Historias de fin de semana: 1ª parte de tres

Dos viajeros y una melodía del destino

Historias de pasión: música y salud


Hay encuentros que parecen comenzar mucho antes de que las personas se conozcan. Se preparan lentamente entre viajes, regresos y decisiones pequeñas, hasta que un día coinciden en un lugar donde nadie los había previsto. El mío con Teresa Laredo ocurrió en Cochabamba, en una sala de espera.

Yo estaba de paso por la ciudad y había ido a visitar a mi hermano, cirujano oncólogo, y a su esposa, dermatóloga. Teresa también se encontraba de paso. Su recorrido de conciertos por Sudamérica le había permitido darse una vuelta por su Cochabamba natal, antes de continuar el camino. Había acudido a consulta. Así, entre una visita familiar y una cita médica, el destino nos puso en el mismo lugar.

A veces, una ciudad reúne por un instante a quienes han salido de ella para construir su vida lejos. Aquella vez nos tocó a nosotros.

Teresa había llevado la música de Bolivia a escenarios de otros continentes. Radicada en Suiza, conservaba ese vínculo con la tierra que se reconoce en quienes pueden viajar muy lejos sin dejar de pertenecer a su lugar de origen. En una entrevista se comparó con una golondrina: una imagen que parece hecha para una mujer cuya vida transcurría entre partidas, música y regresos.

Pero aquel día estaba allí, al alcance de una conversación y de una fotografía. Conservo esa imagen de los dos, que después incorporé a una presentación sobre música y salud. Tiene el valor sencillo de los recuerdos que uno guarda sin saber cuántas veces volverá a ellos. Hoy la miro y pienso en lo improbable de aquella coincidencia: dos personas de paso, con itinerarios distintos, encontrándose en su ciudad de origen.

Para comprender lo que representa Teresa hay que imaginar una vida dedicada a escuchar. Escuchar una partitura hasta descubrir cómo darle voz; escuchar las músicas de otras tierras sin olvidar las propias; prestar atención a composiciones que habían quedado al margen de los repertorios habituales. En su trayectoria hubo también un interés por recuperar y difundir obras de mujeres compositoras, así como por llevar la música boliviana a públicos lejanos. Su piano fue una forma de compartir de dónde venía.

Esa pasión encontró otra dirección cuando acercó su trabajo musical a personas que atravesaban dificultades, enfermedad o soledad. Las reseñas de su obra describen experiencias con niños, adultos y personas mayores, y talleres en Europa y Latinoamérica. En ellas aparece una artista interesada en lo que podía ocurrir entre la música y quien la recibía: una búsqueda que trasladó también a la escritura.

Uno de sus libros lleva un título que expresa la intensidad de esa convicción: El sonido fuente de vida. Mis vivencias en musicoterapia. Me detengo especialmente en la palabra vivencias. En ella hay tiempo compartido, observación, preguntas y una manera personal de interpretar lo vivido. El libro, registrado en Bolivia en 2010 y presentado públicamente en 2011, recoge esa faceta de su recorrido.

Teresa deseaba que las escuelas y los conservatorios de Bolivia abrieran espacios para formar a músicos interesados en colaborar con el cuidado de la salud. Su aspiración daba al aprendizaje artístico una dimensión de servicio. Entre las preocupaciones recogidas en su obra estaban también el ruido y el silencio; resulta hermoso que alguien que dedicó su vida al sonido reservara un lugar para pensar en la quietud.

Como médico, ese interés me invita a detenerme. He dedicado muchos años a la anestesiología, la medicina crítica y el cuidado respiratorio, ámbitos donde escuchar exige atención y responsabilidad. Al acercarme a la historia de Teresa, encuentro otra perspectiva desde la cual considerar a la persona que necesita cuidados: la de una artista que quiso ofrecerle algo de lo que había aprendido a amar.

Sus experiencias merecen ser conocidas en su contexto, con respeto por su sensibilidad y con el rigor necesario cuando hablamos de efectos sobre la salud. Habrá espacio, en las siguientes páginas, para revisar la investigación, distinguir la escucha musical de la musicoterapia y examinar sus posibilidades y sus límites. Este primer relato quiere detenerse en la mujer, en su vocación y en la coincidencia que me permitió conocerla.

Me gusta pensar ahora en los caminos que confluyeron aquel día. Ella recorría Sudamérica con sus conciertos y había hecho una pausa en Cochabamba. Yo también había regresado por un tiempo breve, para dar unas conferencias. Cada uno llevaba consigo una vida construida en otros lugares, pero ambos estábamos allí, en una ciudad que formaba parte de nuestra historia.

No puedo atribuirle al destino una intención. Sí puedo agradecerle, como hacemos cuando contamos nuestras pequeñas leyendas personales, aquella coincidencia.

Por eso este fin de semana quiero comenzar nuestro recorrido por la música y la salud con el recuerdo de Teresa Laredo. Antes de entrar en los mecanismos del cerebro o en los resultados de los estudios, quería compartir la historia de una mujer que dedicó su vida a la música y buscó acercarla al cuidado de otros. Y también la de un encuentro fortuito que, años después, sigue encontrando nuevas razones para ser contado.

En la fotografía permanecemos juntos. Fuera de ella, nuestros viajes continuaron. Pero algo de aquella pausa en Cochabamba se quedó conmigo y hoy vuelve, al abrir estas páginas, como una melodía que uno reconoce después de mucho tiempo.

Teresa y su piano al centro, Cochabamba al atardecer y la fotografía como recuerdo del encuentro. Las dos golondrinas evocan a esos viajeros que coincidieron, por un instante, en su tierra.