Nicté: el sabor de la memoria

El camino desde la selva hasta Mérida fue más largo de lo que Nicté recordaría después.
Durante buena parte del trayecto permaneció pegada a la ventanilla del jeep, mirando cómo los árboles corrían hacia atrás. A veces levantaba la mano para despedirse de algo que sólo ella veía: un pájaro escondido, una piedra conocida, una sombra que parecía acompañarlas entre los troncos.
María iba a su lado.
No llevaba equipaje. Apenas un pequeño envoltorio con algo de ropa, un peine, unas tortillas endurecidas y una cinta de tela que había pertenecido a su madre. Todo lo demás lo llevaba dentro: la laguna, el fogón, la casa, los muertos, el hombre que se había ido al norte y la incertidumbre de no saber si estaba salvando a su hija o comenzando a perderla.
Giulia, la italiana, se volvía de vez en cuando para mirar a la niña. Matteo, su esposo, hablaba con el guía sobre trámites, autoridades, permisos. Pronunciaban palabras que Nicté no comprendía: adopción, documentos, consulado, custodia.
Ella sólo entendía que el mundo se movía.
Y mientras su madre siguiera sentada junto a ella, aquel movimiento no podía ser peligroso.
Mérida
La primera noche se alojaron los cuatro en una habitación doble de un hotel modesto. María nunca había entrado en uno. Miró el espejo grande, las sábanas blancas, el baño del que salía agua con sólo girar una llave. Antes de permitir que Nicté se acostara, pasó la mano varias veces sobre la cama, como si quisiera asegurarse de que tanta suavidad no escondiera una trampa.
La niña descubrió el interruptor de la luz.
Lo encendió y lo apagó muchas veces.
Cada destello le causaba la misma sorpresa.
—Déjala —dijo Giulia sonriendo—. Pero para ella todo era nuevo.
María la observó jugar. En su mirada había ternura, pero también una tristeza que empezaba a tomar forma. Comprendía que lo nuevo podía enamorar a una niña con mucha facilidad. Una cama limpia, un vestido, un helado, una película, un juguete que respondía al apretar un botón podían hacer parecer pequeño y oscuro el mundo del que venían.
Aquella noche Nicté durmió entre las dos mujeres.
En algún momento, ya de madrugada, buscó con una mano a su madre y con la otra tocó el brazo de Giulia. Permaneció así, tendida entre ambas, unida a dos vidas que todavía no sabían cómo compartirla.
María no durmió.
Escuchó la respiración de su hija y pensó que tal vez el amor más difícil no consistía en retener, sino en aceptar que otro podía darle aquello que una no tenía.
A la mañana siguiente compraron ropa. Nicté se miró por primera vez dentro de un vestido nuevo. Era claro, con pequeñas flores bordadas. Dio una vuelta frente al espejo y la falda se abrió alrededor de sus piernas.
María sonrió.
Fue una sonrisa breve.
Quizá en ese instante vio por primera vez a la mujer que su hija podría llegar a ser y comprendió, con la violencia silenciosa de las certezas, que ella tal vez no estaría allí para acompañarla.
En las oficinas del Desarrollo Integral de la Familia les explicaron que el proceso sería complejo. Hubo entrevistas, firmas, comprobaciones y preguntas incómodas. Un bufete jurídico intervino para orientar a Matteo y Giulia. María habló varias veces a solas con trabajadores sociales.
Nadie debía confundir su pobreza con falta de amor.
Ella no estaba entregando a una niña que no deseaba. Estaba intentando abrirle una puerta que, desde la selva, parecía imposible.
Giulia y Matteo hicieron cuanto pudieron por ganarse la confianza de Nicté. La llevaron al zoológico, a los parques, al cine. Le compraron juguetes, pero pronto descubrieron que la niña prefería las piedras, las hojas, los recipientes con agua y cualquier rincón donde pudiera observar insectos.
El primer helado le produjo frío en los dientes y una risa inesperada.
La primera película la asustó porque creyó que las personas vivían dentro de la pantalla.
La primera vez que vio un avión en el cielo levantó ambos brazos y gritó algo en su lengua. María la miró y apartó el rostro.
Ya sabía que uno de esos pájaros enormes se la llevaría.
La despedida
Durante las últimas semanas, María comenzó a hablarle sobre el viaje.
Le explicó que iría con Giulia y Matteo a un lugar lejano donde había una casa grande, montañas y un lago. Le dijo que tendría ropa, escuela y médicos. Le aseguró que hablarían por teléfono, que algún día volverían a encontrarse.
Nicté escuchaba con la atención seria de los niños cuando sienten que los adultos están ocultando la parte más importante.
—¿Tú vienes?
María tardó en responder.
—No ahora.
—¿Después?
—Después.
Aquella palabra quedó suspendida entre las dos.
Después.
Una palabra que puede significar mañana, muchos años o nunca.
En el aeropuerto, María la abrazó con una fuerza que asustó a la niña. Le acarició el cabello, el rostro, las manos. Parecía querer aprender de memoria cada parte de ella.
Le dijo algo al oído en su lengua.
Nicté no lo recordaría de manera consciente, pero muchos años después, en sueños, escucharía una voz femenina repitiendo palabras que no sabía traducir.
Giulia lloraba. Matteo mantenía la mirada baja. El guía permanecía a unos pasos, respetando aquel dolor.
Cuando llegó el momento, Nicté se aferró al vestido de su madre.
—Tú vienes.
—No puedo, mi flor.
—Tú vienes.
María cerró los ojos.
Luego se agachó y la obligó con suavidad a mirarla.
—Ve. Aprende. Crece. No tengas miedo.
Le colocó en la muñeca la cinta que había pertenecido a su abuela.
—Cuando la mires, sabrás que no estás sola.
La niña comenzó a llorar cuando comprendió que María no atravesaría con ellos la puerta de embarque. Giulia la tomó en brazos. Nicté estiró las manos hacia su madre hasta que la distancia fue demasiado grande.
María permaneció allí.
No corrió tras ella. No gritó. No pidió que la devolvieran.
Sólo levantó una mano.
Era la misma mano que había limpiado pescados, encendido fogones, apartado insectos y sostenido a su hija durante las noches de tormenta.
Nicté siguió viéndola hasta que la multitud la ocultó.
En el vuelo de Ciudad de México a Madrid preguntó por todo: por las luces, las nubes, las pequeñas casas que desaparecían debajo. En algún momento se quedó dormida con la cinta apretada entre los dedos.
No sabía que acababa de despedirse de su madre.
Creía que sólo se habían separado por un tiempo.
Una casa junto al lago
Después de Madrid volaron a Milán. Al llegar a Malpensa, Nicté estaba tan cansada que apenas abrió los ojos. Desde allí viajaron por carretera hacia Como.
La casa se encontraba cerca del lago.
Al despertar a la mañana siguiente, vio el agua desde una ventana. Permaneció inmóvil, mirándola. Giulia pensó que estaba maravillada, pero quizá la niña buscaba en aquel paisaje otro espejo: una laguna escondida entre árboles, una orilla de piedras, una mujer joven preparando peces.
—Es el lago —le explicó Giulia—. Esta será tu casa.
Nicté apoyó la frente contra el cristal.
El agua era distinta. Las montañas eran distintas. El aire olía de otra manera.
Pero algo en aquella superficie extensa le resultaba familiar.
Matteo y Giulia pudieron dedicarse casi completamente a ella. Sus negocios eran administrados por personas de confianza. Contrataron una maestra para enseñarle italiano, buscaron médicos, regularizaron documentos y procuraron que la niña se sintiera protegida.
Al principio Nicté hablaba poco. Miraba mucho.
Aprendió primero las palabras necesarias: agua, hambre, frío, mamá.
Durante algún tiempo llamó mamá a las dos mujeres en momentos diferentes. A Giulia cuando necesitaba ayuda. A María cuando despertaba de noche.
Cada semana intentaban comunicarse con México. Las primeras llamadas fueron breves y difíciles. La conexión se interrumpía. Nicté escuchaba una voz lejana que a veces parecía la de su madre y a veces sólo era ruido.
A la tercera semana, el guía llamó. María se había marchado hacia el norte. Había dicho que buscaría al padre de Nicté. Dejó un número telefónico que nunca respondió. La buscaron… Preguntaron…Contrataron personas para seguir su rastro… Nada.
María desapareció en la misma corriente que había arrastrado a tantos hombres y mujeres hacia la frontera. Quizá llegó. Quizá no. Tal vez encontró al hombre que buscaba. Tal vez murió en el camino. Tal vez construyó otra vida y no supo cómo volver.
Matteo y Giulia decidieron no hablar todavía con Nicté sobre aquella desaparición. Una psicóloga les aconsejó esperar hasta que tuviera edad suficiente para comprender.
El silencio, al principio provisional, terminó convirtiéndose en un secreto… Y los secretos, cuando viven demasiado tiempo dentro de una familia, empiezan a ocupar un lugar propio en la mesa.
La hija del lago
Nicté creció. La alimentación, los cuidados médicos y una vida protegida transformaron su cuerpo. Dejó de ser la niña delgada que había salido de entre las sombras de la selva. Se convirtió en una joven fuerte, de piel color ámbar, cabello oscuro y ojos profundos.
Aprendió italiano con rapidez. Después estudió alemán y algo de francés. Durante los veranos pasaba temporadas cerca de Suiza. Se movía entre culturas con naturalidad, aunque en todas ellas había algo que la distinguía.
Sus compañeros pensaban que era mediterránea. Otros creían que provenía del sur de Italia, del norte de África o de algún país latinoamericano. Ella respondía siempre lo mismo:
—Sono italiana. Sono di Como.
Soy italiana. Soy de Como. Y era verdad… Pero no era toda la verdad.
Matteo y Giulia fueron sus padres en todos los sentidos que importan en la vida cotidiana. La acompañaron cuando enfermó, asistieron a sus festivales, corrigieron sus tareas, celebraron sus logros y permanecieron despiertos cuando ella tardaba en regresar.
No compartían su sangre, pero compartían su tiempo. Y el tiempo, cuando se entrega con amor, puede llegar a parecerse mucho a la sangre.
Nicté fue una estudiante brillante. Desde muy joven dijo que quería cuidar a las personas. Quizá dentro de ella permanecía la historia de una madre que había perdido a sus padres por falta de médicos y medicinas, aunque nadie se la hubiera contado con detalle.
Eligió enfermería. La escuela de Como mantenía convenios con el Ospedale Maggiore Policlinico de Milán. Allí debía realizar una parte de sus prácticas.
Y allí estaba yo…
El médico mexicano
Yo había nacido lejos de México, en una pequeña población rodeada por las montañas de los Andes. En mi tierra no existían las posibilidades de formación médica que yo buscaba, de modo que también tuve que partir.
Durante seis años estudié especialidades en México. Allí formé una familia, tuve mi primera hija y empecé a sentir que uno puede pertenecer a más de un lugar sin dejar de extrañar el primero.
Mi llegada a Italia había sido consecuencia de un paciente operado de Parkinson mediante un procedimiento que entonces era experimental. Después de acompañarlo desde México, su familia me pidió permanecer como médico de cabecera y enlace con sus especialistas italianos.
Me quedé más de cinco años.
Durante el día acudía al Policlínico de Milán, donde colaboraba con el profesor Guglielmo Scarlato y otros médicos. Por mi formación en anestesiología y medicina crítica me asignaban con frecuencia a pacientes crónicos con traqueostomía, asistencia ventilatoria y enfermedades neurológicas complejas. Allí conocí también al doctor Giulio Frova, uno de los grandes nombres de la anestesiología italiana.
En el hospital me llamaban “el mexicano”, aunque todavía no estaba nacionalizado.
Una mañana, una estudiante de enfermería se acercó a mí.
—¿Usted es el médico mexicano?
Levanté la vista.
—Eso dicen.
Ella sonrió. Desde el primer momento advertí que su apariencia no correspondía por completo a la de una joven del norte de Italia. Hablaba italiano con absoluta naturalidad, pero había en sus facciones algo distinto: la piel algo oscura y luminosa, los ojos negros, el cabello del color de la noche.
—Me llamo Nicté —dijo—. Soy de Como.
El nombre me pareció extraño y hermoso.
Me contó que estaba realizando prácticas y que había escuchado hablar de un médico relacionado con México. Quería conocer historias de aquel país. Me preguntó si extrañaba su comida.
Le expliqué que yo no había nacido allí, pero que México se había convertido en mi hogar.
—Conozco un restaurante mexicano —me dijo—. Podríamos ir mañana.
Acepté. Pensé que sería una comida entre colegas, una conversación inocente sobre lugares lejanos.
No sabía que estaba a punto de sentarme frente a un misterio.
Los tacos de Milán
El restaurante era pequeño. Estaba escondido en una calle del viejo Milán y anunciaba en un letrero: Antojitos mexicanos.
A Nicté ya la conocían.
—Así que nuestra amiga finalmente trajo a un mexicano —dijo alguien al vernos entrar.
Nos sentamos cerca de la cocina. Le pedí que eligiera por mí.
—Como de todo —le dije—, pero no demasiado picante.
Ella, que hasta entonces había estado sonriente, se puso seria.
—No lo invité solamente para hablar de México.
—¿Entonces?
—Lo invité como médico.
La miré con atención.
—Quiero que observe lo que me ocurre cuando como aquí.
Pensé en alergias, intolerancias, palpitaciones, episodios de ansiedad.
—¿Te falta el aire? ¿Te mareas? ¿Te enchilas?
—No. Es otra cosa.
Llegaron unos tacos al pastor y unas gringas. Probé primero. El sabor era aceptable, aunque en mi memoria los tacos de los alrededores de los hospitales de México continuaban siendo superiores.
—¿Qué siente? —preguntó.
—Que les falta guacamole.
No sonrió.
Entonces comprendí que hablaba en serio.
Nicté tomó un taco. Lo acercó a la boca y dio un primer bocado. Masticó lentamente.
Sus párpados se cerraron.
Al principio pensé que simplemente estaba saboreándolo. Luego advertí que su respiración se había vuelto más profunda. Su rostro cambió. No parecía asustada. Parecía estar escuchando algo muy lejano.
Permaneció así varios segundos.
Cuando abrió los ojos, no me miró de inmediato.
—¿Qué sentiste, que viste? —pregunté.
Ella tardó en responder.
—Agua.
—¿Agua?
—Una laguna transparente. Árboles enormes. Hay una mujer cerca de mí. No puedo verle bien el rostro, pero confío en ella. Estoy a su alrededor, aunque ella no me ve.
Se llevó una mano al pecho.
—Más lejos hay pirámides. Veo luces, fuego y hombres vestidos como antiguos guerreros. A veces estoy junto a la orilla arrojando piedras. Otras veces camino por un sendero con casas medio destruidas.
—¿Has estado alguna vez en México?
—Nunca.
—¿Has visto imágenes de esos lugares?
—He estudiado las culturas antiguas, como cualquiera. Pero esto no parece una imagen. Parece un recuerdo.
Aquella palabra cambió la conversación.
Recuerdo.
Como médico, intenté mantenerme en el terreno racional. Le pregunté por enfermedades, medicamentos, consumo de sustancias, episodios neurológicos, migrañas, pérdidas de conciencia.
Todo era negativo.
—¿Cuándo empieza exactamente?
—Con el sabor. A veces incluso antes del primer bocado, cuando percibo el aroma. Después se vuelve más intenso.
Yo padezco anosmia desde el nacimiento. Apenas percibo uno o dos olores. El mundo olfativo siempre me ha sido casi desconocido.
Tal vez por eso me intrigó aún más.
El olfato y el gusto tienen caminos directos hacia las regiones cerebrales relacionadas con la emoción y la memoria. Un aroma puede abrir escenas olvidadas, pero Nicté no debía poseer recuerdos conscientes de México.
¿Podía una experiencia vivida a los tres o cuatro años permanecer escondida y regresar mediante un estímulo sensorial?
Era posible… Pero ¿cómo explicar las pirámides, los guerreros, las antorchas? Quizá eran reconstrucciones de su imaginación, imágenes aprendidas que su cerebro añadía a una sensación primitiva.
O quizá había memorias que no pertenecían sólo a la vida individual.
Como médico, rechazaba esa posibilidad… Como hombre, sentado frente a ella, no estaba tan seguro.
El cocinero
Pedimos hablar con quien preparaba la comida.
Salió un hombre mexicano, chiapaneco. Al saber que yo venía de la Ciudad de México, se sentó con nosotros como si nos conociéramos desde hacía años. Le preguntamos por ingredientes, hierbas y condimentos.
Nada parecía fuera de lo común. La carne era italiana. El aguacate procedía de otro país. Los tomates eran locales. Usaba algunas especias para acercarse al sabor de casa, pero negó agregar sustancias especiales.
Le expliqué lo que le ocurría a Nicté. El hombre dejó de sonreír.
La miró detenidamente.
—¿Cómo te llamas?
—Nicté.
El cocinero palideció.
—Tú eres la Princesa Nicté dijo.
Ella frunció el ceño.
—Soy italiana.
—Nicté significa flor —dijo él—. En mi tierra nos contaban una historia.
Y comenzó a hablar el cocinero, recordó una antigua historia que había escuchado de niño, una de esas leyendas que cambian ligeramente cada vez que alguien las cuenta…
Contó que Nicté había sido una princesa maya nacida entre jardines y templos. Una joven de belleza serena cuya presencia traía calma incluso en tiempos de guerra. Un príncipe de una ciudad enemiga se enamoró de ella. Ambos imaginaron que su unión podría reconciliar pueblos enfrentados.
Pero los reinos tenían memoria.
Y la memoria de los reinos suele pesar más que el deseo de dos personas.
Su amor quedó suspendido entre ceremonias, selvas y pirámides iluminadas por antorchas. Nunca pudo realizarse plenamente. Desde entonces, dijo el cocinero, el nombre de Nicté evocaba una flor que nace hermosa, pero lleva dentro una tristeza antigua.
Mientras hablaba, observé el rostro de ella. Ya no parecía escuchar una leyenda. Parecía reconocerla.
Ninguno de los tres dijo nada durante un largo momento. Finalmente, Nicté se levantó.
—¿Cuánto debemos?
El cocinero negó con la cabeza.
—Nada, Princesa. Esta es tu casa. Vuelve cuando quieras.
Salimos. Antes de seguirla me volví hacia él. No dije palabra. Tampoco él. Nos despedimos con una mirada.
La ciencia y el misterio
El camino de regreso al hospital fue silencioso.
Nicté caminaba mirando el suelo.
Le expliqué que el profesor de neurología era amigo mío y que disponíamos de recursos para estudiar lo que estaba ocurriendo. Podíamos realizar una valoración, un electroencefalograma, estudios de imagen, analizar si existía alguna forma de aura, crisis del lóbulo temporal o fenómeno provocado por estímulos gustativos u olfativos.
—No creo que estés enferma —le dije—, pero debemos entenderlo.
No respondió.
—Yo te acompañaré.
Al llegar al hospital se detuvo antes de entrar.
—“Domani andremo con il professore. Finisco il mio tirocinio questa settimana, ma parlerò anche con i miei genitori”.
Mañana iremos con el profesor. Termino mis prácticas esta semana, pero también hablaré con mis padres.
—Sí —respondí—. Así lo haremos.
No sucedió.
Aquella misma tarde me esperaba el profesor. Debíamos acudir a la casa del paciente por quien yo permanecía en Italia. Había llegado desde Estados Unidos el neurólogo Harold Klawans, del Rush Presbyterian Hospital de Chicago, para evaluarlo.
Después de revisarlo propuso trasladarlo a su centro y comenzar un tratamiento que entonces resultaba novedoso: fluoxetina.
Todo cambió en pocas horas.
La familia inició trámites, consultas y preparativos. El domingo estábamos abordando un jumbo de Alitalia. Ocuparon para nosotros la planta superior del avión. Viajábamos el paciente, parte de su familia, el equipo de asistencia y una pequeña perrita Yorkshire llamada Chichi.
Partimos en octubre… Regresamos en marzo… Durante aquellos meses pensé varias veces en Nicté. Imaginé que, al volver, preguntaría por ella en la escuela de enfermería. Pensaba llevarla con el profesor Scarlato y escuchar lo que sus padres tuvieran que decirle.
Pero la vida no siempre deja abiertas las puertas por las que pensamos regresar. Cuando volví, su rotación había terminado.
Pregunté por ella. Alguien dijo que había regresado a Como. Otro creyó que continuaría estudios fuera. No encontré un teléfono. En aquella época las personas todavía podían desaparecer de nuestra vida sin dejar rastros digitales, perfiles o fotografías.
Nunca volví a verla.
Lo que quedó
Durante años recordé sus ojos cerrados frente a aquel taco, su respiración lenta y la forma en que describió el agua.
A veces pensaba que habíamos presenciado un fenómeno neurológico… Otras veces creía que el sabor había despertado una memoria infantil enterrada: la laguna, las piedras, las casas abandonadas, la mano de María.
Pero había detalles que no encajaban… Las pirámides… Los guerreros… La mujer que no podía verla.
Quizá Nicté había construido aquellas imágenes a partir de fragmentos: libros, historias, sueños y sensaciones que su cerebro reunía para explicar una ausencia… Quizá su cuerpo recordaba una tierra que su conciencia había olvidado… O quizá hay recuerdos que viajan de otro modo.
No por los genes, como pretenden algunas fantasías fáciles. No por la sangre como una película intacta. Tal vez viajan en los gestos, en los sabores aprendidos antes de tener palabras, en una canción escuchada dentro del vientre, en una cinta atada a la muñeca, en el miedo inexplicable a perder de nuevo a alguien.
Años después, esta historia volvería a mí por otra razón.
En mi propia familia también hubo una niña llegada desde un pequeño pueblo escondido entre las montañas de los Andes. Mis padres y mis hermanos la recibimos como hermana. Nunca fue “la adoptada”. Fue nuestra hermana, con la misma naturalidad con que amanece el sol sobre las montañas.
Nuestros padres la cuidaron con una entrega inmensa.
Hace poco enfermó gravemente. A pesar de todos los esfuerzos y de la atención cercana, no sobrevivió.
Su muerte abrió en mí una habitación que creía cerrada… Dentro estaban ella, Nicté, María y aquella niña que cruzó un aeropuerto sin comprender que algunas despedidas duran toda la vida.
Por eso he vuelto a contar esta historia.
Pero todavía falta una parte, la 3ª.
Porque hace unos días llegó a mis manos un artículo científico. Al leerlo, comprendí que quizá la ciencia tenía algo que decir sobre Nicté, sobre mi hermana y sobre esas huellas que permanecen en nosotros después de que una persona, una casa o una tierra desaparecen… O quizá sólo encontró palabras nuevas para un misterio antiguo.
Eso lo veremos en el tercer tiempo… Por ahora, Nicté continúa junto al lago, con los ojos cerrados, sosteniendo entre los dedos un sabor que llegó desde otro continente.
Y en algún lugar —en la frontera, en la selva, en la memoria o en un sueño— una mujer llamada María sigue levantando la mano para despedirse.
Sin saber si su hija alguna vez logró recordarla.
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