Historia de Rocío y Leandro

LEYENDAS DE PASIÓN:

Es la semana mayor para la Terapia Respiratoria, el mes de Octubre habrá noticias importantes para la Medicina Respiratoria Mexicana, la Medicina Respiratoria Mundial y también para esta página

HOY LO VI PASAR https://www.youtube.com/watch?v=rolpZzXb7FM


Hoy lo vi pasar. No estaba buscándolo. Ni siquiera sabía si continuaba trabajando allí.
Habían pasado tantos años que ese hospital ya no era el mismo de mis recuerdos. Habían remodelado la entrada de urgencias, cambiado los letreros, ampliado los pasillos y llenado las paredes con pantallas que antes no existían.
Yo tampoco era la misma. Llegué acompañando a un paciente en una ambulancia. Nada extraordinario. Uno de tantos traslados que hacemos.
Un hombre con enfermedad respiratoria crónica que necesitaba ser recibido en urgencias. Veníamos con oxígeno, monitor, expediente y esa preocupación de siempre por entregar al paciente correctamente antes de retirarnos. Mientras el paramédico explicaba el caso, yo revisaba la conexión de oxígeno.
Entonces levanté la mirada.
Y lo vi pasar. Fue apenas durante unos segundos.
Un hombre de cabello ya entrecano cruzó el corredor con una bata sobre el uniforme. Caminaba deprisa, mirando unos papeles. Se detuvo para decir algo a una enfermera y después continuó hacia el interior del servicio.
No necesité verle bien la cara. Era él. Leandro.
Sentí algo absurdo para una mujer de mi edad. Durante un instante dejé de escuchar las voces alrededor.
Volví a tener quince años.
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Cuando mis padres me dijeron que tenía que decidir qué iba a estudiar, yo no tenía ninguna vocación revelada. Tampoco teníamos demasiadas opciones. En mi casa el dinero alcanzaba con esfuerzo y mis padres tenían claro que yo debía estudiar algo que me permitiera trabajar.
El CONALEP era una posibilidad real. Había uno al que podía llegar tomando un pesero que pasaba cerca de nuestra casa. Eso, cuando uno pertenece a una familia en la que cada pasaje cuenta, también forma parte de las decisiones profesionales.
Fuimos juntos a inscribirme. Nos mostraron varias carreras. Mis padres insistían:
—Enfermería. Estudia enfermería.
Era una profesión conocida, respetable y, según ellos, segura. Pero entre aquellas opciones apareció un nombre que yo nunca había escuchado:
Terapia Respiratoria.
Pregunté qué era. Me explicaron algo sobre pulmones, oxígeno, aerosoles y pacientes con problemas para respirar. No sé por qué. No puedo explicarlo todavía. Pero dije:
—Ésa.
Mis padres intentaron convencerme. Yo me empeñé. Y así, casi por una decisión adolescente que nadie entendía demasiado, comenzó mi vida en Terapia Respiratoria.
Los primeros años fueron aulas, apuntes, prácticas con maniquíes y compañeros que fingían ser pacientes. A mí comenzó a gustarme cada vez más. Cuando los profesores enseñaban materias respiratorias, regresaba a casa y seguía leyendo. Creía que sabía bastante. Hasta que llegué a mi último año y nos dijeron que comenzaríamos las prácticas clínicas. Ahí descubrí que una cosa era saberlo en un cuaderno. Y otra muy distinta era tener enfrente a alguien que no podía respirar.
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Nos asignaron un hospital público de trauma. Éramos cuatro estudiantes. Tres mujeres y un compañero. El primer día llegamos con nuestros uniformes impecables y un miedo que ninguno admitía. Hasta entonces habíamos visitado hospitales como estudiantes. Aquello era diferente. Ahora íbamos a tocar pacientes reales. Había sangre real… Dolor real… Familias reales. Y también errores que ya no podían borrarse con una goma.
El jefe médico nos recibió y luego nos llevó con la coordinadora de Terapia Respiratoria. El servicio era pequeño. Cinco terapeutas por turno, contando a la coordinadora.
Ella decidió quién sería tutor de cada uno. Cuando comenzó a nombrarlos, miré discretamente al grupo.
Había uno joven. Tendría unos veinticinco años. Alto, delgado, tranquilo. Había algo en su forma de observar que me inspiró confianza. Pensé:
Ojalá me toque él.
—Rocío, tú con Leandro.
Sentí una mezcla de alivio y nervios. Se acercó.
—Soy Leandro.
Me dijo que llevaba cinco años trabajando ahí y que los fines de semana cubría turnos en un hospital privado. Después me preguntó:
—¿Cuánto sabes?
Yo había estudiado durante años. Había aprobado materias. Sabía nombres de medicamentos, dispositivos y conceptos. Pero enfrente de él sólo pude decir:
—Nada.
Se rio.
—Algo debes saber.
—Teoría. Pero nunca he tocado un paciente.
Entonces dejó de sonreír. No porque estuviera molesto. Era la cara del tutor.
—Bien. Entonces la primera regla es muy sencilla: no toques nada y no hagas nada a ningún paciente hasta que yo te diga que puedes hacerlo.
Asentí.
—Si alguien te pide algo, me preguntas. Si una familia te pregunta, me dices. Si no sabes, dices que no sabes. Y si yo te digo que pares, paras.
Volví a asentir.
—Hoy sólo observa.
Parecía fácil. No lo fue.
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La primera llamada llegó desde urgencias. Habían solicitado una nebulización. Salimos del servicio y caminamos hacia allá. Yo iba junto a él, aunque instintivamente medio paso atrás. Cuando se abrieron las puertas de urgencias, descubrí otro mundo.
Camillas, enfermeras, médicos, familiares, monitores, voces, gente entrando y saliendo, un paciente quejándose, otro dormido, un niño llorando a lo lejos.
Yo sólo veía desorden. Leandro veía un servicio funcionando.
—¿Siempre está así? —pregunté. Ni siquiera me miró.
—No. Hoy está tranquilo.
Pensé que bromeaba. Después descubrí que no. Llegamos a la central.
—Ella es Rocío —dijo—. Es estudiante y va a estar conmigo.
La enfermera me miró rápidamente y volvió la atención hacia él.
—La nebulización es en el ocho. Es la señora asmática que viene de vez en cuando. Ahí están los medicamentos que indicó el médico.
Fuimos al cubículo. Y ahí estaba ella. Mi primera paciente. Nunca he olvidado su cara. Estaba sentada al borde de la cama. Respiraba con dificultad. Tenía la frente húmeda. Movía una mano frente a la cara como intentando fabricarse aire. Cuando intentó hablar apenas consiguió hacer una seña. Me paralicé. Todo lo que había estudiado desapareció.
Leandro no se paralizó. Se acercó. Le tomó la mano.
—Míreme. Respire conmigo.
Comenzó a marcarle lentamente la respiración mientras miraba de reojo el monitor. Yo también lo miré. La frecuencia cardiaca estaba muy alta. La saturación era baja. Y entonces me preguntó:
—¿Sabes instalar el humidificador y preparar el oxígeno?
—Sí.
Me señaló la toma. Me entregó el material. Mis manos comenzaron a temblar. Había conectado esos equipos muchas veces. Pero nunca con una mujer respirando desesperadamente a dos metros de mí. Mientras preparaba todo escuché:
—Rocío, rápido.
No fue un grito. Pero entendí que aquella vez la velocidad importaba. Abrí el flujo que me indicó y le pasé el sistema. Leandro colocó delicadamente la interfase.
—Eso es. Siga respirando. Estamos aquí.
Después comenzamos a preparar el aerosol. Yo reconocí los medicamentos. Por fin algo familiar… ampolletas… solución… un nebulizador. Aquello sí se parecía al salón de clases. Sólo que esta vez había una persona esperando. Cuando estuvo listo, Leandro se acercó otra vez a la paciente.
—¿Ya ha usado uno de éstos?
Ella asintió. Le explicó nuevamente qué debía hacer. No daba órdenes. Le hablaba. La miraba a los ojos. Sostenía el dispositivo con una mano y con la otra seguía tocando aquella mano cerrada y tensa.
—Tranquila. Ya debe empezar a sentirse mejor.
Después dijo algo que durante años quedó guardado en mí.
—Yo soy Leandro y ella es Rocío. Somos terapeutas respiratorios. Vamos a estar con usted.
Yo todavía era estudiante. Pero aquella mujer acababa de escuchar que yo era terapeuta respiratoria. Y por primera vez imaginé seriamente que algún día podría serlo. Los minutos pasaron. Su respiración comenzó a tranquilizarse. Los números del monitor mejoraron.
Llegó una enfermera, administró el tratamiento que correspondía y comentó:
—Ya se ve mucho mejor.
Cuando terminó el aerosol, Leandro acomodó a la paciente. Entonces me dijo:
—Ahora tú.
Me quedé inmóvil.
—¿Yo qué?
—Pregúntale cómo está.
Me acerqué. Era la primera vez que una paciente me miraba a mí como parte de quienes la estaban atendiendo.
—¿Cómo se siente?
Ella respiró. Ya podía hablar. Me tomó la mano.
—Mejor, hija. Gracias.
Nada más. Dos palabras.
Mejor. Gracias.
No sé explicar lo que ocurrió dentro de mí. Yo no había salvado a nadie. No había indicado el tratamiento. Ni siquiera había hecho la mayor parte del procedimiento. Había conectado oxígeno, preparado material, ayudado. Pero aquella mujer me estaba dando las gracias. A mí. Sentí calor en la cara. Después se me nublaron los ojos. Miré hacia otro lado para que nadie lo notara. Creo que Leandro lo notó. No dijo nada. Y eso también se lo agradecí. Salimos del cubículo. Yo seguía temblando. Pero ya no era miedo. Era otra cosa. Mientras caminábamos preguntó:
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
Continuó caminando. Después de unos pasos me dijo:
—Entonces vamos por el siguiente.
Y fui detrás de él. Pero yo ya no era exactamente la muchacha que había entrado a urgencias unos minutos antes. Algo había cambiado.
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Los días siguientes esperaba con impaciencia llegar al hospital. Aprendí que las guardias no se parecían unas a otras. Había días tranquilos. Y había días en que parecía que todo ocurría al mismo tiempo. Pacientes atropellados. Traumatismos. Paros cardiacos. Personas que llegaban hablando y minutos después estaban intubadas. Familias esperando noticias. Monitores que empezaban a alarmar justo cuando creíamos que por fin podríamos sentarnos… Y Leandro. Siempre cerca. Nunca haciendo el trabajo por mí cuando sabía que yo podía hacerlo. Nunca permitiéndome hacer algo para lo que todavía no estaba preparada.
—Primero piensa.
—Mira al paciente.
—Otra vez.
—Eso no está bien conectado.
—¿Por qué estás haciendo eso?
—No me digas “porque así me enseñaron”. Dime por qué.
A veces me desesperaba. Alguna vez seguramente me hizo llorar cuando llegué a casa. Pero al día siguiente quería regresar. Con otros tutores también aprendí muchísimo. Todos tuvieron algo que enseñarnos. Pero con él era diferente. No sabría decir cuándo comencé a esperar encontrarlo al llegar. Tal vez desde el primer día. Tal vez desde aquella paciente. Me gustaba cuando me decía:
—Bien hecho.
Eran solamente dos palabras, pero podían arreglarme una guardia completa. También aprendí a distinguir sus pasos en el pasillo. Y empecé a descubrir cosas pequeñas.
Cómo se acomodaba los lentes cuando estaba cansado… Cómo tomaba café frío porque siempre olvidaba beberlo a tiempo… Cómo podía bromear en el comedor y, al minuto siguiente, convertirse completamente en otro hombre si sonaba una alarma. Nunca me dijo nada que no debiera decirme. Nunca me hizo una insinuación. Nunca cruzó una línea. Eso también lo recuerdo. Yo era una adolescente y él era mi tutor. Me cuidaba como estudiante. Y quizá precisamente por eso me sentía segura cerca de él. Los demás bromeaban. Algún médico joven decía algún piropo. Algún camillero buscaba conversación. Leandro simplemente me decía:
—Ven, Rocío. Tenemos trabajo.
Y yo iba.
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Llegó octubre. El Día del Terapeuta Respiratorio. No había ceremonia. No había reconocimientos. No había discursos. Compraron tacos de canasta y refrescos. Nos sentamos como pudimos en el comedor. Éramos pocos. Alguien comenzó a contar nuestros errores de estudiantes. Todos se reían. También nosotros.
—Cuenta cuando Rocío casi se lleva la toma de oxígeno completa —dijo uno.
—¡No es cierto!
—Casi.
—Leandro, dile que no.
Él levantó las manos.
—Yo no vi nada.
Todos rieron. Recuerdo las servilletas sobre la mesa, los vasos de plástico y el olor de los tacos mezclado con ese olor particular que tienen los hospitales y que uno termina llevando hasta en la ropa. No había nada extraordinario en aquella celebración. Pero yo era feliz. En algún momento levanté la vista. Leandro me estaba mirando… Sólo unos segundos. Luego alguien dijo algo y ambos desviamos la mirada. Nunca hablamos de aquello. Tal vez no había nada que hablar. Yo tenía mi vida por delante. Él tenía la suya. Y nuestra rotación terminaría pronto.
El último día guardé mis cosas más despacio. Habíamos terminado. Regresaría al CONALEP. Vendrían los exámenes, la graduación y después buscar trabajo. Ya no tendría motivo para llegar todas las mañanas a aquel hospital. Los terapeutas se despidieron de nosotros. Alguno hizo una broma. La coordinadora nos deseó suerte. Cuando quedamos solos unos minutos, Leandro me dijo:
—Vas a ser buena terapeuta.
No sé si realmente lo pensaba o si era algo que los tutores dicen a sus estudiantes. Para mí fue suficiente.
—Gracias por enseñarme.
—Todavía te falta muchísimo.
Me reí.
—Ya sé.
—No dejes de estudiar.
—No voy a dejar.
Nos dimos la mano. Eso fue todo. Yo esperaba, no sé exactamente qué. Quizá una frase. Una señal. Algo que me confirmara que aquellas semanas también habían significado algo especial para él. No ocurrió. Y hoy pienso que estuvo bien. Salí del hospital. Mientras caminaba hacia el pesero entendí algo. Me había enamorado. Pero no sabía exactamente de quién. De Leandro, quizá. Pero también de aquellos corredores… De las máquinas… De las personas… De ese extraño instante en el que alguien que no puede respirar comienza a hacerlo un poco mejor… De las palabras “gracias” … De sentir que mi presencia podía servir. Me había enamorado de mi profesión. Y durante mucho tiempo ambas cosas quedaron mezcladas en el mismo recuerdo.
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La vida continuó. Me gradué. Comencé a trabajar. Aprendí que ser terapeuta respiratoria era mucho más difícil de lo que había imaginado. Llegaron las primeras guardias sola. La primera vez que tuve que decidir sin que hubiera un Leandro detrás de mí.
El primer paciente que murió… La primera familia que me abrazó… La primera equivocación que me quitó el sueño… Los cursos… Los compañeros… Los turnos nocturnos… Los cumpleaños celebrados junto a un ventilador… Las cenas de Navidad recalentadas a las tres de la mañana…Los zapatos que uno termina odiando después de doce horas… El café…Muchísimo café.
La vida también llegó fuera del hospital… Amores…Desamores… Familia…Responsabilidades…Personas que entraron y salieron… Años… Muchos años… De vez en cuando alguien mencionaba aquel hospital y yo recordaba… Pero cada vez menos.
Leandro se convirtió en una de esas personas que uno cree haber dejado definitivamente en alguna habitación de la memoria. Nunca intenté buscarlo. No había razón. A veces es mejor dejar ciertos recuerdos en el lugar donde fueron hermosos.
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Y hoy…
Lo vi pasar. Yo ya no tenía quince años. Mis manos ya no temblaban al conectar oxígeno. Había atendido cientos, quizá miles de pacientes. Había enseñado a estudiantes. Había tenido frente a mí muchachas y muchachos asustados en su primer día. Y sin darme cuenta muchas veces les había dicho cosas que alguien me dijo una vez:
—No toques si no estás seguro.
—Primero mira al paciente.
—Si no sabes, pregunta.
—Piensa por qué lo estás haciendo.
Nunca había reparado en ello. Hasta hoy. Leandro continuó caminando por el pasillo. Yo podía haberlo llamado. Bastaba decir:
—¡Leandro!
Pensé hacerlo… No lo hice.
Primero porque estaba entregando un paciente. Uno aprende que incluso los recuerdos tienen que esperar cuando hay una persona que depende de nosotros. Terminé la entrega. Verifiqué el oxígeno. Hablé con la familia. Firmé el documento. Entonces miré nuevamente hacia el corredor.
Ya no estaba… Sentí una tristeza pequeña. De esas que no lastiman. Sólo pesan un poco.
Pensé que quizá era mejor así. Pero cuando salíamos del servicio, escuché detrás de mí:
—¿Rocío?
Me detuve. Conocía esa voz… Me volví. Era él. Más viejo… Naturalmente. También yo.
Nos quedamos mirando unos segundos tratando de reconocer en aquellas caras adultas a las dos personas que habíamos sido.
—¿Rocío del CONALEP?
Me reí.
—La misma.
—No puede ser.
Se acercó. Nos saludamos. No hubo música. No hubo abrazo cinematográfico. No hubo nada de eso. Dos terapeutas respiratorios de pie junto a una central de urgencias.
—¿Sigues trabajando en esto? —preguntó.
—Toda la vida.
Sonrió.
—Yo también.
Nos quedamos callados. Después miró hacia la camilla que acabábamos de entregar.
—¿Venías con ese paciente?
—Sí.
—Entonces ya haces sola lo que no te atrevías ni a tocar.
—Algo aprendí.
—Me da gusto.
Quise decirle muchas cosas… Que nunca olvidé aquella primera paciente… Que todavía recordaba la saturación del monitor… Que durante años había repetido sus enseñanzas… Que una parte de la terapeuta que yo era había comenzado caminando medio paso detrás de él por aquel pasillo. Y también quise preguntarle si alguna vez había sentido algo. Si aquella mirada durante los tacos de canasta había significado lo mismo para él.
No pregunté… Hay preguntas que después de tantos años ya no necesitan respuesta… Entonces sí le dije lo importante:
—Leandro…
—¿Qué?
—Gracias.
Me miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Por aquella primera paciente.
Frunció el ceño intentando recordar.
—¿Cuál?
Me reí. Claro. Para él había sido una paciente entre miles. Para mí había sido la primera.
—Una señora asmática. Mi primer día. Yo estaba muerta de miedo.
Comenzó a sonreír.
—¿La del cubículo ocho?
—Ésa.
—¡Claro! Tú no podías ni conectar el humidificador.
—Sí podía.
—Te temblaban tanto las manos que pensé que ibas a tirar el agua.
Volví a tener quince años.
—Pues no la tiré.
Nos reímos. Entonces le dije:
—Ese día decidí que quería hacer esto toda mi vida.
Dejó de reír. Me miró de una manera distinta.
—Entonces valió la pena.
—Sí.
Nos llamaron. A él desde dentro. A mí desde la ambulancia. Así es nuestra profesión. Casi siempre hay alguien esperando. Nos despedimos. Esta vez no con aquella mano tímida de estudiante y tutor. Nos abrazamos brevemente. Como dos colegas que habían recorrido una vida entera.
—Cuídate, Rocío.
—Tú también, Leandro.
Comenzó a alejarse.
Y otra vez lo vi pasar. Pero esta vez comprendí algo que cuando era muchacha no podía entender… Sí… Lo había querido.
Probablemente de esa manera limpia, desordenada y absoluta con la que uno puede querer por primera vez a alguien. Pero había algo todavía más grande que él había dejado en mí. Una forma de ejercer mi profesión. Una manera de acercarme a una cama. La costumbre de presentarme. De mirar primero al paciente y después al monitor… De tocar una mano cuando el miedo hace que una persona apriete los puños… De decirle a un estudiante:
—Tranquilo. Estoy aquí. Vamos a hacerlo juntos.
Leandro desapareció detrás de las puertas. Yo regresé a la ambulancia. El conductor preguntó:
—¿Nos vamos?
—Sí.
Me senté. Miré mis manos. Ya tenían arrugas. No eran las manos de aquella estudiante. Pensé en cuántos pacientes habían tocado desde entonces. Y recordé a aquella mujer que, tantos años atrás, me tomó una de ellas y me dijo:
—Mejor, hija. Gracias.
Ahí comprendí finalmente lo que había ocurrido aquella mañana. No había sido Leandro quien había decidido mi vida. Tampoco aquella paciente. Habían sido los dos. Uno me enseñó cómo cuidar. La otra me enseñó por qué valía la pena hacerlo. Y quizá por eso durante tantos años, cuando recordaba el comienzo de mi profesión, también lo recordaba a él. Porque algunas personas pasan por nuestra vida y se van. Pero dejan una huella tan íntimamente unida a aquello en lo que terminamos convirtiéndonos que olvidarlas sería olvidar una parte de nosotros mismos.
Arrancó la ambulancia. Por la ventanilla vi alejarse el hospital. Me sentí extrañamente feliz. No porque hubiera recuperado un antiguo amor. Hay amores que no necesitan recuperarse. Cumplieron su misión simplemente existiendo. Me sentí feliz porque había vuelto a encontrar a la muchacha que alguna vez fui… La muchacha del pesero… La del uniforme nuevo… La que tenía miedo… La que descubrió, junto a una cama de urgencias, que ayudar a respirar a otra persona podía producir una felicidad difícil de explicar.
Y pensé en todos los jóvenes terapeutas que hoy comienzan… Tal vez alguno esté entrando en este momento a un hospital por primera vez… Tal vez tenga miedo… Tal vez crea que no sabe nada…Tal vez esta noche llegue a casa preguntándose si eligió correctamente… O quizá hoy alguien tome su mano y le diga simplemente:
—Gracias.
Y entonces comprenderá. Porque una profesión no siempre empieza el día que recibimos un título… A veces comienza mucho antes… Comienza con un paciente…Con un maestro… Con una guardia… Con un error… Con unas manos que tiemblan… Con alguien que confía en nosotros antes de que nosotros mismos sepamos que somos capaces.
Hoy, Día del Terapeuta Respiratorio, pienso que ésa es nuestra verdadera historia… No solamente los equipos que hemos aprendido a utilizar… Ni las técnicas que cambian… Ni las nuevas generaciones de dispositivos. Nuestra historia también está hecha de personas… De quienes nos enseñaron… De quienes aprendieron con nosotros… De los pacientes que nos hicieron mejores… De los compañeros que estuvieron a nuestro lado en noches interminables… De los que ya no están.
Y de esos momentos pequeños que nadie publica, pero que terminan definiendo una vida profesional.
Hoy vi pasar a Leandro.
Y por unos segundos regresaron sentimientos que yo creía enterrados hacía muchos años. El encuentro despertó justamente ese territorio que inspira la canción: descubrir que aquello que uno suponía olvidado todavía forma parte de nosotros.
Pero al verlo alejarse entendí que no todo lo que permanece tiene que doler. Algunas personas se quedan de otra manera. Leandro quedó en cada estudiante al que alguna vez tuve paciencia para enseñar. En cada paciente al que me presenté por mi nombre. En cada ocasión en la que, antes de mirar una pantalla, miré primero una cara. Y aquella primera paciente quedó en todos los “gracias” que vinieron después.
No sé cuándo volveré a verlo… Tal vez nunca… No importa. Esta vez pude decirle gracias.
Y mientras la ambulancia se alejaba recordé aquella pregunta que mis padres me hicieron cuando yo era una adolescente:
—¿Qué vas a ser cuando seas grande?
Sonreí. Si pudiera regresar a esa tarde y encontrarme nuevamente frente a aquella muchacha que no sabía qué escoger, le diría:
—Elige Terapia Respiratoria.
Te va a cansar. Alguna vez te va a hacer llorar. Habrá días en que querrás dejarla. Verás cosas que preferirías no haber visto. Perderás pacientes que recordarás durante años. Trabajarás cuando otros estén celebrando. Y muchas veces nadie sabrá exactamente qué hiciste. Pero también alguien volverá a respirar un poco mejor porque tú estabas allí.
Una madre volverá a escuchar la voz de su hijo… Un hombre podrá regresar a su casa… Una mujer asustada te tomará de la mano… Y alguna vez un estudiante caminará detrás de ti por un hospital creyendo que no sabe nada. Ese día tendrás la oportunidad de hacer por él lo que alguien hizo una vez por ti.
Así que elígela… Te vas a enamorar.
Tal vez de alguien…Pero, sobre todo, inevitablemente… de esta profesión.