Leyendas de Pasión y de Vida: La importancia de un Psicólogo en el equipo
Considero muy importante la presencia de un Psicólogo Clínico dentro de equipo de Medicina Respiratoria, que tenga experiencia en trabajo hospitalario, es por ello que este aporte será una justificación algo larga.
Respirar juntos
Historia ficticia sobre amor a largo plazo y vocación en Terapia Respiratoria:
Cuando el monitor marcó 02:17, Elena ya sabía lo que venía. No por adivinación, sino por años de mirar el cuerpo humano como se mira el mar: leyendo corrientes, cambios sutiles, señales que para otros son ruido. El ventilador comenzó a cantar una alarma breve; la curva de presión dibujó una montaña demasiado empinada; la saturación bajó dos puntos y, en ese descenso pequeño, Elena sintió el peso de mil noches parecidas.
Daniel entró al cubículo sin prisa, pero con esa velocidad que solo se aprende trabajando en equipo: la que no atropella. Se colocó a su izquierda, miró la pantalla, miró el tórax, miró a Elena. No era una pregunta; era un acuerdo silencioso. Ella aspiró secreciones con técnica precisa. Él ajustó la interfase, revisó el circuito, ventiló con calma. En menos de un minuto, la alarma se calló. El paciente volvió a un ritmo respiratorio más honesto, menos desesperado.
—Gracias —dijo Elena, en voz baja.
Daniel sonrió apenas. Sus ojos decían algo que llevaba décadas repitiendo con pequeñas variaciones: “No me agradezcas lo que es nuestro”.
Así habían vivido: sumando respiraciones ajenas a su propia historia. Y, sin embargo, nadie podría decir que su matrimonio había sido “fácil”. Había sido, más bien, duradero. Que es distinto.
Se conocieron cuando ambos eran jóvenes terapeutas respiratorios. Ella era puntual hasta la obstinación; él, creativo hasta la exasperación. Elena creía que el orden era una forma de respeto. Daniel pensaba que la vida no cabe en un checklist. En las primeras semanas discutieron por cosas pequeñas: el tono al hablar con una enfermera, el minuto exacto de una ronda, la forma de escribir una nota. Agua y aceite, decían los colegas, con una sonrisa.
Lo que nadie vio, al inicio, fue su talento para reparar. Porque discutir no era el problema; el problema era herirse sin querer y no saber volver. Elena, criada en una casa donde el conflicto se escondía, aprendió a decir “me dolió” en lugar de callar. Daniel, que había aprendido a bromear para no sentir, aprendió a pedir perdón sin convertirlo en espectáculo.
Hubo un punto de inflexión: una conversación difícil, después de una guardia en la que un paciente empeoró rápido. Elena se culpaba por no haber escalado antes; Daniel se culpaba por haber confiado en una mejoría que no llegó. Esa noche no se atacaron. Se escucharon. Y, como suele pasar con las parejas que duran, hicieron algo radicalmente sencillo: buscaron ayuda. Terapia de pareja. No para “salvar” un matrimonio roto, sino para aprender el idioma del otro sin traducirlo con rabia.
Con el tiempo entendieron una verdad práctica: cuando trabajaban juntos, eran más fuertes. No solo en la UCI. También en la vida.
Construyeron proyectos como quien construye una casa: de a poco, con manos cansadas y una visión compartida. Un programa de educación para inhaladores que redujo reingresos. Un protocolo de destete que ordenó el caos sin matar la clínica. Una ruta perioperatoria respiratoria que prevenía complicaciones con lo que parece obvio, pero requiere disciplina: movilización temprana, higiene bronquial indicada, titulación de oxígeno con criterio, comunicación constante con anestesia y enfermería.
Los veías discutir en las juntas: Elena defendiendo la seguridad como una frontera; Daniel empujando la innovación como una puerta. Y luego, al final, se veían mirándose con un respeto que no necesitaba aplausos. Habían aprendido a pelear sin destruirse, y a construir sin competir.
El dolor también los visitó, como visita a todas las historias humanas. No fue una tragedia cinematográfica; fue la suma de pérdidas pequeñas y grandes: un mentor que murió demasiado pronto, un paciente joven que no pudo volver a casa, una etapa en la que Daniel tuvo que cuidar a su padre y Elena cargó con el trabajo y con el miedo. La fatiga los rozó. La desesperanza quiso instalarse.
Una noche, cuando las cuentas no cerraban y el cansancio era un animal dentro del pecho, Elena encontró en la secadora unos calcetines tibios. Daniel los había metido ahí antes de irse a una guardia. No dijo nada. No era un gesto grandioso. Era una forma de romance: el cuidado cotidiano.
—El matrimonio —dijo Daniel una vez, medio en broma, medio en serio— es una empresa. Con amor, sí. Pero también con logística, acuerdos y amabilidad.
Elena rio, y luego añadió:
—Y con integridad. Sobre todo, en público. No humillar al otro, no exponerlo, no usarlo como escalón.
El humor fue su brújula. Cuando algo iba mal, uno de los dos encontraba una frase para bajar la tensión sin negar la realidad. “Respira”, decía Elena, y no era metáfora: ponía la mano en el hombro de Daniel, como quien regula una ventilación agitada. “Respiramos juntos”, respondía él. Y volvían al centro.
También adoptaron una regla simple: terminar el día con paz. No siempre con felicidad, porque la felicidad no se fabrica. Pero sí con paz. Decirse buenas noches. A veces con un beso. A veces con la frente apoyada en silencio. A veces desde dos camas distintas, porque el cuerpo duele con los años. Pero siempre con ese cierre mínimo que protege la vida en común.
En su aniversario cuarenta y tantos —ya no contaban exacto, porque habían decidido celebrar el camino más que el número—, Daniel encontró una carta antigua de Elena, escrita cuando ambos eran novatos. “No sé si tú eres mi persona”, decía la carta, “pero cuando estoy contigo quiero ser mejor: más paciente, más valiente, más íntegra”. Daniel la leyó dos veces. Luego la guardó en el bolsillo de la filipina, como se guarda una buena recomendación clínica: cerca, por si un día el mundo se complica.
Con el tiempo, se volvieron referencia para los más jóvenes. No por ser perfectos, sino por ser consistentes. En los pasillos del hospital, alguien siempre los buscaba para preguntar: ¿cómo se aguanta una guardia difícil? ¿Cómo se aprende un nuevo dispositivo sin miedo? ¿Cómo se sostiene una relación cuando la vida se vuelve turnos, alarmas, cansancio?
Elena respondía con serenidad:
—No se trata de no discutir. Se trata de aprender a atravesar la discusión sin perder el respeto.
Daniel añadía, con esa mirada de quien ha visto lo esencial:
—Y de trabajar juntos. No solo en el hospital. En la vida. Cuando empujan para el mismo lado, el amor se vuelve más fuerte.
Una tarde, al final de un curso de inducción, les pidieron una frase para cerrar. Elena miró a los nuevos terapeutas: jóvenes, inteligentes, con esa mezcla de hambre y miedo que marca el inicio.
—Esta profesión está cambiando —dijo—. Habrá tecnología más avanzada, habrá algoritmos, habrá máquinas que hagan cosas increíbles. Pero lo que nunca debe quedarse atrás es lo humano: el juicio, el cuidado, la ética, la capacidad de acompañar.
Daniel tomó la mano de Elena con naturalidad, como quien ajusta un parámetro sin llamar la atención.
—Y no caminen solos —dijo—. Ni en la clínica ni en el amor. El futuro se recorre mejor en equipo.
Cuando volvieron a casa esa noche, cansados y satisfechos, Elena dejó sobre la mesa dos tazas de té. Daniel apagó las luces. En la ventana, la ciudad respiraba. En su sala, un silencio cálido los abrazó.
—Buenas noches —dijo él.
—Buenas noches —respondió ella.
Y, como tantas veces, la vida siguió. No perfecta. No fácil. Pero verdadera. Y sostenida, respiración tras respiración, por dos personas que entendieron algo sencillo: amar es, también, aprender a cuidar.
La presencia de un psicólogo especializado en entornos de salud (clínico o de la salud) dentro de un equipo de terapia respiratoria en unidades de cuidados intensivos (UCI) no es un lujo, sino una necesidad estratégica.
En áreas críticas, el terapeuta respiratorio es quien “mantiene el aliento” del paciente. Cuando ese aliento se apaga, el impacto emocional es profundo, especialmente en profesionales jóvenes que aún están construyendo sus mecanismos de defensa.
POR QUÉ EL ROL DEL PSICÓLOGO ES FUNDAMENTAL:
1. Gestión del Trauma Secundario y Duelo
Los terapeutas jóvenes suelen experimentar lo que se llama Trauma Secundario. Al estar presentes en maniobras de reanimación y ver el sufrimiento de las familias, absorben el impacto emocional de la tragedia.
• El Psicólogo: Ayuda a procesar el duelo no resuelto. Sin este apoyo, el terapeuta puede empezar a ver la muerte como un “fracaso personal” en lugar de un proceso clínico, lo que erosiona su autoestima profesional.
2. Prevención del Burnout y Fatiga por Compasión
El Burnout (agotamiento extremo) y la Fatiga por Compasión (el costo emocional de cuidar a otros) son crónicos en áreas críticas.
• El Psicólogo: Provee herramientas de regulación emocional para que el terapeuta pueda conectar con el paciente sin “quemarse”. Enseña a establecer límites saludables entre la vida personal y la hospitalaria.
3. Sesiones de “Debriefing” tras Crisis
Cuando se pierde una vida en una situación estresante, el equipo suele pasar de inmediato al siguiente paciente sin detenerse a procesar lo ocurrido.
• El Psicólogo: Facilita espacios de desahogo después de eventos críticos. Esto permite que el equipo valide sus emociones, hable de lo que se hizo bien y descargue la tensión acumulada, evitando que el estrés se vuelva postraumático.
4. Fortalecimiento de la Resiliencia en Jóvenes
Un terapeuta con poca experiencia puede sentirse abrumado por la jerarquía médica y la presión de tomar decisiones en segundos.
• El Psicólogo: Actúa como un mentor emocional. Ayuda a desarrollar la resiliencia, que no es “aguantar”, sino aprender a recuperarse de la adversidad y salir fortalecido de cada turno difícil.
Beneficios para el Equipo de Trabajo
Beneficio Descripción
Reducción de Rotación Los terapeutas que se sienten cuidados emocionalmente renuncian menos.
Mejor Clima Laboral Menos tensión acumulada se traduce en menos conflictos entre colegas.
Seguridad del Paciente Un terapeuta mentalmente despejado comete menos errores técnicos bajo presión.
Humanización del Cuidado Evita que el profesional se “deshumanice” o se vuelva indiferente como mecanismo de defensa.
Nota: En áreas donde se lucha por la vida, el psicólogo no solo cuida la mente del terapeuta, sino que protege el propósito de su carrera. Un terapeuta joven que se siente apoyado será un profesional veterano más empático y eficiente.
Guía de “Primeros Auxilios Psicológicos” (PAP) para el equipo de Terapia Respiratoria:
Protocolo de Apoyo entre Pares: “Respirar después de la Crisis”
Este protocolo está diseñado para ser aplicado entre compañeros (peer-to-peer). No busca reemplazar la terapia profesional, sino ofrecer un “soporte vital” emocional inmediato para evitar que el impacto de un turno traumático se convierta en una herida crónica.
1. El Momento del “Check-In” (Los primeros 10 minutos)
Inmediatamente después de un evento crítico (un código fallido o una pérdida), el equipo debe intentar hacer una pausa antes de saltar al siguiente paciente.
• Acción: Mirarse a los ojos y preguntar directamente: “¿Cómo estás tú ahora mismo?”.
• Regla de Oro: En este momento no se analiza la técnica médica. No es momento de preguntar “¿por qué falló el ventilador?”. Es momento de validar la persona, no al técnico.
2. Descompresión Sensorial (Bajar el Cortisol)
El estrés de las áreas críticas activa el sistema de “lucha o huida”. Hay que forzar al cuerpo a salir de ese estado.
• Técnica de Anclaje (5-4-3-2-1): Si un compañero está visiblemente sobrepasado, ayúdalo a nombrar:
o 5 cosas que vea.
o 4 cosas que pueda tocar.
o 3 sonidos que escuche.
o 2 olores.
o 1 sabor o sensación física.
• Respiración Táctica: Realizar juntos 3 ciclos de respiración cuadrada (inhala 4s, mantén 4s, exhala 4s, mantén 4s).
Fuente: Shutterstock
3. Escucha Validante (Sin consejos no pedidos)
A veces, el terapeuta joven solo necesita “sacar” el horror de lo que acaba de ver.
• Frases de apoyo: “Es normal que te sientas así, fue una situación muy compleja”, “Estoy aquí contigo”, o simplemente el silencio compartido.
• Evitar: “No te preocupes, ya te acostumbrarás” o “Hiciste lo que pudiste, olvídalo”. Estas frases invalidan el dolor.
4. El Ritual de “Cierre de Turno”
Es vital que el terapeuta no se lleve el hospital a casa.
• Lavado simbólico: Al terminar el turno, invítense a lavarse las manos o la cara con agua fría con la intención consciente de “dejar la carga del día en el hospital”.
• Cambio de ropa: Quitarse el uniforme de áreas críticas debe verse como un cambio de identidad: de “salvador” a “persona que descansa”.
5. Identificación de “Banderas Rojas”
Como compañeros, deben vigilarse mutuamente en los días siguientes. Si un colega joven presenta lo siguiente, es momento de escalar a apoyo psicológico profesional:
Señal de Alerta Comportamiento observado
Aislamiento Deja de almorzar con el equipo o está inusualmente callado.
Cinismo extremo Empieza a hablar de los pacientes como “objetos” de forma agresiva.
Hipervigilancia Tiene miedo excesivo a entrar a ciertos cubículos o tocar ciertos equipos.
Consumo de sustancias Aumento notable en el uso de alcohol o automedicación para dormir.
Recomendación para el equipo:
Creen un “Cesto de Historias” o un grupo de apoyo mensual liderado por el psicólogo del equipo donde puedan hablar de los pacientes que “se quedaron con ellos”.
Tarjeta de Bolsillo de Soporte Vital Emocional. Está pensada para tener el tamaño de una credencial estándar (8.5 cm x 5.5 cm) para que los terapeutas puedan llevarla detrás de su identificación o en el bolsillo del uniforme.
Lado A: Respuesta Inmediata (Crisis)
Para usar justo después de un evento crítico o pérdida.
SOPORTE VITAL EMOCIONAL
1. PAUSA TÁCTICA (30 segundos)
• Detente. No saltes al siguiente paciente de inmediato si es posible.
• Respiración de Cuadro: Inhala (4s) – Mantén (4s) – Exhala (4s) – Mantén (4s).
2. CONEXIÓN CON EL PAR (Check-in)
• Mira a tu compañero y pregunta: “¿Cómo estás tú ahora mismo?”.
• Escucha sin juzgar. No es momento de analizar errores técnicos, es momento de validar la emoción.
3. ANCLAJE SENSORIAL (Si hay pánico)
• Nombra: 3 cosas que ves, 2 sonidos que escuchas, 1 sensación física (el roce de tu uniforme, el frío del agua).
Lado B: Cierre y Autocuidado
Para usar al terminar el turno.
DEJAR LA CARGA EN EL HOSPITAL
4. RITUAL DE CIERRE
• Lavado Consciente: Al lavar tus manos, visualiza que el estrés del turno se va por el drenaje.
• Cambio de Identidad: Al quitarte el uniforme, deja atrás el rol de “salvador”. Ahora eres una persona que necesita descanso.
5. BANDERAS ROJAS (Busca al Psicólogo si…):
No puedes dormir pensando en un paciente específico.
Sientes irritabilidad constante o indiferencia (anhedonia).
Evitas entrar a ciertas áreas del hospital por miedo.
Sientes que “no hiciste lo suficiente” de forma persistente.
“Cuidar de los que respiran también requiere que tú respires.”
