Cuando llegan nuevos terapeutas les pido que pasen conmigo, para una entrevista, pero en realidad es para conversar con ellos, aprender de ellos, y una pregunta obligada es que los motivo a estudiar esta profesión, cuales son sus sueños, cómo se ven en el futuro, y otras cosas más, me tardo a veces mas de una hora, esto aprendí cuando era titular de anestesia y tenía que seleccionar a los residentes, saben, a mi edad eso lo disfrutaba mas que las horas que pasaba dando conferencias o dando anestesias, ver los sueños que tiene nuestra juventud era un alimento para mi sentimiento que mas me da satisfacción el de ser profesor. Esta es una historia verdadera, me toco el año anterior, lo he cambiado algo para seguir esa senda de Leyendas de Pasión, y es un regalo a Uds. por esta fecha:
La noche del 5 de enero tiene una magia distinta. No es solo el silencio que cae temprano, ni el crujir de las cobijas cuando el frío se cuela por las rendijas. Es algo más antiguo, más íntimo: la esperanza. Esa esperanza que en casa se mide en zapatos junto a la puerta, en cartas dobladas con letra temblorosa, en una ilusión que cabe completa en el pecho de un niño.
Laura también creyó esa noche.
No vivía en un lugar donde la infancia fuera larga. Su infancia era corta y apretada, como una respiración cuando falta el aire. Laura vivía con su mamá y con su abuelita. Su mamá salía temprano a trabajar, y Laura se quedaba en casa como si fuera pequeña, pero no tanto; como si fuera niña, pero ya supiera demasiado. Se quedaba para cuidar a su abuelita, que la quería con una ternura antigua, de esas que se expresan con un plato caliente y una silla arrimada cerca para que no te sientas solo.
La abuelita cocinó toda la vida con leña. La leña le dio de comer a muchos… y también le robó aire a ella. Con el tiempo, el humo se le quedó pegado en los pulmones como un recuerdo oscuro: tos que no se iba, resuellos, cansancio, noches en las que respirar era un trabajo.
Para Laura, el mundo era eso: las horas de escuela y el regreso a casa con la abuelita, como dos islas en el día. Entre ambas, un puente invisible hecho de espera. Espera a que su mamá regresara. Espera a que la abuelita dejara de toser. Espera a que el pecho de su abuelita sonara menos como papel arrugado.
Y entonces ocurrió.
Un día la abuelita se agravó. No fue una tos cualquiera. Fue esa mirada en la que el cuerpo pide ayuda sin palabras. Fue la forma en que se llevó la mano al pecho. Fue el sonido, mínimo y desesperado, de alguien intentando atrapar aire como si se le escapara por todas partes.
Su mamá la llevó al hospital con prisa y con miedo. Laura se quedó con familiares, y por primera vez sintió que el hogar, sin la abuelita, era demasiado grande. Los días se estiraban como una cuerda tensa.
Hasta que un día la llevaron de visita.
Le dijeron que los niños no podían entrar. Laura asintió, como se asienten las cosas que se entienden pero no se aceptan. Y cuando nadie miraba, se escabulló. No lo hizo por rebeldía. Lo hizo por amor. Porque hay amores que no caben en reglas, ni en puertas cerradas, ni en “no se puede”.
La vio.
Su abuelita estaba en una cama con sueros colgando, y cerca de su cara había una máquina que sonaba, que respiraba por ella o con ella, como un animal metálico y paciente. La abuelita parecía dormida… pero no era un sueño tranquilo: era un sueño con lucha.
Laura sintió un golpe en el pecho, como si de pronto alguien le hubiera recordado que el aire no siempre está garantizado. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no entendía. Entendía el miedo, no la medicina. Entendía la ausencia, no los monitores. Entendía que su abuela estaba ahí… y que tal vez podría no volver.
No pudo quedarse. La sacaron. Y Laura se fue con las lágrimas mordidas, con una imagen que se le quedó tatuada en la memoria: el sonido de una máquina y el rostro de su abuelita buscando descanso.
Semanas después, la abuelita volvió a casa.
Pero no volvió igual.
La cama de la abuelita ya no era solo cama; era estación de batalla. Había un tanque verde a un lado. Del tanque salía un tubo hacia su nariz. Laura lo miraba como se mira algo sagrado: porque cuando el tubito estaba puesto, la abuelita parecía aliviarse, como si el mundo volviera a tener un ritmo respirable.
Solo que el tanque… se acababa.
Y cuando se acababa, la casa se convertía en una espera terrible. Laura aprendió esa angustia: mirar el tanque, sentir el tiempo, medir la vida en presión y en minutos. Esperar a que llegaran a cambiarlo. Escuchar la respiración de la abuelita y sentir, por dentro, que el aire era una cuerda y alguien la estaba soltando.
Laura soñaba despierta con una idea sencilla, enorme: debería existir un tanque que nunca se acabe.
Su mamá corría entre el trabajo y la casa. Corría con el cansancio de quien sostiene todo con las manos. Y Laura corría también, a su manera: acercando agua, acomodando almohadas, levantando el ánimo, aprendiendo a reconocer cuando la abuelita se cansaba con solo hablar.
Llegó fin de año y, contra todo pronóstico que el miedo inventa, la abuelita mejoró un poco. Lo suficiente para sentarse, para sonreír, para comer despacio. Pasaron juntas el cierre del año: tres mujeres sosteniendo un hogar con lo que tenían.
Y entonces llegó el 5 de enero.
Esa noche, Laura escribió su deseo.
No pidió muñecas. No pidió juguetes. No pidió lo que pedían otros niños. Laura pidió aire. Pidió que los Reyes Magos le trajeran un tanque de oxígeno que nunca se acabara, para que su abuelita no volviera a luchar contra el vacío.
Esa noche durmió con el corazón apretado y la esperanza encendida.
A la mañana siguiente, el 6, tocaron la puerta.
Alguien llegó diciendo que venía “de parte del hospital”. Laura sintió un brinco. Lo acompañó pegadita, observando cada movimiento como si fuera un ritual.
El hombre traía una caja. La abrió con calma. Sacó un equipo. Lo conectó a la corriente. Puso un vasito con agua. Hizo que todo empezara a funcionar con un sonido suave, distinto al de aquel monstruo metálico del hospital. Era un sonido que no asustaba. Era un sonido que parecía decir: aquí estoy.
Luego hizo algo que a Laura le heló la sangre: desconectó el tubo del tanque verde.
Laura sintió que el mundo se detenía. Su mente de niña se llenó de pánico. Quiso gritar. Quiso impedirlo. Quiso proteger a su abuelita del peligro que ella imaginaba.
—¿Por qué lo quita? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Quién es usted?
El hombre la miró y, sin prisa, le respondió con una serenidad que parecía entrenada para calmar tormentas:
—Soy terapeuta respiratorio.
Entonces le colocó a la abuelita un aparatito en el dedo. La pantalla mostró un número. El hombre se agachó para quedar a la altura de Laura.
—Mira —le dijo—. El oxígeno en su sangre está bien. Este aparato le da oxígeno… y no se va a acabar.
Laura no aguantó.
Se le rompió el pecho de golpe, como se rompen las cosas cuando por fin dejan de resistir. Empezó a llorar con todo el cuerpo. Lo abrazó. Lo abrazó como se abraza a alguien que llega justo cuando la esperanza estaba por apagarse.
—Usted no es un terapeuta —sollozó—. Usted es uno de los Reyes Magos.
El hombre se quedó inmóvil un segundo. Como si esa frase, sencilla y perfecta, le recordara por qué hacía lo que hacía.
Laura, entre lágrimas, siguió hablando:
—Yo soñé que vendría con un aparato para mi abuelita. Que le iba a dar aire. Que ya no íbamos a tener miedo cuando el tanque se acabara. Y aquí está… gracias… gracias…
El terapeuta respiratorio le dijo que volvería a revisarla, que estaría al pendiente, que no estaban solos. Y Laura empezó a esperarlo como se espera una visita buena: con una confianza nueva.
Con el tiempo, Laura aprendió algo que no se enseña en la escuela: que hay profesiones que no solo trabajan con herramientas; trabajan con vidas. Que hay manos que no solo ajustan equipos; ajustan destinos. Que hay gente que llega cuando una familia está al borde de romperse… y, sin hacer ruido, la vuelve a juntar.
Esa noche, Laura guardó un deseo nuevo en el lugar más profundo de su vocación:
“Mi próximo deseo será ser como él. Convertirme en terapeuta respiratorio. Para dar aire a quien se está apagando.”
Años después, Laura cruzó la puerta de su primer trabajo como terapeuta respiratoria. Llegó con nervios, con ganas, con la memoria intacta. Llegó con esa historia como un amuleto silencioso.
Y quizá nadie lo notó en su primer día… pero en algún punto, cuando tomó una cánula, cuando revisó un flujo, cuando calmó a una familia, cuando miró a un paciente con el respeto que se le tiene a quien está luchando, Laura volvió a ser aquella niña frente a la puerta, esperando un milagro.
Solo que ahora el milagro ya no llegaba desde el cielo.
Ahora el milagro llegaba con uniforme, con ciencia, con paciencia, con humanidad.
Y con la certeza de que, en el corazón de cada terapeuta respiratorio, hay algo de Reyes Magos:
no por magia, sino por vocación.
Porque donde falta el aire, ustedes llevan posibilidad.
Y a veces, eso es exactamente lo que una familia necesita para volver a creer.
Hoy tengo la suerte de que ella trabaja con nosotros….
