuesta. No la traía. Traía entrenamiento, cursos, simulaciones, guardias y muchas horas pensando qué haría si algún día aquello sucedía. Pero una emergencia real nunca llega como en los cursos. Llega con una almohada que estorba, una cama mal colocada, personas entrando y saliendo, alguien llorando detrás de ti y unas manos que tiemblan apenas, aunque uno intente convencerlas de que no lo hagan.

Pedí la bolsa-válvula-mascarilla. Mientras comenzaban las compresiones, abrí la vía aérea. Cabeza, mentón, mandíbula. Lo había practicado tantas veces en maniquíes que, por unos segundos, mis manos parecían recordar mejor que mi cabeza. Pero aquella mandíbula era distinta. Era humana. Pesaba.

Coloqué la mascarilla y el sello no fue bueno. Sentí cómo el aire escapaba junto a la mejilla. Era apenas un pequeño escape, pero en aquel momento sonó como una acusación. Reacomodé la posición, ajusté la mascarilla y pedí ayuda para mejorar el sello. Conectamos el reservorio al oxígeno, revisé el flujo y comprimí la bolsa.

Miré el tórax.

Ascendió muy poco.

Volví a ventilar y otra vez el movimiento fue insuficiente. En cuestión de segundos comenzaron a cruzarse preguntas por mi cabeza. ¿Estaba realmente abierta la vía aérea? ¿Había secreciones? ¿Broncoespasmo? ¿Alguna obstrucción? ¿Estaba ventilando demasiado rápido? ¿Demasiado fuerte? ¿Estaba entrando aire al estómago? ¿Llegaba realmente el oxígeno? ¿Cuánto volumen necesitaba aquel hombre y cuánto podía hacerle daño?

La bolsa se sentía dura por momentos, como si el aire empujara contra una puerta que no quería abrirse. A mi lado continuaban las compresiones y yo seguía mirando el pecho del paciente. Aquella fue quizá la primera vez que comprendí, de verdad, que apretar una bolsa no significa necesariamente ventilar a una persona.

Pedí aspiración. Había secreciones espesas. La cánula entró con ese sonido húmedo que quienes han trabajado con vía aérea difícilmente olvidan. Aspiramos, volví a abrir la vía aérea y ventilé de nuevo. Esta vez el tórax ascendió mejor. Sentí alivio, aunque no era alegría. Era algo más primitivo: la sensación de haber recuperado una pequeña parte del control.

Cuando llegó el equipo médico de reanimación, la habitación comenzó a adquirir cierto orden. El médico pidió ritmo, tiempos, medicamentos y accesos. Yo permanecí en la cabecera ventilando mientras preparaban la intubación.

En una pausa alguien dijo que había pulso. Muy débil, pero presente. Miré al paciente y vi que sus párpados se movían. Pensé primero que era un reflejo, pero después abrió los ojos. No despertó como quien vuelve tranquilamente de un sueño. Los abrió con miedo, un miedo profundo, limpio, casi animal. Intentó respirar por encima de la mascarilla y movió débilmente las manos, quizá queriendo quitársela.

Me miró directamente.

—Estamos aquí. Respire conmigo. Le estamos ayudando.

Nunca supe si realmente me escuchó. A veces he pensado que aquellas palabras también eran para mí, porque yo seguía preguntándome si había hecho todo correctamente: si tardé demasiado en conseguir el sello, si algunas ventilaciones fueron excesivas, si debí aspirarlo antes, si otra persona con más experiencia habría reconocido el problema unos segundos antes.

El pulso volvió a perderse y las compresiones comenzaron de nuevo. Regresé a la mascarilla. Cada ventilación empezó a parecerme una cuerda lanzada hacia alguien que se alejaba y al que intentábamos traer de regreso. No había nada heroico en aquello. Era cansado, imperfecto, torpe en algunos momentos y profundamente humano.

Finalmente, el médico intubó. Se confirmó la posición del tubo y la ventilación se hizo más evidente. El tórax comenzó a ascender con mayor regularidad. En el monitor apareció la saturación 72, despues 80… 88…89. La saturación, que al inicio aparecía en valores muy bajos, comenzó a recuperarse progresivamente hasta superar el noventa por ciento. El ritmo cardíaco se organizó y esta vez el pulso permaneció.

Lo trasladaron a terapia intensiva.

La habitación quedó llena de restos de la reanimación: envolturas abiertas, gasas, conexiones, una almohada en el suelo y el oxígeno todavía fluyendo por un sistema que ya nadie necesitaba. Antes de seguir la camilla, la esposa me tomó la mano. No dijo gracias. Tal vez no podía. Sólo apretó mis dedos durante unos segundos, como si necesitara comprobar que alguien real había estado allí.

Después fui al baño del personal y me miré al espejo. Tenía el cabello húmedo pegado al cuello y los ojos demasiado abiertos. Me lavé las manos, aunque ya estaban limpias. Después volví a hacerlo. No porque estuvieran sucias, sino porque necesitaba realizar algo sencillo, algo que tuviera un principio y un final.

Y el turno continuó.

Eso también me impresionó. El hospital no se detiene para permitirnos comprender lo que acaba de suceder. Había nebulizaciones pendientes, otro paciente necesitaba que revisara su oxígeno y una enfermera preguntaba por una mascarilla Venturi. La vida clínica siguió con su indiferencia funcional.

Pero yo ya no era exactamente la misma.

Durante días reconstruí aquella habitación en mi cabeza. Recordaba el escape de la mascarilla, la mandíbula, la bolsa que por momentos parecía demasiado dura, el tórax que al principio apenas se movía, las secreciones y, sobre todo, aquellos ojos abiertos detrás de la mascarilla. Volví a estudiar ventilación manual. Practiqué nuevamente la apertura de la vía aérea y los sellos. Pregunté a compañeros con más experiencia. Le pedí a un intensivista que observara mis manos y corrigiera mi técnica.

No lo hice solamente por miedo a haber cometido un error. Lo hice porque aquella noche comprendí algo que hasta entonces conocía sólo de manera teórica: durante algunos minutos, la vida de otra persona puede depender literalmente de la forma en que nuestras manos administran aire.

Días después supe que aquel hombre había sobrevivido. Permaneció intubado, después despertó, más tarde pasó nuevamente a oxígeno y finalmente comenzó a sentarse al borde de la cama con fisioterapia. Cuando volví a verlo probablemente él no me reconoció. Yo sí. Le acomodé la cánula, escuché su respiración y le pregunté si estaba cómodo.

Me respondió que sí.

Nunca le conté todo lo que había sucedido dentro de mí aquella noche. Pero desde entonces, cuando veo una bolsa de ventilación colgada junto a una cama, ya no veo simplemente plástico, una válvula y un reservorio. Veo una responsabilidad.

Porque aquella noche aprendí algo que los maniquíes nunca habían conseguido enseñarme: el aire también pesa. Pesa cuando falta, pesa cuando alguien espera recibirlo y pesa mucho más cuando, durante unos minutos, depende de nuestras manos.