
Al concluir esta reflexión sobre el agotamiento emocional de los terapeutas respiratorios, resulta inevitable recordar el pensamiento del Dr. José Javier Elizalde González. Su editorial de 2019, “La importancia de los profesionales de la terapia respiratoria”, no abordó específicamente el burnout; sin embargo, identificó con claridad varias condiciones profesionales y organizacionales que hoy permiten comprender mejor este problema.
El Dr. Elizalde advirtió que el desarrollo desordenado de la Terapia Respiratoria en México, la heterogeneidad de sus programas educativos, la insuficiente formación universitaria, la ausencia de mecanismos uniformes de acreditación y certificación, y el limitado reconocimiento de sus profesionales comprometían el futuro de la disciplina. A la luz del estudio de Miller y colaboradores, aquellas observaciones adquieren una dimensión adicional: también pueden relacionarse con el bienestar emocional de quienes ejercen la profesión.
El agotamiento no surge únicamente de trabajar muchas horas o atender pacientes graves. También puede aparecer cuando existe una distancia persistente entre lo que el profesional sabe hacer y aquello que la institución le permite realizar; cuando su preparación no se acompaña de autonomía, reconocimiento, remuneración adecuada ni posibilidades de crecimiento; cuando se le considera un operador de equipos y no un profesional clínico con conocimiento fisiológico, capacidad de evaluación y responsabilidad directa en la seguridad del paciente.
El estudio sobre agotamiento emocional muestra que sentirse valorado por la organización, contar con un liderazgo que se preocupa por las personas y dedicar el tiempo a actividades de alto valor son factores protectores. En sentido contrario, la sobrecarga, la incivilidad, la dotación insuficiente, la imposibilidad de completar el trabajo y la intención de abandonar el puesto se relacionan estrechamente con el agotamiento. Estas observaciones coinciden, desde otra perspectiva, con la visión del Dr. Elizalde: una profesión sin reconocimiento, estructura educativa sólida, liderazgo y desarrollo institucional difícilmente puede proteger de manera adecuada a sus integrantes.
Su propuesta de elevar la formación, fortalecer la fisiología y la fisiopatología cardiopulmonar, mejorar los campos clínicos, acreditar los programas y certificar competencias no debe entenderse solamente como una estrategia académica. También representa una forma de otorgar identidad, sentido, confianza y futuro profesional. La profesionalización, cuando se acompaña de condiciones laborales justas, liderazgo respetuoso y participación real en las decisiones clínicas, puede convertirse en una intervención organizacional contra el desgaste.
El Dr. Elizalde también comprendió que la competencia profesional no se limita a dominar dispositivos y procedimientos. Incluye comunicación, pensamiento crítico, compasión, trabajo en equipo, organización y capacidad para cuidar. Hoy debemos añadir que ninguna de estas cualidades puede sostenerse indefinidamente en ambientes donde predominan el maltrato, la invisibilidad, la sobrecarga o la falta de oportunidades.
Su legado nos obliga, por tanto, a mirar el burnout más allá del autocuidado individual. Proteger al terapeuta respiratorio exige profesionalizarlo, reconocerlo, escucharlo e integrarlo plenamente al equipo de salud. Exige formar mejores líderes, construir ambientes psicológicamente seguros, establecer cargas de trabajo razonables y ofrecer rutas auténticas de crecimiento.
Recordar al Dr. José Javier Elizalde González en este contexto es reconocer que su defensa de la Terapia Respiratoria también fue una defensa de quienes la ejercen. Continuar esa tarea significa construir una profesión científicamente sólida, humanamente respetada y emocionalmente sostenible.
Ese puede ser uno de sus legados más importantes para la Medicina Respiratoria mexicana.