3er Capítulo de tres
Homenaje a nuestros Héroes
Prevalence of Emotional Exhaustion Among Respiratory Therapists
Andrew G. Miller, et. all. Respiratory Care. Online April 2026
El artículo demuestra que el cansancio emocional en terapeutas respiratorios sigue siendo muy alto, aun después de la etapa más intensa de COVID-19. En una encuesta multicéntrica y multinacional realizada en 2025, 70% de los terapeutas respiratorios reportó agotamiento emocional: 32% leve, 29% moderado y 9% severo. Aunque esta cifra bajó respecto al 79% observado durante la pandemia, continúa siendo preocupante.
Lo más importante es que el agotamiento no se explica solo por “trabajar mucho”. Se asoció con ambiente laboral deteriorado, intención de renunciar, alta carga de trabajo, incivilidad, ausencias laborales, imposibilidad de completar el trabajo en más de la mitad de los turnos y muchas horas en UCI. La exposición a incivilidad fue especialmente relevante, incluso más fuerte que algunas variables de carga laboral.
El estudio también confirma algo crucial para equipos jóvenes: sentirse valorado, tener liderazgo positivo, percibir que el jefe se preocupa por la persona, estar satisfecho con la compensación y dedicar el día a actividades de alto valor se asociaron con menor riesgo de agotamiento. En cambio, trabajar en un entorno donde “todos están quemados” multiplica el riesgo.
En síntesis: después de COVID, la terapia respiratoria no volvió simplemente a la normalidad. Quedó una profesión marcada por alta exigencia, déficit de personal, carga intensa en UCI, rotación, presión emocional y exposición a ambientes difíciles. Para los terapeutas jóvenes, esto significa entrar a una profesión noble, pero dura, donde el liderazgo, el reconocimiento y una cultura laboral sana pueden ser tan importantes como la capacitación técnica.
Homenaje a nuestros Héroes
DE QUÉ ESTÁN HECHOS LOS TERAPEUTAS RESPIRATORIOS
Hay imágenes que no necesitan explicarse demasiado. Uno las mira y se entiende antes de leer cualquier texto.
Esta, en particular, dice mucho de la Terapia Respiratoria. Un profesional formado por las piezas de su propio oficio: circuitos, válvulas, mascarillas, filtros, sensores, conexiones, ventiladores, fármacos. El dragón y los virus de Covid, que se alimentaban de todos nuestros escasos insumos. Todo ese universo que para muchos parece frío o técnico, pero que en manos de un terapeuta respiratorio puede convertirse en tiempo, alivio, oportunidad y vida.
Quien ha trabajado cerca de ellos sabe que no son solo operadores de equipos. Conocen el sonido de una alarma que no debe ignorarse, la diferencia entre una fuga menor y una fuga que compromete el soporte, la importancia de una interfase bien colocada, el peso de una saturación que no mejora, la curva que empieza a decir algo antes de que el resto del equipo lo note. Hay una forma de mirar al paciente que se aprende con los años, pero también con las madrugadas, con los turnos pesados y con la responsabilidad de estar ahí cuando respirar deja de ser algo automático.
Durante la pandemia, esa verdad quedó expuesta de una manera inhumana.
Nadie estaba completamente preparado. Al inicio, el conocimiento cambiaba cada semana. Se discutían estrategias, se ajustaban protocolos, se improvisaban áreas, se buscaban ventiladores, se multiplicaban las camas, se intentaba entender una enfermedad que avanzaba más rápido que nuestras certezas. En medio de todo eso, muchos terapeutas respiratorios —varios de ellos muy jóvenes— entraron a las unidades críticas con una mezcla difícil de describir: miedo, disciplina, cansancio, compromiso y una seriedad que no siempre se les reconoció.
No trabajaban desde la distancia. Estaban junto a la cama. En el momento de aumentar el soporte, de revisar el circuito, de colocar una cánula, de vigilar una ventilación difícil, de participar en una pronación, de acompañar una intubación, de preparar un traslado o de intentar una vez más que el paciente ganara algo de aire. A veces había poco equipo. A veces faltaba personal. A veces el hospital entero parecía estar funcionando al límite. Ellos seguían ahí, haciendo lo que sabían hacer y aprendiendo lo que nadie había alcanzado a enseñarles todavía.
Yo también viví esa etapa desde un lugar personal. Me enfermé. Mi familia se enfermó. Vi morir pacientes, compañeros, conocidos. Vi el miedo en los ojos de muchas personas y también vi algo que no se olvida: profesionales jóvenes saliendo de una habitación agotados, marcados por el equipo de protección, con la mirada cansada, y aun así revisando al siguiente paciente porque todavía quedaba alguien más que necesitaba ayuda.
Eso no se borra.
La pandemia no creó el valor de la Terapia Respiratoria, pero sí la hizo visible. Antes de COVID ya estaban en las terapias intensivas, en urgencias, en recuperación, en hospitalización, en traslados, en rehabilitación, en domicilio. Ya estaban cuidando pacientes con EPOC, asma, neumonía, insuficiencia respiratoria, daño neuromuscular, cirugía mayor, trauma, fragilidad y final de vida. Lo que ocurrió fue que el mundo, por un momento, entendió que respirar puede convertirse en la frontera entre la vida y la muerte, y que hay profesionales dedicados precisamente a cuidar esa frontera.
No siempre recibieron el reconocimiento que merecían. En muchos sistemas de salud su trabajo siguió siendo poco visible, absorbido por la urgencia, por la jerarquía, por la costumbre de mirar más al médico que al equipo completo. Pero la falta de reconocimiento no disminuye el valor de lo hecho. Al contrario: lo vuelve más digno, porque buena parte de su esfuerzo ocurrió sin aplausos, sin cámaras y sin que las familias pudieran siquiera conocer sus nombres.
Hay pacientes que sobrevivieron gracias a una cadena de decisiones donde la terapia respiratoria fue decisiva. Familias que pudieron volver a ver a alguien porque un equipo sostuvo la oxigenación una noche más. Personas que no recuerdan la cara de quien ajustó el ventilador o corrigió una interfase, pero viven con el resultado de ese cuidado. Esa es una forma profunda de dejar huella.
Y también hay que decirlo con honestidad: muchos quedaron cansados. El agotamiento emocional no es una falla del carácter. Es una consecuencia humana de haber trabajado durante años en escenarios donde la presión clínica, la escasez de recursos, la carga emocional y la falta de reconocimiento se acumulan. Nadie puede estar cerca del sufrimiento tantas veces sin llevarse algo de él. Por eso, cuando un terapeuta respiratorio se siente exhausto, no deberíamos pedirle simplemente que sea más fuerte. Deberíamos preguntarnos qué clase de sistema estamos construyendo alrededor de quienes sostienen el cuidado.
Esta imagen, por eso, tiene tanta fuerza. Parece decir que el Terapeuta Respiratorio lleva su profesión incorporada al cuerpo. No como una carga, sino como identidad. La técnica en las manos, la experiencia en la mirada, la memoria clínica en la mente. Pero el centro de todo no está en el ventilador ni en el circuito. Está en el paciente.
Ahí se define la profesión.
En la forma de acercarse a alguien que no puede respirar bien. En la paciencia para explicar un dispositivo. En la delicadeza de ajustar una mascarilla sin lastimar. En la firmeza para advertir que un paciente está empeorando. En la capacidad de trabajar con médicos, enfermeras, fisioterapeutas y familias cuando el tiempo apremia. En ese equilibrio difícil entre conocimiento técnico y humanidad.
Ser Terapeuta Respiratorio no es solo saber usar equipos. Es comprender que detrás de cada parámetro hay una persona tratando de seguir en este mundo.
Por eso este homenaje no es solamente por su labor en el COVID. La pandemia fue una herida enorme y también un hito para la Medicina Respiratoria, pero la entrega de estos profesionales viene de antes y continúa después. Los virus respiratorios siguen aquí. La contaminación sigue aquí. La enfermedad pulmonar crónica sigue aquí. Los pacientes frágiles siguen llegando. Y ellos siguen acudiendo, muchas veces sin hacer ruido, a cuidar ese acto humilde y sagrado que es respirar.
A los terapeutas respiratorios: quienes hemos trabajado a su lado sabemos de qué material están hechos.
No solo de conocimiento y no solo de guardias, protocolos o destreza técnica. También de carácter, de intuición clínica, de memoria, de cansancio vencido muchas veces y de una compasión que no siempre se nota porque suele expresarse trabajando.
La profesión puede sentirse dura. A veces ingrata. A veces poco entendida. Pero es una profesión necesaria, profundamente Humana, y quienes la ejercen con seriedad dejan una marca real en la vida de los pacientes.
Ojalá nunca olviden eso… Cuando el aire faltó, ustedes estuvieron cerca y cuando la Medicina tuvo que aprender deprisa, ustedes aprendieron trabajando y cuando nuestro mundo se llenó de incertidumbre, ustedes ayudaron a sostener la respiración de muchos… Y todavía lo hacen.
Por eso nos sentimos orgullosos de tenerlos a nuestro lado.
No por una imagen idealizada de la profesión, sino por lo que hemos visto en la vida real: terapeutas respiratorios trabajando con precisión cuando el margen era mínimo, aprendiendo mientras la medicina también aprendía, acompañando a pacientes que no podían respirar bien y sosteniendo tareas que muchas veces nadie más veía.
La pandemia hizo visible algo que ya existía: una Profesión hecha de conocimiento, oficio, carácter y humanidad. Y aunque el reconocimiento no siempre haya llegado en la medida justa, el valor de su trabajo quedó escrito en la historia de muchos pacientes y de muchas familias.
Su huella permanecerá ahora y siempre con nosotros…
