Historia, ficticia pero inspirada en el espíritu del texto del New England Journal of Medicine (“Oscar the Cat” www.nejm.org on July 30, 2007, Service Animals in Health Care Settings JAMA May 9, 2024), adaptada al entorno hospitalario, a la terapia respiratoria y a la relación profunda entre paciente, animal de compañía y equipo de salud.
Luna también sabía cuándo quedarse
Luna era una perrita pequeña, de pelaje canela y ojos atentos, de esas que parecen entender más de lo que jamás podrían decir. Llegó al hospital envuelta en una manta azul el mismo día que su dueña, Carmen, ingresó por una reagudización más de su enfermedad pulmonar crónica. Nadie imaginó entonces que ese ingreso se prolongaría durante meses… ni que Luna se convertiría en parte silenciosa del equipo.
Al principio, Luna esperaba inquieta en la cama, observando cada monitor, cada tubo, cada rostro nuevo. Pronto aprendió los ritmos del hospital: cuándo llegaban las terapias, cuándo sonaban las alarmas, cuándo el cansancio vencía a su dueña. Se acomodaba siempre a su lado, apoyando la cabeza sobre el brazo inmóvil de Carmen, como si su respiración pudiera prestarle algo de aire.
Los terapeutas respiratorios fueron los primeros en notar que Luna sabía. Sabía cuándo Carmen estaba más fatigada, cuándo la disnea era peor, cuándo el ánimo se venía abajo. En esos momentos, Luna no se movía. No pedía caricias. Solo estaba ahí.
Con el paso de las semanas, la perrita dejó de ser “la mascota de la paciente” para convertirse en Luna, a secas. Saludaba con la cola a los terapeutas al entrar, se acomodaba sin protestar durante las sesiones, y parecía reconocer el sonido del equipo de oxígeno portátil. A veces, mientras ajustaban parámetros o evaluaban la respiración de Carmen, alguno de ellos le hablaba en voz baja, como se habla a quien guarda un secreto importante.
Carmen empeoró lentamente, con esa progresión silenciosa que no sorprende, pero duele igual. Llegó el día en que la decisión fue clara: ya no habría más intervenciones invasivas. Solo confort. Solo presencia.
Esa tarde, cuando retiraron el soporte y la habitación se llenó de una calma distinta, Luna subió a la cama sin que nadie se lo indicara. Se acomodó contra el pecho de su dueña, justo donde el movimiento respiratorio era apenas perceptible. No ladró. No se inquietó. Permaneció inmóvil, vigilante, como si hubiera ensayado ese momento durante meses.
Los terapeutas respiratorios se quedaron también. No porque hiciera falta su conocimiento técnico, sino porque hacía falta su humanidad. Rodearon la cama en silencio respetuoso. Algunos habían acompañado a Carmen durante turnos completos; otros apenas la conocían, pero todos comprendían que ese instante era sagrado.
Luna levantó la cabeza una vez, miró alrededor, y luego volvió a apoyar el hocico. Carmen exhaló por última vez sin lucha. No hubo urgencia, ni alarmas, ni prisas. Solo manos cercanas, respiraciones contenidas y una perrita que no se movió hasta estar segura de que ya no había nada más que cuidar.
Después, cuando todo terminó, Luna bajó sola de la cama y se acercó a los terapeutas. Uno de ellos se agachó y la acarició en silencio. No hacían falta palabras.
Trabajar en terapia respiratoria significa convivir a diario con la fragilidad humana. Ajustamos equipos, interpretamos números, intervenimos en momentos críticos. Pero hay instantes —como aquel— en los que entendemos que lo más valioso que ofrecemos no se aprende en libros ni protocolos.
La parte humana del terapeuta —la capacidad de quedarse, de acompañar, de sostener sin hacer— es lo que da sentido a todo lo demás.
Y a veces, una pequeña perrita nos recuerda que estar presentes, de verdad, es la forma más profunda de cuidar.
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En hospital y rehabilitación en casa — guía práctica para terapeutas respiratorios
Los animales pueden aportar apoyo funcional y emocional relevante para pacientes respiratorios, pero es clave distinguir qué tipo de animal es y qué derechos/limitaciones existen en el entorno hospitalario. La evidencia y los marcos regulatorios apuntan a que los animales de asistencia (service animals) pueden mejorar seguridad, participación en actividades y calidad de vida del usuario; mientras que animales de terapia pueden brindar confort a múltiples pacientes dentro de programas organizados, y los animales de apoyo emocional suelen tener un rol más domiciliario, con reglas diferentes.
1) Por qué importa en respiratorio
En pacientes con EPOC, asma, fibrosis, post-COVID, neuromuscular o en cuidados paliativos, el vínculo con un animal puede ayudar a:
• Disminuir ansiedad y disnea percibida (menos pánico, mejor tolerancia a mascarillas/NIV y procedimientos).
• Favorecer adherencia a rehabilitación: caminatas, ejercicios respiratorios, rutinas (el animal “invita” a moverse).
• Mejorar socialización y motivación, especialmente en crónicos con aislamiento.
• Sostén emocional en hospitalizaciones prolongadas y final de vida (acompañamiento significativo).
Además, en el caso de service animals, el animal no es “mascota”: es una extensión funcional del paciente y debe poder acompañarlo en áreas permitidas.
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2) Hospital: qué se permite y cómo manejarlo sin conflictos
Diferencias esenciales (para evitar confusión)
• Animal de servicio (service animal): generalmente perro entrenado para tareas específicas relacionadas con una discapacidad; bajo ADA en EE. UU. debe permitirse en espacios públicos del hospital, con excepciones por entorno estéril/infección.
• Animal de apoyo emocional: puede ser cualquier especie, sin entrenamiento específico; su reconocimiento es distinto (p. ej., vivienda) y no equivale a “service animal”.
• Animal de terapia: participa en intervenciones/actividades asistidas por animales, usualmente con registro/certificación por organizaciones; el acceso en hospitales es por política interna, no derecho federal.
Lo que el personal puede preguntar (si no es obvio)
Si el rol no es evidente, la regla práctica (modelo ADA) es que solo se permite preguntar dos cosas:
1. Si es un animal de servicio requerido por una discapacidad, y
2. Qué tarea está entrenado para realizar.
No se debe pedir documentación médica ni “credenciales” del perro.
Cuando se puede retirar (seguridad clínica)
Si el animal está fuera de control o no está entrenado para higiene, la institución puede pedir que se retire; y debe ofrecerse atención al paciente sin el animal.
Infección y áreas restringidas
Los hospitales pueden excluir animales de áreas donde la presencia comprometa un entorno estéril o por medidas de control de infecciones (p. ej., quirófano, unidades específicas).
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3) Consejos útiles para terapeutas respiratorios (prácticos y aplicables)
A) Antes de intervenir (chequeo rápido)
1. Identifica tipo de animal (servicio / terapia / apoyo emocional).
2. Confirma que el animal esté bajo control del manejador (correa/arnés/comandos).
3. Evalúa riesgos inmediatos: alergias severas cercanas, aislamiento por transmisión, paciente inmunocomprometido, procedimientos aerosolizantes.
B) Durante terapia respiratoria (UCI, piso, urgencias)
• Pide al manejador que el animal permanezca en un lugar fijo (a los pies de la cama o silla) para evitar tropiezos con circuitos, O₂, humidificadores, bombas.
• En nebulizaciones/aerosoles o aspiración: prioriza seguridad → el animal fuera de la zona inmediata si hay dispersión o agitación.
• En NIV/CPAP: si el paciente se tranquiliza con el animal, úsalo como apoyo conductual (“respira conmigo”, “mano aquí”, “mira a tu compañero”).
C) Rehabilitación respiratoria (hospital o casa)
• Convertir al animal en “aliado de rutina”:
o caminata corta + pausa + control de disnea (escala Borg),
o ejercicios de respiración diafragmática “antes y después” del paseo,
o uso de oxígeno portátil con checklist de seguridad.
• Para pacientes con ansiedad: entrenar “señales” (sentarse y acariciar 30–60 s) como “técnica de conexión a tierra” (efectivas para recuperar el control emocional) antes de crisis de disnea.
D) Cuando hay conflicto por “acceso”
• Evita confrontar: remite a política institucional y diferenciar categorías.
• Si es un animal de terapia, recuerda que el acceso es por decisión del hospital y protocolos del programa.
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4) Recomendación institucional (para hospitales)
Si quieren implementar o formalizar el tema, lo más útil es contar con:
• Política clara de service animals vs therapy animals vs emotional support (definiciones, áreas permitidas, control de infecciones).
• Reglas operativas: higiene, vacunación/parasitosis en programas de terapia animal (coordinación con veterinarios y organizaciones).
• Capacitación corta a clínicos (porque incluso en encuestas muchos no están familiarizados con políticas).
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Cierre: lo afectivo también cura
En medicina respiratoria tratamos bronquios, intercambio gaseoso y mecánica ventilatoria… pero convivimos a diario con miedo, fragilidad y duelo. La relación humana–animal puede ser un puente: reduce soledad, sostiene esperanza, mejora adherencia y devuelve propósito. A veces, como en la historia de la perrita y su dueña, el mayor “tratamiento” en el último tramo no es un dispositivo: es la presencia amorosa que acompaña sin condiciones. Esa conexión también es parte de la sanación—y recordarlo hace a los terapeutas más fuertes, más humanos y más completos.
