“El poder de la narración: Las historias nos conectan y nos sanan”
El médico que enseñaba a escribir

«La compulsión de los médicos por escribir, entonces, puede ser simplemente una extensión de la razón por la que tantos de nosotros entramos en la medicina: una curiosidad implacable sobre cómo funcionan las personas. La práctica médica proporciona herramientas poderosas para examinar el funcionamiento interno, pero la escritura ofrece otras que profundizan en los espacios intersticiales donde nuestras herramientas más utilitarias flaquean. Y esto podría revelar un aspecto aún más profundo de la escritura: un elemento de pura condición humana».
De Danielle Ofri
A mis alumnos siempre les llamó la atención que llevara una libreta pequeña en el bolsillo de la bata. No era la libreta donde apuntaba dosis, teléfonos o pendientes del servicio. Para eso estaban otros papeles, y con los años llegaron también el teléfono y la computadora. Aquella libreta tenía otra función. Allí escribía cosas que no quería que el hospital se llevara consigo al terminar la guardia: una frase de un paciente, la manera en que una mujer había tomado la mano de su esposo antes de que lo intubáramos, el gesto de una enfermera que permaneció junto a una familia cuando ya no había mucho más que hacer, el silencio extraño de una habitación después de retirar un ventilador.
Algunos residentes se burlaban con cariño.
—Doctor, ¿otra vez escribiendo sus historias?
Yo cerraba la libreta y respondía:
—No estoy escribiendo historias. Estoy tratando de no olvidar.
Durante muchos años pensé que aquello era simplemente una costumbre personal. La medicina nos enseña desde temprano a registrar hechos: presión arterial, frecuencia cardíaca, gases, dosis, complicaciones, diagnósticos. Nos entrena para convertir la realidad en información útil. Y debe hacerlo. Pero con el tiempo descubrí que existen acontecimientos que pueden quedar perfectamente documentados en un expediente y, sin embargo, desaparecer casi por completo de nuestra memoria humana.
Un hombre puede ocupar veinte páginas de una historia clínica y no quedar allí registrado el momento en que preguntó, antes de ser intubado, si volvería a ver a su hija.
Una terapeuta puede haber realizado correctamente todos los procedimientos de una reanimación y que nadie escriba que después tuvo que encerrarse unos minutos en el baño porque sus manos todavía temblaban.
Una enfermera puede aparecer decenas de veces en los registros de medicamentos y no quedar constancia de que fue ella quien comprendió primero que aquella familia necesitaba escuchar la verdad.
Por eso escribía.
Hace algún tiempo llegó a mis manos un artículo de Thomas R. Vetter en ASA Monitor. Su título decía algo que yo había tardado muchos años en comprender: las historias nos conectan y pueden ayudarnos a sanar. Vetter recuerda que compartir narraciones médicas disminuye el aislamiento, construye comunidad y permite transmitir experiencia, valores y conocimiento entre generaciones y culturas.
Aquella tarde llevé el artículo al salón.
Habíamos terminado una sesión complicada. Los alumnos esperaban otra conferencia, quizá una sobre ventilación, shock o vía aérea. En lugar de encender el proyector, coloqué mi vieja libreta sobre la mesa.
—Hoy vamos a hablar de algo que probablemente nunca venga en su examen —les dije—, pero que quizá necesiten dentro de veinte años.
Me miraron con esa mezcla de curiosidad y prudencia con la que los jóvenes observan a un profesor cuando sospechan que está a punto de apartarse del programa.
Les pregunté cuándo había sido la última vez que alguno de ellos había escrito sobre un paciente sin hacerlo para el expediente.
Nadie respondió.
—Entonces empiecen por algo muy sencillo. No intenten escribir sobre “la muerte”, “el sufrimiento” o “la esperanza”. Esas palabras son demasiado grandes. Escriban sobre algo que vieron.
Una residente levantó la mano.
—¿Como qué?
—Como una mano.
Se rieron.
—Sí, una mano. La mano del padre que no quería soltar la baranda mientras reanimaban a su hijo. La mascarilla empañada de una paciente que todavía quería hablar. Un terapeuta respiratorio mirando primero al paciente y después al monitor. El ruido del ventilador cuando todos los demás se quedaron callados. Si algo de una guardia sigue regresando a su cabeza dos días después, probablemente allí exista una historia.
Vetter establece un paralelismo muy hermoso entre investigación y escritura: muchos estudios comienzan con una observación clínica, con algo que alguien vio y decidió no pasar por alto. Propone que la experiencia personal y la curiosidad pueden ser el punto inicial de la narrativa de la misma manera que una observación despierta una pregunta científica.
Les expliqué entonces una regla que fui aprendiendo lentamente:
No empiecen preguntándose qué quieren escribir. Pregúntense qué vieron que todavía no los deja en paz.
Uno de los muchachos anotó la frase.
Después hablamos de algo que suele enseñarse en los cursos de escritura: show, don’t tell. Mostrar en vez de explicar. Vetter describe esa técnica utilizando acciones, imágenes, sonidos, olores, tacto, diálogo y detalles concretos para hacer que el lector viva la escena en lugar de recibir solamente una conclusión. Pero él mismo advierte que convertir esa regla en dogma puede ser sofocante y recupera una idea mucho más madura: show and tell. Mostrar y también decir.
—Eso es especialmente importante para ustedes —les dije—. Porque no son novelistas observando un hospital desde afuera. Son médicos, enfermeras, terapeutas, fisioterapeutas. Han estado allí. Pueden describir lo que ocurrió, pero también tienen derecho a detenerse después y preguntarse qué significó.
Una alumna me preguntó cómo saber cuándo una historia se estaba volviendo exagerada.
La respuesta me salió casi sin pensar.
—Cuando empiezan a agregarle emoción porque temen que la realidad no sea suficiente.
La medicina casi nunca necesita que la hagamos más dramática. Ya lo es.
No hace falta decir que una noche fue terrible si podemos mostrar el pasillo vacío, el café que quedó frío durante tres horas y una mujer esperando sola afuera de terapia intensiva. Tampoco necesitamos convertir a todos en héroes. Los profesionales se equivocan, dudan, se cansan, algunas veces tienen miedo y otras no saben qué decir. Precisamente por eso vale la pena escribirlos como seres humanos.
Entonces les conté otra regla que considero fundamental: no intenten contar todo.
Un caso de treinta días no necesita convertirse en treinta páginas. Toda historia tiene un centro de gravedad. Puede ser el momento de la intubación, una conversación, una recuperación inesperada, la decisión de limitar tratamiento, la primera respiración sin el ventilador o simplemente una mirada.
El artículo de Vetter incluye en su segunda página un poema médico, Deus Ex Machina, construido alrededor de un único punto emocional: el instante en que una esperanza terapéutica se derrumba. No intenta contar toda una enfermedad; concentra la experiencia en aquello que verdaderamente la define.
—Encuentren ese instante —les dije—. Si intentan meter en una sola historia la enfermedad, la familia, la fisiología, el hospital, la enseñanza, la denuncia, la moraleja y además una despedida hermosa, probablemente no tendrán una historia. Tendrán un expediente con sentimientos.
Algunos sonrieron.
Entonces llegamos al tema más difícil: escribir sobre uno mismo.
Les advertí que la experiencia personal es probablemente nuestra materia prima más genuina, pero también puede convertirse fácilmente en exhibicionismo. Vetter recupera precisamente la idea de que lo vivido, incluso cuando ha sido confuso o imperfecto, constituye una fuente esencial de la escritura de no ficción.
—Pueden estar dentro de su historia —les expliqué—, pero no tienen que ser siempre el protagonista. Existe una diferencia entre presencia y protagonismo. Algunas veces ustedes fueron quienes salvaron al paciente. Otras veces fueron quienes aprendieron. Y algunas veces fueron simplemente quienes estaban allí y tuvieron el privilegio de verlo.
Eso también exige ética.
Cambiar un nombre no basta para proteger a una persona. Podemos anonimizar todos los datos y aun así traicionar a alguien si convertimos su dolor en espectáculo. Narrar medicina significa cuidar otra vez, pero esta vez con palabras. Hay historias que deben escribirse y no publicarse. Algunas pertenecen sólo a nuestra memoria. Otras necesitan tiempo antes de poder contarse sin rabia, culpa o vanidad.
La sala quedó un poco más silenciosa.
Les confesé entonces algo que casi nunca decía en las clases técnicas.
Yo también había escrito algunas veces porque necesitaba entender.
Hay guardias que terminan administrativamente a las siete de la mañana pero permanecen abiertas dentro de uno durante años. Un caso puede cerrarse clínicamente y continuar interrogándonos. Vetter recuerda a James Baldwin para explicar precisamente esto: muchas veces escribimos no porque ya conocemos la respuesta, sino porque estamos intentando descubrir aquello que todavía no comprendemos.
—No todas sus historias necesitan terminar con una moraleja —les dije—. Algunas pueden terminar con una pregunta. La vida tampoco nos entrega siempre conclusiones.
Después les hablé del bienestar profesional. El artículo relaciona la escritura reflexiva y narrativa con mejores ambientes de trabajo, apoyo entre colegas, expresión de gratitud, reflexión y formas de elaboración emocional. No propone la escritura como tratamiento mágico para el desgaste profesional, pero sí como una manera de dar lenguaje a experiencias que con demasiada frecuencia quedan enterradas bajo la siguiente guardia.
Un residente me preguntó:
—¿Y quién va a querer leer nuestras historias?
Creo que ésa fue la mejor pregunta de la tarde.
—Tal vez nadie —le respondí—. Y aun así puede valer la pena escribirlas.
Porque no todo lo que se escribe necesita publicarse. Algunas páginas son para nosotros mismos. Otras serán para nuestros alumnos. Quizá alguna llegue a una enfermera que piense “eso también me ocurrió”. Tal vez un terapeuta respiratorio descubra que el cansancio que llevaba años creyendo exclusivamente suyo también lo había sentido otra persona. Quizá una familia comprenda mejor que quienes estaban alrededor de la cama de su ser querido también eran seres humanos.
Y entonces ocurre algo extraordinario: una experiencia individual deja de ser solamente individual.
Vetter termina su artículo sin pedir que los médicos aspiremos a convertirnos en grandes escritores. Su propuesta es mucho más humilde y, a mi juicio, mucho más hermosa: conservar y compartir selectivamente algunas experiencias valiosas de nuestra vida como médicos y como seres humanos.
Antes de terminar la clase tomé nuevamente la libreta que había dejado sobre la mesa. Estaba vieja, con las esquinas dobladas y varias páginas escritas con tintas diferentes. Algunas frases ya casi no podía recordar a quién pertenecían.
—Después de tantos años —les dije— he terminado reduciendo todo esto a una sola recomendación.
Escribí en el pizarrón:
“Escribe como clínico para observar, como testigo para recordar y como ser humano para no dejar solos a los demás.”
Nadie tomó una fotografía inmediatamente. Eso me gustó.
Primero la leyeron.
Luego algunos comenzaron a copiarla.
Yo guardé la libreta en el bolsillo de la bata y pensé que quizá ésa era también otra forma de enseñar medicina: no entregar a los jóvenes solamente lo que sabemos, sino mostrarles qué cosas, después de muchos años, seguimos considerando dignas de ser recordadas.