¿COMO CRECER?

Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.
El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.
Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.
La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una fresia, floreciendo y más fresca que nunca.
El rey preguntó:
¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?
No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresias. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: “Intentaré ser Fresia de la mejor manera que pueda”.
Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a vos mismo.
No hay posibilidad de que seas otra persona.
Puedes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por ti, o puedes marchitarte en tu propia condena…
26 CUENTOS PARA PENSAR, Jorge Bucay
Florecer en el lugar donde se cuida la respiración
Durante muchos años he visto llegar a los hospitales a jóvenes terapeutas respiratorios con el uniforme impecable, los conocimientos todavía recientes y una mezcla de entusiasmo e incertidumbre en la mirada. Algunos entran convencidos de haber encontrado su vocación. Otros llegan porque la vida los condujo hacia una profesión que apenas comienzan a comprender.
Al principio suelen observar a quienes trabajan a su alrededor. Admiran la seguridad del intensivista cuando toma una decisión difícil, la experiencia de la enfermera que reconoce un deterioro antes de que aparezca en el monitor, la precisión del ingeniero que resuelve una falla en el equipo o la capacidad del fisioterapeuta para devolver movimiento a un paciente debilitado. Esa admiración es saludable. El problema comienza cuando se transforma en comparación y la comparación termina por hacerles creer que su propio trabajo vale menos.
He escuchado a terapeutas decir que quisieran tener mayor autoridad, más reconocimiento, mejores oportunidades o una profesión distinta. Algunos piensan que sólo crecerán cuando puedan parecerse a otro integrante del equipo. Mientras persiguen esa imagen ajena, dejan de reconocer aquello que ya tienen entre las manos.
El terapeuta respiratorio ocupa un lugar singular dentro del hospital. Permanece junto al paciente cuando respirar deja de ser un acto automático y se convierte en una lucha. Observa el movimiento del tórax, escucha el paso del aire, interpreta la gasometría, revisa las curvas del ventilador y reconoce los pequeños cambios que anuncian un problema. Ajusta una interfaz que lastima, enseña a utilizar un inhalador, acompaña una extubación, moviliza secreciones, prepara equipos y ayuda a recuperar una función que muchas personas sólo valoran cuando comienzan a perderla.
Recuerdo a un joven terapeuta que se sentía poco importante porque durante sus primeras semanas su trabajo parecía limitarse a revisar dispositivos y administrar tratamientos. Una noche ingresó un paciente con insuficiencia respiratoria grave. Mientras todos atendían diferentes aspectos de la urgencia, él notó que la expansión torácica era desigual y que la presión del ventilador comenzaba a elevarse. No levantó la voz para demostrar lo que sabía. Informó con claridad, verificó el circuito y ayudó a identificar una complicación que exigía intervención inmediata.
Aquella noche entendió algo que ningún diploma podía enseñarle por completo: su valor no estaba en parecerse al médico que dirigía el caso, sino en aportar una observación que sólo podía surgir de su preparación y de su cercanía con el paciente.
También conocí a una terapeuta que dominaba los equipos, pero evitaba hablar con las familias. Consideraba que su función terminaba en los parámetros y los dispositivos. Un día atendió durante varias horas a una mujer sometida a ventilación no invasiva. La paciente estaba consciente, angustiada y trataba de retirarse la mascarilla. La terapeuta ajustó la interfaz, corrigió las fugas y verificó el soporte, pero nada parecía suficiente. Finalmente se sentó a su lado, le explicó lo que estaba ocurriendo y permaneció unos minutos acompañando su respiración.
La tecnología comenzó a funcionar mejor cuando la paciente dejó de sentirse sola.
Desde entonces comprendió que la competencia profesional no consiste únicamente en saber qué hacer con una máquina. También exige reconocer a la persona que se encuentra detrás de ella.
Otro terapeuta deseaba abandonar el área clínica porque creía que no tenía las mismas habilidades que sus compañeros. No era el más rápido durante una emergencia ni quien mejor se desenvolvía frente a un grupo. Sin embargo, tenía paciencia para enseñar. Explicaba los procedimientos con claridad, ayudaba a los nuevos integrantes y encontraba la manera de convertir los errores en oportunidades de aprendizaje. Con el tiempo se transformó en instructor y después en tutor. Su contribución no consistió sólo en atender pacientes, sino en formar a quienes atenderían a cientos de ellos en el futuro.
No todos deben florecer de la misma manera.
Algunos encontrarán su lugar en la ventilación mecánica avanzada. Otros en pediatría, rehabilitación, aerosolterapia, función pulmonar, transporte, calidad, simulación, investigación, educación o liderazgo. La profesión necesita expertos clínicos, pero también requiere personas capaces de organizar servicios, medir resultados, construir protocolos y acompañar a quienes comienzan.
Crecer no significa acumular diplomas para llenar una pared. Tampoco consiste en esperar a que alguien otorgue reconocimiento. El verdadero crecimiento aparece cuando el conocimiento modifica la práctica, mejora una decisión y protege al paciente.
Un terapeuta crece cuando deja de limitarse a cumplir una indicación y comienza a comprender su fundamento. Crece cuando aprende a reconocer sus límites y solicita ayuda antes de que el orgullo se convierta en riesgo. Crece cuando estudia después de una jornada difícil, comparte lo aprendido y acepta que una profesión sanitaria nunca termina de enseñarse.
La identidad profesional tampoco debe convertirse en aislamiento. El roble no necesita parecerse a la vid, pero ambos forman parte del mismo jardín. En el hospital, ninguna disciplina puede resolver por sí sola la complejidad de la enfermedad. La madurez no consiste en competir con médicos, enfermeras, fisioterapeutas o ingenieros. Consiste en llegar a la mesa del equipo con una contribución clara, conocimientos sólidos y respeto por el trabajo de los demás.
Hay quienes confunden identidad con conformismo. Piensan que aceptar lo que uno es significa renunciar a aspiraciones mayores. No es así. Una planta sana no permanece pequeña por obediencia; desarrolla sus raíces, busca la luz y ocupa el espacio que necesita para crecer.
El Terapeuta Respiratorio debe aspirar a mejores condiciones, mayor reconocimiento, formación universitaria, especialización, investigación y participación en las decisiones. Pero esa lucha será más fuerte cuando nazca de una identidad construida y no de la necesidad de imitar a otra profesión.
Con los años, uno aprende que el hospital también es un jardín difícil. Hay turnos agotadores, servicios donde falta personal, equipos que fallan y momentos en que el esfuerzo parece invisible. No siempre habrá palabras de agradecimiento. En ocasiones, nadie recordará quién detectó el cambio, quién ajustó el soporte o quién permaneció junto al paciente durante la noche.
Eso no vuelve insignificante el trabajo.
Cada respiración recuperada, cada complicación evitada y cada joven formado permanece de alguna manera en la vida de otras personas. Ésa es una forma profunda de trascendencia profesional.
A quienes comienzan les diría que observen a los grandes profesionales, aprendan de ellos y acepten su guía. Pero que no desperdicien la vida tratando de convertirse en una copia. La Medicina Respiratoria necesita personas capaces de desarrollar plenamente aquello que pueden aportar.
Sean rigurosos con el conocimiento, generosos al enseñar y humildes ante la enfermedad. Defiendan su profesión con preparación y no sólo con discursos. Ayuden al paciente, cuiden al equipo y recuerden que también deben cuidar de ustedes mismos.
Cada terapeuta tiene una manera distinta de florecer. Lo importante es que, cuando llegue el momento de mirar el camino recorrido, pueda reconocer que su trabajo tuvo raíz, propósito y servicio.
En un hospital lleno de profesiones indispensables, la Terapia Respiratoria no necesita parecerse a ninguna otra para justificar su existencia.
Necesita convertirse, cada día, en la mejor expresión de sí misma.