El último pulmón de acero: una despedida con gratitud


Martha Ann Lillard falleció el 26 de junio de 2026, en Shawnee, Oklahoma, Estados Unidos.

La muerte de Martha Ann Lillard, a los 78 años, no es solo una noticia sobre una tecnología antigua. Es el cierre humano de un capítulo fundamental en la historia de la Medicina Respiratoria.

Martha enfermó de poliomielitis en 1953, cuando era niña, poco antes de que la vacunación cambiara el destino de millones de personas. Como muchos pacientes de aquella época, perdió la capacidad de respirar de manera suficiente y necesitó el soporte de un pulmón de acero, aquel enorme cilindro metálico que generaba presión negativa alrededor del cuerpo para permitir la entrada y salida de aire en los pulmones.

Para nuestra generación, acostumbrada a ventiladores microprocesados, pantallas táctiles, alarmas inteligentes y modos avanzados de soporte, el pulmón de acero puede parecer una reliquia. No lo fue. Fue una de las primeras grandes tecnologías de soporte ventilatorio prolongado. Durante las epidemias de polio, estos equipos salvaron miles de vidas y enseñaron a la medicina que sostener la respiración podía significar acompañar a un paciente durante días, meses, años o incluso décadas.

Esa historia también pertenece a la Terapia Respiratoria. Las salas de polio fueron parte del origen de una nueva forma de cuidado: vigilancia continua, manejo de secreciones, soporte ventilatorio, adaptación tecnológica, rehabilitación, prevención de complicaciones y presencia clínica junto al paciente dependiente de una máquina para respirar. Allí comenzó a definirse, mucho antes de los ventiladores modernos, una vocación profesional centrada en proteger la respiración cuando el cuerpo ya no puede hacerlo solo.

Martha no fue una “paciente dentro de una máquina”. Fue una persona que vivió, creó, escribió, pintó, compuso música y sostuvo su vida con una dignidad que merece respeto. Su historia recuerda que detrás de cada tecnología respiratoria hay alguien que espera aire, descanso, seguridad y continuidad. También recuerda que el progreso médico no borra la deuda con quienes vivieron antes que nosotros los límites de la ciencia disponible.

Hoy existen otros sistemas de ventilación con presión negativa, como las corazas torácicas y equipos tipo Hayek, además de la ventilación no invasiva y los ventiladores modernos. La tecnología cambió, pero la pregunta esencial sigue siendo la misma: cómo sostener la respiración sin olvidar a la persona.

La partida de Martha Ann Lillard cierra un símbolo de la era del pulmón de acero. No cierra la historia de la ventilación prolongada ni la responsabilidad de quienes trabajamos en medicina respiratoria. Al contrario, nos recuerda de dónde venimos.

A Martha, y a tantos sobrevivientes de la polio que ayudaron a construir nuestra disciplina sin proponérselo, solo podemos decirles gracias.

Gracias por recordarnos que respirar asistido también puede ser vivir y gracias por formar parte de nuestra historia.