
El paciente centenario o extremadamente anciano en terapia intensiva representa una de las formas más complejas de atención crítica. La edad cronológica por sí sola no debe decidir ingreso, limitación terapéutica ni intensidad de soporte; el punto central es la reserva funcional previa, la fragilidad, la cognición, la sarcopenia, la carga de comorbilidad, los objetivos del paciente y la posibilidad real de recuperar una vida aceptable para él. La literatura sobre pacientes “muy ancianos” en UCI, generalmente mayores de 80 años, muestra que constituyen un grupo en expansión, con mortalidad alta a largo plazo y con predictores clásicos de gravedad que no capturan bien dimensiones esenciales como función previa, dependencia, fragilidad y deterioro cognitivo.
En estos pacientes, el equipo de medicina respiratoria tiene un papel decisivo: proteger la respiración sin aumentar daño, evitar inmovilidad, apoyar destete ventilatorio, prevenir delirium, favorecer movilización temprana y acompañar a la familia con comunicación clara. La fragilidad no debe interpretarse como motivo automático para negar rehabilitación o soporte, sino como una señal para hacer una valoración multidimensional y adaptar intervenciones, intensidad, metas y tiempos.
Paciente centenario, fragilidad y medicina crítica
El concepto de centenario no puede trasladarse de manera simple a una edad numérica. En UCI, gran parte de la evidencia agrupa a los pacientes mayores de 80 años como very old ICU patients. Los centenarios son un subgrupo aún más extremo, con menor reserva fisiológica, mayor vulnerabilidad a eventos adversos y mayor dependencia del estado funcional previo. El artículo de Flaatten y colaboradores subraya que estos pacientes son probablemente uno de los grupos de mayor crecimiento en terapia intensiva, pero que los modelos clásicos de gravedad no incorporan bien factores clave como función premórbida y cognición.
La fragilidad es un estado multidimensional de baja reserva y menor resistencia a estresores. No equivale a edad avanzada, discapacidad o multimorbilidad, aunque se superpone con ellas. En enfermedad respiratoria crónica, la fragilidad es especialmente relevante: se asocia con readmisión, estancia hospitalaria prolongada, mortalidad, exacerbaciones, mayor carga sintomática física y psicológica, y dependencia en actividades de la vida diaria. En EPOC, aproximadamente uno de cada cinco pacientes puede vivir con fragilidad.
La base biológica más importante es la sarcopenia. La revisión de Csete describe la pérdida progresiva de masa y función muscular como un determinante central de fragilidad. Esta pérdida afecta movilidad, independencia, respuesta al estrés y recuperación. En medicina crítica, la sarcopenia importa porque puede predecir dificultad para el destete de ventilación mecánica; además, la pérdida muscular aguda en UCI, especialmente durante sepsis, puede acelerar de forma profunda una fragilidad preexistente.
Riesgo de sobretratamiento y subtratamiento
La atención del centenario exige equilibrio. El artículo de Swiss Medical Weekly plantea que las decisiones diagnósticas y terapéuticas en edades extremas deben considerar expectativa de vida, estado funcional, médicos involucrados y sistema familiar. La medicina moderna tiende a actuar bajo la lógica de que casi todo es técnicamente posible; sin embargo, en pacientes muy frágiles la factibilidad técnica no siempre representa el mejor tratamiento. El enfoque recomendado es orientado a metas: preservar independencia, aliviar sufrimiento, recuperar función cuando sea razonable y evitar procedimientos que agreguen carga sin beneficio proporcional.
Esto no significa negar soporte intensivo por edad. La misma revisión enfatiza que la edad por sí sola no debe ser razón para negar cirugía, medicamentos, hospitalización o rehabilitación. Edad, fragilidad, función y desenlaces esperables deben integrarse en una ecuación clínica individualizada.
UCI, desenlaces y toma de decisiones
En pacientes muy ancianos, la mortalidad a un año después de UCI puede ser elevada. El artículo de Intensive Care Medicine reporta rangos amplios, aproximadamente 40–70% en distintos estudios de mayores de 80 años. También describe que estos pacientes reciben con frecuencia menor intensidad y duración de soporte de órganos que pacientes más jóvenes, lo cual puede reflejar decisiones más tempranas de limitación terapéutica, menor reserva o selección de ingreso.
La decisión de ingreso a UCI debe migrar desde una predicción basada solo en fisiología aguda hacia una valoración funcional. La fragilidad, la sarcopenia, el estado cognitivo, la capacidad de recuperación y los deseos del paciente deben formar parte de la decisión. La toma de decisiones compartida es esencial, pero requiere honestidad: muchas familias no comprenden lo que implica ventilación mecánica, vasopresores, delirium, inmovilidad, traqueostomía, dependencia posterior o síndrome post-UCI.
Rehabilitación y medicina respiratoria
La guía ATS sobre rehabilitación respiratoria y fragilidad ofrece una idea aplicable a UCI: la fragilidad no debe limitar el acceso a rehabilitación; debe activar una valoración integral y soporte adaptado. Describe además la “paradoja de la rehabilitación en fragilidad”: quienes más podrían beneficiarse son también quienes tienen más dificultad para iniciar o completar programas.
Para Medicina Respiratoria, esto se traduce en intervenciones prudentes y progresivas: evaluación diaria del trabajo respiratorio, fuerza tusígena, secreciones, tolerancia a posición sentada, movilización temprana, entrenamiento ventilatorio, prevención de atelectasias, ajuste cuidadoso de oxígeno, vigilancia de fatiga y apoyo al destete. En un centenario, cada intervención debe medir beneficio y carga. Una aspiración, una mascarilla de VNI, una movilización o una nebulización pueden ser clínicamente necesarias, pero deben aplicarse con delicadeza, explicación y vigilancia estrecha.
Implicaciones para el equipo
Las guías perioperatorias de fragilidad identifican recomendaciones sólidas: valoración preoperatoria de fragilidad, uso de instrumentos multidimensionales, reducción de catéter urinario y cuidado multidisciplinario con comunicación continua. Aunque su foco es perioperatorio, el principio se extiende a la UCI: el paciente frágil requiere coordinación diaria, no decisiones aisladas.
El equipo respiratorio debe participar en esa coordinación. Su mirada no se limita al ventilador; incluye mecánica respiratoria, secreciones, fuerza, tolerancia al esfuerzo, delirium, comunicación con familia, riesgo de aspiración, posibilidad de destete y rehabilitación temprana.
Conclusión
El centenario en UCI exige una medicina técnicamente competente, pero también contenida, proporcional y funcional. El objetivo no es prolongar tratamientos sin dirección ni retirar oportunidades por edad. El objetivo es identificar fragilidad, estimar posibilidad de recuperación, proteger la función, evitar daño iatrogénico y alinear la terapia con metas realistas. En esa tarea, Medicina Respiratoria tiene una responsabilidad mayor: cuidar la respiración de un paciente cuya reserva es mínima y cuya fragilidad obliga a una excelencia clínica más fina, más humana y prudente.
Van Oppen, J.D., Bloom, B. & Conroy, S. Geriatric critical care assessment: key considerations. Eur Geriatr Med (2026)
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