1ª parte de tres: Nicté: la niña que salió de la selva

Nicté no sabía que su vida iba a cambiar aquel día.
Para ella, el mundo era pequeño y enorme al mismo tiempo. Pequeño porque cabía en unas cuantas casas de madera cansada, en un sendero de tierra, en una choza humilde, en la falda desgastada de su madre. Enorme porque más allá de esas casas empezaba la selva: árboles altos, sombras frescas, aves que cantaban desde lugares invisibles, insectos escondidos bajo las piedras, flores de colores vivos y una laguna tan clara que parecía guardar el cielo dentro del agua.
Allí había nacido hace como 4 años. Allí había aprendido a correr descalza. Allí sabía dónde buscar lombrices para pescar, qué plantas no debía tocar, en qué piedra podía sentarse sin resbalar y en qué parte del camino el sol entraba como una sábana dorada entre las ramas.
Su madre se llamaba María. Tenía menos de veinte años, aunque la vida ya le había puesto en los ojos una seriedad de persona grande. Era delgada, morena, callada. Hablaba poco, pero miraba mucho. Había aprendido a vivir con casi nada: un poco de maíz, frijoles cuando había, peces de la laguna, frutas silvestres, agua del manantial y esa forma de resistencia que tienen algunas mujeres cuando ya no les queda más opción que seguir de pie.
El poblado donde vivían ya casi no era un poblado. Eran tres o cuatro casas separadas por maleza, algunas medio caídas, otras abandonadas desde hacía años. La gente se había ido yendo al norte, como si una corriente silenciosa los jalara hacia una promesa lejana. Algunos murieron antes de irse. Otros partieron y nunca volvieron. El padre de Nicté también se fue. Dijo que cruzaría hacia la frontera, que trabajaría, que mandaría dinero, que volvería por ellas.
María esperó.
Esperó primero con ilusión, luego con coraje, después con tristeza, y al final con ese cansancio seco de quien ya no sabe si espera a una persona o solo a un recuerdo.
Nicté no entendía esas cosas. Para ella, su madre era todo. Si María estaba cerca, el mundo estaba completo. Podía no haber zapatos, ni juguetes, ni cama suave, ni mesa grande; pero si su madre estaba allí, entonces había casa.
Aquel día llegaron unos extranjeros.
Venían del norte de Italia, de una región cercana a Milán. Habían viajado por México buscando paisajes, ciudades antiguas, playas, mercados, iglesias, montañas. Pero Chiapas les había mostrado algo distinto y sentían como si de esas tierras algo o alguien les llamara. Mientras más se adentraban en la selva maya, más sentían que estaban entrando en un mundo que no se parecía a ningún otro. El guía les había prometido mostrarles un lugar poco visitado. Llegaron hasta donde el jeep pudo avanzar. Después, el camino se volvió estrecho y terroso.
—Aquí termina el camino —les dijo el guía—. Hay unas casas más adelante. Veremos si encontramos algo de comer.
Pero no encontraron un pueblo. Encontraron silencio.
Las casas parecían sostenerse por costumbre. No había mercado, ni tienda, ni voces de niños jugando. Solo el sonido de la selva y el calor detenido sobre los techos.
Entonces apareció Nicté.
Salió de entre las sombras como salen los animales pequeños cuando todavía no saben si confiar. Tendría tres años, quizá cuatro. Era delgadita, de cabello negro y largo, con ojos oscuros, grandes, vivos. Llevaba una ropa gastada, más cercana a un trapo que a un vestido. No sonrió. No huyó. Solo miró.
La mujer italiana se agachó y le habló con suavidad. La niña no respondió. El guía dijo que tal vez hablaba una lengua maya. La pareja intentó sonreírle. Le ofrecieron un panecillo que traían en la mochila. Nicté miró primero el pan, luego a ellos, luego otra vez el pan.
Tenía hambre.
Lo tomó con cuidado, como si temiera que el gesto tuviera algún precio. La mujer quiso acariciarle el cabello, pero Nicté retrocedió de inmediato. En ese momento apareció María. La niña corrió hacia ella y se escondió detrás de sus piernas, sosteniendo el pan como un tesoro. Le dijo algo en su lengua, una pregunta corta. María miró a los visitantes, habló con el guía en español y luego asintió.
Nicté comenzó a comer, mirando desde atrás de la falda de su madre.
La pareja no pudo apartar los ojos de ella.
María aceptó acompañarlos. Les dijo que cerca había una laguna y que podía mostrarles el lugar. Caminó delante, junto al guía. La pareja fue detrás, observando a la niña, que de pronto dejó de esconderse y empezó a correr de un lado a otro. Saltaba raíces, tocaba hojas, se colgaba de la falda de su madre y volvía a soltarse. Parecía que la selva la conocía. Parecía una pequeña criatura hecha de tierra, agua y luz.
Cuando llegaron a la laguna, los extranjeros se quedaron sin palabras.
El agua era transparente. La orilla estaba rodeada de árboles, y el aire tenía ese olor húmedo de las cosas vivas. María sacó unas ramas que usaba como cañas. Nicté, sin que nadie se lo pidiera, empezó a levantar piedras buscando insectos y lombrices. Se los daba a su madre con una seriedad casi profesional. María lanzó la línea al agua. En pocos minutos ya tenía varios peces.
—Puedo prepararlos —dijo.
Regresaron a la choza. Mientras María cocinaba, Nicté la ayudaba como podía. Alcanzaba cosas, se asomaba al fuego, se reía sola, iba y venía sin cansarse. La pareja la miraba. Había en esa niña una mezcla extraña de fragilidad y fuerza. Su cuerpo era pequeño, pero su presencia llenaba el lugar.
María les contó su historia sin adornarla. Dijo que sus padres habían muerto jóvenes porque no hubo médico ni medicinas. Que ella quedó huérfana siendo casi una niña. Que se juntó con un muchacho del pueblo y tuvo a Nicté muy joven. Que él se fue al norte y no volvió. Que las otras familias también se fueron. Que ella se había quedado allí porque no tenía a dónde ir.
Lo dijo sin pedir lástima.
La pareja escuchaba en silencio. Venían de una vida cómoda. Una casa caliente en invierno, médicos cerca, agua limpia, comida segura, viajes, libros, música, hospitales, trenes, calles iluminadas. Habían sufrido también, pero de otra manera. Durante años habían intentado tener hijos. Consultaron especialistas, hicieron tratamientos, esperaron resultados, lloraron en silencio. La medicina les había dado explicaciones, pero no una cuna.
Y allí, en medio de la selva, frente a una mesa pobre donde les ofrecían quizá lo último que había en la casa, apareció Nicté.
La mujer italiana miró a su esposo. Él la miró a ella. No dijeron nada. No hizo falta.
A veces una idea nace antes que las palabras. Nace en una mirada, en un temblor del pecho, en una certeza que asusta porque llega completa.
Primero pensaron en ayudar. Luego en llevar a María a la ciudad. Después, casi al mismo tiempo, entendieron lo que los dos estaban pensando: querían adoptar a Nicté.
No como quien toma algo. No como quien rescata para sentirse bueno. La querían porque al mirarla sintieron, con una claridad que no habían sentido en años, que esa niña podía ser su hija. Y también entendieron que aquello solo podía hacerse bien, con respeto, con tiempo, con documentos, con consentimiento, con verdad.
Hablaron con el guía. Él dijo que en Mérida habría instituciones, trámites, autoridades. Que nada sería fácil, pero que podía orientarlos. La pareja propuso ayudar a María, conseguirle un lugar, trabajo, techo. El guía dudó. Tenía familia, esposa, hijas. No podía prometer demasiado, pero sí podía acompañar el proceso.
Entonces hablaron con María.
Le dijeron que querían ayudarla. Que allí estaba sola. Que Nicté no tenía escuela, ni médico, ni futuro seguro. Le dijeron que ellos vivían lejos, en otro país, al norte de Italia, cerca de las montañas. Que, si la ley lo permitía y ella lo aceptaba, querían criar a Nicté como hija. Que estudiaría, que tendría cuidados, que no le faltaría comida ni abrigo. Que no borrarían su origen. Que volverían cuando fuera posible. Que María no desaparecería de su historia.
María escuchó sin moverse.
Miró a la niña, que jugaba cerca de la puerta con una rama. La vio levantar tierra, mirar un insecto, hablarle como si fuera un amigo. La vio pequeña. La vio sola en el mundo si algo le pasaba a ella. La vio creciendo sin escuela, sin medicina, sin nadie más.
No lloró en ese momento. Las lágrimas vendrían después.
—Déjenme hablar con ella —dijo.
Se acercó a Nicté y se agachó frente a ella. Le habló en su lengua. Le dijo que irían a la gran ciudad. Que habría un camino largo. Que debía prepararse. La niña la miró con atención, como si entendiera más por el tono que por las palabras.
—Prepara tus cosas —le dijeron.
María miró alrededor.
No había nada.
No había maletas. No había juguetes. No había fotografías. No había vestidos doblados en un armario. No había cartas guardadas, ni platos de familia, ni una cama que cargar. Todo lo que tenían estaba puesto sobre el cuerpo o metido en la memoria.
Pero la memoria sí pesaba.
Pesaba la laguna. Pesaba el olor del maíz caliente. Pesaba el humo del fogón. Pesaban los cantos de las aves al amanecer. Pesaba el manantial detrás de la casa. Pesaba la sombra donde Nicté había dormido sus siestas. Pesaba la voz del hombre que se fue y no volvió. Pesaban los muertos. Pesaba la tierra.
María tomó a su hija de la mano.
—Ya estamos listas —dijo.
Subieron al jeep.
Nicté nunca había subido a un auto. Al principio se apretó contra su madre. Luego descubrió la ventana. El mundo empezó a moverse. Los árboles pasaban rápido. El camino brincaba bajo las llantas. Del reproductor salía una música que ella no entendía, pero que le pareció parte del viaje. Miraba todo con los ojos abiertos, sorprendida, despierta. Para ella no era una despedida. Era una aventura. Su madre estaba a su lado. Eso bastaba.
María, en cambio, miró hacia atrás.
Vio alejarse las casas pequeñas, el humo del fogón, la entrada del sendero, la selva que se cerraba como si guardara un secreto. No dejaba muebles ni dinero ni posesiones. Pero dejaba su única forma conocida de mundo. Dejaba el lugar donde había nacido, donde había amado, donde había esperado, donde había sobrevivido.
Las lágrimas le rodaron en silencio.
La mujer italiana, sentada adelante, la vio por el espejo. No dijo nada. Hay dolores que no se consuelan con frases. Solo se acompañan.
El jeep avanzó.
La selva fue quedando atrás, pero no se fue del todo. Se quedó en la piel de Nicté, en su cabello oscuro, en sus ojos, en el modo en que olía el aire antes de sonreír, en la manera en que apretaba el pan con las dos manos, en algo profundo que ella todavía no podía nombrar.
Muchos años después, cuando ya viviera lejos, cuando hablara otro idioma, cuando caminara por calles frías bajo un cielo europeo, cuando usara uniforme blanco y estudiara enfermería, habría aromas capaces de abrirle de golpe una puerta antigua.
Pero eso ella no lo sabía.
Aquel día solo sabía que el camino se movía, que su madre estaba junto a ella y que el mundo se había vuelto inmenso.
Así Nicté dejó su pequeña comarca de selva…. No como quien abandona una vida… Sino como quien empieza, sin saberlo, la aventura que la llevará a descubrir quién es.