Rana Awdish, Frida Kahlo y aquello que la medicina todavía debe aprender sobre sanar

La primera parte de esta historia terminó donde, durante mucho tiempo, parecía que debía terminar: Rana Awdish había sobrevivido.
Había sobrevivido a una hemorragia catastrófica, a la falla multiorgánica, a la pérdida de su hijo, a la ventilación mecánica, a las cirugías y a repetidos ingresos hospitalarios. Había regresado a su profesión y convertido aquella experiencia en In Shock, un libro que obligó a muchos profesionales de la salud a contemplar por primera vez la medicina desde la cama del paciente.
La historia tenía todos los elementos de una recuperación extraordinaria. La médica gravemente enferma había vuelto a caminar por los mismos pasillos en los que casi había muerto. Había recuperado su práctica clínica, construido una familia, desarrollado una carrera destacada en neumología y cuidados críticos y transformado su experiencia personal en programas de comunicación y atención centrada en el paciente.
Desde afuera, aquello parecía sanar.
Pero el cuerpo de Rana Awdish no estaba tan seguro.
Pasaron los años. Awdish hablaba en congresos y auditorios sobre lo ocurrido. Había contado aquella historia tantas veces que conocía perfectamente dónde detenerse, qué explicar, qué imágenes mostrar y cómo conducir al público desde la catástrofe hacia la esperanza. Convertir el trauma en relato había sido inicialmente una forma de recuperar el control. Ella era nuevamente quien narraba lo sucedido, en vez de ser solamente aquella paciente sobre cuyo cuerpo otros habían tomado decisiones.
Sin embargo, algo comenzó a cambiar.
Durante una de esas presentaciones advirtió que podía contar algunos de los momentos más dolorosos de su vida con una extraña distancia. En el escenario, frente a una audiencia conmovida, las palabras continuaban saliendo, pero su cuerpo parecía estar reaccionando de otra manera. Aparecieron dificultad para coordinarse, respiración superficial, sudoración, sensación de opresión. Mientras los asistentes reaccionaban emocionalmente al relato de la muerte de su hijo, ella comenzó a preguntarse por qué podía narrar aquello casi desde afuera, como si perteneciera a otra persona.
Comprendió entonces algo inquietante: había conseguido construir una historia coherente de lo sucedido, pero quizá una parte esencial de aquella experiencia había quedado fuera del relato. After Shock comienza precisamente allí, en la distancia entre la historia que la mente había aprendido a contar y aquello que el cuerpo todavía parecía recordar.
La medicina había reparado mucho. Había controlado la hemorragia, reemplazado sangre, sostenido órganos, ventilado pulmones, realizado cirugías y permitido que una mujer al borde de la muerte regresara a su vida.
Pero había zonas a las que esa medicina no había llegado.
Awdish empezó a comprender que durante su formación había aprendido a mirar el cuerpo de una manera muy particular. Un cuerpo enfermo era algo que debía estudiarse: localizar la lesión, reconocer el patrón, interpretar la imagen, identificar el mecanismo, corregir la alteración. Esa mirada es indispensable. Es una de las razones por las que la medicina moderna salva tantas vidas.
Pero también puede producir distancia.
El cuerpo se convierte en objeto de observación. Se ausculta. Se mide. Se fotografía. Se atraviesa con catéteres. Se ventila. Se lleva a una tomografía. Se representa mediante curvas, imágenes, números y diagnósticos.
Y, poco a poco, el profesional puede olvidar que existe otra forma de conocer un cuerpo: habitarlo.
Awdish había sido extraordinariamente buena observando cuerpos desde afuera. Ahora tenía que aprender a escuchar el suyo desde dentro.
No fue un proceso rápido. Ella misma ha explicado posteriormente que reconstruir aquella relación, aprender a hacerse amiga de un cuerpo enfermo, aceptarlo y quererlo a pesar de lo ocurrido, requirió alrededor de cinco o seis años. En ese recorrido aparecieron prácticas corporales, movimiento, yoga, creación artística, contemplación y una atención deliberada a sensaciones que antes habría descartado porque no pertenecían al lenguaje convencional de la medicina.
No estaba abandonando la ciencia.
Estaba descubriendo que la ciencia no era la única forma de escuchar.
Esa diferencia es fundamental, porque años después sucedería algo que incluso para ella resultaba difícil de explicar.
En el otoño de 2021 apareció una certeza interior extraña, persistente: sentía que moriría dentro de cinco años.
Para una médica entrenada en medicina pulmonar y cuidados críticos, semejante afirmación planteaba inmediatamente un conflicto. ¿Qué dato sostenía esa sensación? ¿Qué mecanismo podía explicarla? ¿Era ansiedad? ¿Memoria traumática? ¿Una percepción sin fundamento?
La versión anterior de sí misma probablemente habría intentado descartarla.
Pero la mujer que llevaba años intentando reconstruir la relación con su cuerpo decidió prestar atención.
No convirtió aquella sensación en diagnóstico. No sustituyó una tomografía por intuición ni un laboratorio por una corazonada. Hizo algo mucho más sensato y, a la vez, profundamente diferente a lo que había aprendido durante su formación: consideró que la percepción merecía ser investigada.
La investigación médica encontró cáncer.
Awdish recibió tratamiento y posteriormente ha explicado que se encuentra bien. Ella misma reconoce que aquel episodio desafió su manera de entender la relación entre conocimiento, incertidumbre y cuerpo. No lo presenta como una prueba de que el cuerpo posea poderes diagnósticos misteriosos. Lo que plantea es una pregunta más incómoda: ¿cuántas veces dejamos de escuchar porque hemos decidido de antemano qué tipos de información consideramos legítimo?
Quizá ahí se encuentre uno de los puntos más delicados y hermosos de After Shock.(2026)
La médica no dejó de creer en la medicina. Fue precisamente la medicina la que investigó aquella sensación, encontró la enfermedad y volvió a tratarla. Lo que cambió fue su comprensión de quién participa en el proceso de sanar.
El paciente también sabe cosas.
Tal vez no conozca su diagnóstico. Tal vez interprete equivocadamente algunas sensaciones. Pero conoce un territorio al que ningún profesional tiene acceso directo: cómo se siente vivir dentro de su cuerpo.
Escucharlo no significa aceptar sin análisis cualquier interpretación. Significa no destruir, antes de tiempo, la posibilidad de comprender.
Y en esa reconstrucción aparece el arte.
No como decoración de una enfermedad ni como entretenimiento durante la convalecencia, sino como otra manera de mirar aquello que resulta demasiado complejo para ser reducido a una explicación médica.
Awdish encontró acompañamiento en artistas tan diferentes como Mark Rothko y Frida Kahlo. La propia editorial de After Shock presenta el arte, desde Kahlo hasta Rothko, como uno de los caminos mediante los cuales la autora explora dolor, pérdida, belleza y sanación. El libro no es solamente memoria; es también una reflexión acerca de cómo la atención, las relaciones, la curiosidad y la creación pueden modificar nuestra manera de permanecer frente al sufrimiento. (Google Books)
Y aquí, para quienes leemos esta historia desde México, aparece una conexión extraordinaria.
Frida Kahlo conoció desde muy joven la experiencia de un cuerpo alterado por enfermedad y trauma. Aprendió a vivir entre dolor, inmovilidad, procedimientos, corsés, cirugías y limitaciones. Pero hizo algo que tiene enorme significado para esta historia: se negó a permitir que la medicina tuviera la única representación posible de su cuerpo.
La radiografía mostraba una columna.
Frida pintó una columna quebrada.
El expediente podía describir lesiones.
Ella pintó dolor.
El médico podía registrar operaciones.
Ella pintó identidad, miedo, fortaleza, sexualidad, pérdida y pertenencia.
Mucho antes de publicar After Shock, Awdish ya había encontrado algo profundamente significativo en esa mirada. En 2020 participó en una conversación de humanidades médicas dedicada precisamente a discapacidad, identidad y autorrepresentación. Entre las obras discutidas estaban La columna rota, Las apariencias engañan y Autorretrato con el retrato del Dr. Farill. Al reflexionar sobre La columna rota, Awdish se preguntaba cómo integramos el dolor a la idea que tenemos de nosotros mismos y cómo, algunas veces, resulta difícil separar nuestra identidad de ese dolor. Frente al autorretrato de Frida con su médico, observó algo igualmente poderoso: la paciente recupera su historia al convertirse ella misma en quien representa la relación.
Pocas ideas podrían enlazar mejor a ambas mujeres.
Frida Kahlo tomó posesión artística de un cuerpo que durante años había sido observado, intervenido y tratado por otros.
Rana Awdish tuvo que aprender, décadas después y desde otro territorio, a volver a tomar posesión del suyo.
No son historias iguales y sería artificial pretender que lo fueran. Pero comparten una pregunta profundamente humana:
¿qué significa seguir siendo uno mismo cuando el cuerpo que conocíamos ha cambiado para siempre?
La respuesta tiene especial importancia para quienes trabajamos en rehabilitación y medicina respiratoria.
Durante mucho tiempo entendimos la recuperación fundamentalmente en términos funcionales. Y necesitábamos hacerlo así. Queremos que el paciente vuelva a caminar, que recupere fuerza, que mejore la capacidad ventilatoria, que tolere nuevamente el esfuerzo, que deje el ventilador, que disminuya sus requerimientos de oxígeno, que pueda subir escaleras, bañarse, vestirse y regresar a sus actividades.
Medimos metros caminados.
Saturación…Disnea…Fuerza muscular…Consumo de oxígeno…Función pulmonar…Dependencia para actividades cotidianas.
Todos son resultados importantes.
Pero la experiencia de Awdish obliga a introducir otra variable, una que difícilmente cabe en una tabla:
¿ha vuelto esa persona a confiar en su cuerpo?
Después de una enfermedad grave, el cuerpo puede convertirse en algo amenazante.
El pulmón fue el órgano que dejó de permitirle respirar…El corazón fue el que se detuvo…Las piernas fueron las que ya no consiguieron sostenerlo…La garganta recuerda el tubo…El abdomen conserva una cicatriz…El sonido de una alarma puede devolverlo instantáneamente a la UCI…Una cánula de oxígeno puede significar simultáneamente libertad y dependencia…Una caminata de veinte metros puede parecer insignificante en nuestra hoja de rehabilitación y representar, para quien estuvo inmóvil durante semanas, la recuperación de una parte de su identidad.
Por eso rehabilitar quizá sea algo más que devolver fuerza.
Puede significar ayudar a alguien a reconstruir confianza en un cuerpo que durante semanas, meses o años sintió como enemigo.
Desde esa perspectiva, algunos actos cotidianos de la atención respiratoria adquieren otra profundidad. Sentar a un paciente al borde de la cama no es solamente movilización precoz. Puede ser el primer momento en que vuelve a sentir que su tronco le pertenece. Permitir que tome nuevamente algunas decisiones sobre su interfaz de ventilación no invasiva puede parecer un detalle, pero también devuelve autonomía. Caminar con oxígeno por primera vez después de una estancia prolongada en UCI no es únicamente entrenamiento de resistencia: es una forma de demostrarle que todavía puede avanzar.
La rehabilitación verdaderamente centrada en la persona debería reconocer ambas cosas: el cuerpo que necesitamos fortalecer y la relación con ese cuerpo que necesitamos ayudar a reconstruir.
Hoy conocemos mejor el síndrome post-cuidados intensivos y sus múltiples dimensiones. Sabemos que después de sobrevivir pueden persistir deterioro físico, debilidad, alteraciones cognitivas, ansiedad, depresión, trastorno de estrés postraumático, problemas del sueño y profundas repercusiones familiares. Pero After Shock hace algo diferente. No comienza clasificando esos problemas.
Comienza preguntando qué significa vivir dentro de ellos.
Y eso modifica nuestra mirada.
Nos recuerda que el objetivo final de la rehabilitación no debería ser únicamente conseguir que una persona realice nuevamente determinada actividad. El propósito más profundo es que vuelva a reconocerse en aquello que hace.
Caminar porque quiere salir con su familia.
Respirar con menor miedo.
Dormir sin regresar cada noche al monitor de la UCI.
Aceptar una cicatriz sin que esa cicatriz se convierta en toda su identidad.
Volver a tener confianza suficiente para hacer planes.
Sentir que el cuerpo que casi murió puede ser nuevamente un lugar donde vivir.
Awdish ha dicho que al escribir After Shock comprendió que recuperación y sanación no eran exactamente lo mismo. Durante años había cedido gran parte de su proceso de curación a la medicina y asumido que tan lejos como la medicina pudiera llevarla sería tan lejos como podría sanar. Después descubrió que todavía quedaba mucho camino. (LinkedIn)
Y quizá ésa sea la evolución más profunda entre sus dos libros.
In Shock observa lo que ocurre cuando el sistema sanitario salva un cuerpo, pero puede herir a la persona que vive dentro de él.
After Shock comienza cuando aquella persona descubre que nadie puede regresar a vivir dentro de su cuerpo por ella.
Los médicos pueden tratar…Los terapeutas pueden rehabilitar…Las enfermeras pueden cuidar…Los psicólogos pueden acompañar…Los medicamentos pueden aliviar…La tecnología puede sostener una función vital.
Pero existe una última frontera de la recuperación que pertenece a quien sobrevivió: volver a reconocerse, reconstruir confianza y decidir de qué manera quiere habitar la vida que consiguió conservar.
Eso no convierte la sanación en un acto solitario. Al contrario. Una de las ideas centrales del nuevo libro es ampliar el significado de quién o qué puede actuar como sanador. Un profesional puede hacerlo. También un amigo. Una comunidad. Una conversación. Una obra de arte. Una relación que permite sentirse seguro nuevamente. Publishers Weekly destacó precisamente que esa ampliación no disminuye la confianza de Awdish en la medicina; amplía aquello que considera necesario para sanar.
Por eso su presencia en el Congreso AARC 2026 tiene una importancia que va más allá de presentar un nuevo libro.
El 14 de noviembre, en Nueva Orleans, una neumóloga e intensivista que un día dependió de los cuidados críticos para mantenerse viva inaugurará el Congreso de la American Association for Respiratory Care hablando de “Healing with Intention”. La propia AARC anuncia que abordará su proceso de re-embodiment: volver a encontrar hogar en un cuerpo que se había vuelto extraño o amenazante y aprender nuevamente a confiar en él. Hablará de arte, comunidad y dimensiones de la sanación que la medicina frecuentemente deja fuera de su campo de visión.
Resulta difícil imaginar un mensaje más pertinente para nuestra profesión.
Durante años hemos aprendido cada vez más sobre cómo mantener respirando a una persona…Quizá también tengamos que aprender qué hacer cuando vuelve a respirar sola…Porque retirar el ventilador no termina necesariamente con la historia…Dar de alta de la UCI no termina necesariamente con la enfermedad…Normalizar una gasometría no devuelve automáticamente la confianza…Caminar cien metros no significa todavía haber regresado a la vida anterior.
Y quizá tampoco sea ése el objetivo.
Tal vez la verdadera recuperación no consista en regresar exactamente a quien uno era antes, porque algunas experiencias hacen imposible ese regreso. Quizá sanar signifique construir una nueva relación con el cuerpo que quedó, reconocer sus cicatrices, conocer sus límites y descubrir también capacidades que antes ignorábamos.
Frida Kahlo nunca volvió al cuerpo que tuvo antes de la enfermedad y del accidente. Lo transformó en lenguaje.
Rana Awdish tampoco pudo regresar simplemente a la médica que era antes de aquella hemorragia. Transformó lo vivido primero en una nueva forma de practicar medicina y después en una pregunta todavía más profunda acerca de la sanación.
Una pintó su cuerpo…La otra escribió desde él.
Ambas, de maneras completamente distintas, reclamaron el derecho a contar qué significaba vivir dentro de ese cuerpo y no permitir que otros tuvieran la última palabra sobre su significado.
Tal vez por eso esta historia no pertenece únicamente a médicos ni a pacientes que han pasado por una UCI.
Nos pertenece a todos.
Porque todos habitamos un cuerpo que algún día cambiará. Un cuerpo que puede enfermar, envejecer, doler, cicatrizar y perder capacidades. Y quizá la gran pregunta no sea solamente cuánto tiempo conseguiremos conservarlo funcionando, sino si seremos capaces de continuar reconociéndolo como nuestro.
En la primera parte de esta historia dijimos:
In Shock trata de cómo la medicina puede salvar a una persona y, al mismo tiempo, herirla.
Ahora podemos completar la idea:
After Shock trata de lo que esa persona necesita después para volver a habitar su propio cuerpo.
Entre ambas frases existe prácticamente toda una vida profesional para quienes trabajamos en medicina respiratoria y rehabilitación.
Primero ayudar a sobrevivir…Después ayudar a recuperar función…Y finalmente recordar algo que ninguna máquina puede medir:
que detrás de cada pulmón que ventilamos, cada cuerpo que movilizamos y cada paciente que rehabilitamos existe una persona intentando regresar a sí misma.
Quizá allí comience la parte más humana de nuestra profesión…Y quizá allí, precisamente, empiece la verdadera sanación.
Esta segunda parte y su imagen, creo que supera a la primera en profundidad, porque ya no es únicamente una historia médica. La conexión documentada entre Awdish y las obras de Frida Kahlo le proporciona además una identidad muy particular para nuestra publicación desde México, sin forzarla. Para la imagen posterior, La columna rota nos ofrece una idea visual muy poderosa, aunque convendría evocarla simbólicamente y no reproducir la obra: cuerpo, cicatriz, respiración, rehabilitación y reconstrucción, con Awdish como figura central y México presente de forma sutil. (Imagen con asistencia de AI)