Leyendas de pasión… inspirada en la historia real de una terapeuta

Adaptada para esta sección:

Blanca y el arte de ayudar a respirar

Desde el primer día que cruzó las puertas del Conalep área de Terapia Respiratoria, Blanca lo dijo en voz baja, casi como un secreto que solo ella y Dios podían escuchar: “Voy a ser la mejor”. No por vanidad, sino por necesidad. Necesidad de demostrar que los sueños también pueden nacer en las esquinas de la ciudad, entre el olor a aceite caliente, tortillas recién hechas y el murmullo constante del tránsito de la Ciudad de México.

Durante años, Blanca estudió de día y trabajó por las tardes y noches ayudando a su familia en un pequeño puesto de alimentos. Sus manos, cansadas de servir y limpiar, se transformaban al caer la noche en manos de estudiante: cuadernos abiertos, libros subrayados, apuntes repetidos una y otra vez hasta que el cansancio vencía al cuerpo, pero nunca a la voluntad. Al día siguiente, siempre puntual. Siempre atenta. Siempre con esa mirada que absorbía cada palabra del maestro como si fuera aire.

Cuando llegaron las prácticas hospitalarias, algo se acomodó definitivamente dentro de ella. Entre monitores, oxígeno, pacientes vulnerables y silencios cargados de miedo, Blanca entendió que había elegido la profesión correcta. No era solo técnica. No era solo ciencia. Era humanidad.

Y entonces recordó…

Recordó aquel día, años atrás, cuando acompañó a su mamita a visitar en la basílica a la Virgen de Guadalupe. Entre rezos y veladoras, una viejita que estaba a su lado comenzó a toser con desesperación. La tos se volvió ahogo. El ahogo, caída. Blanca quedó paralizada, con el corazón golpeándole el pecho. Vio llegar personas vestidas de blanco, vio una mascarilla cubrir el rostro de la mujer, vio cómo el aire volvía, cómo la vida regresaba. Aquella escena se grabó para siempre en su memoria. Años después entendería que ese momento había sido una llamada.

Desde entonces, cada vez que colocaba una mascarilla a un paciente, Blanca sentía algo más. Sentía calma. Sentía guía. Como si una presencia silenciosa le indicara cómo ajustar, cómo hablar, cómo tocar. Aprendió que el contacto humano —una mano, una mirada, una palabra— podía ser tan terapéutico como el oxígeno mismo.

Destacó entre sus compañeros, no solo por sus calificaciones, sino por su manera de estar con los pacientes. Escucharlos. Respetarlos. Acompañarlos.

El día de su graduación, joven y radiante, llegó con su familia. Cuando el director tomó el micrófono y pronunció su nombre, el auditorio guardó silencio:

“Blanca es nuestra mejor alumna. Representa el ideal de esta escuela: vocación, disciplina y humanidad. Por ello, hoy le corresponde leer el Juramento Profesional del Terapeuta Respiratorio.”

Blanca respiró profundo. Pensó en su familia, en el puesto de la esquina, en las noches de estudio, en la viejita que volvió a respirar, en la Virgen, en los pacientes que vendrían. Y con voz firme, leyó:

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Juramento Profesional del Terapeuta Respiratorio

1. Al ser admitida como Terapeuta Respiratoria, me comprometo a dedicar mi vocación al servicio de la vida y la salud respiratoria de la humanidad.

2. Honraré y agradeceré a quienes me formaron, reconociendo su legado, su paciencia y sus enseñanzas.

3. Ejerceré mi profesión con ética, responsabilidad y compasión; el bienestar respiratorio del paciente será siempre mi prioridad.

4. Respetaré la confidencialidad de quienes depositen su confianza en mí, como un acto de dignidad y respeto humano.

5. Defenderé con integridad el honor y las nobles tradiciones de la Terapia Respiratoria; mis colegas serán aliados, nunca rivales.

6. No permitiré que prejuicios de religión, nacionalidad, raza, ideología o condición social interfieran entre mi deber y el paciente.

7. Tendré profundo respeto por la vida humana en todas sus etapas, reconociendo la dignidad única de cada ser.

8. Nunca utilizaré mis conocimientos para dañar, ni siquiera bajo presión, amenaza o conveniencia.

9. Rechazaré la competencia desleal y trabajaré en comunión con los equipos multidisciplinarios, respetando el quehacer de cada disciplina.

10. Hago este juramento con convicción, libertad y honor, sabiendo que mi labor puede marcar la diferencia entre respirar con dificultad y vivir con plenitud.

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Aplausos. Lágrimas. Orgullo.

Hoy, Blanca es más que una Terapeuta Respiratoria. Es el reflejo de que la vocación verdadera se forja en el esfuerzo silencioso, en la fe, en el contacto humano y en la certeza de que ayudar a respirar es, muchas veces, ayudar a vivir.

Porque en cada respiración que acompaña, Blanca honra no solo su profesión, sino la historia que la llevó hasta ahí.

Ahora ella, que algún día me conto su historia, trabaja no en mi hospital, pero sí con nosotros.

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Juramento Profesional del Terapeuta Respiratorio

Aplicación viva en la práctica diaria

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1. “Al ser admitida como Terapeuta Respiratoria, me comprometo a dedicar mi vocación al servicio de la vida y la salud respiratoria de la humanidad.”

En la práctica diaria, este compromiso se refleja en poner al paciente en el centro de cada decisión, incluso cuando el cansancio, la carga laboral o las limitaciones del sistema pesan. Significa revisar un equipo una vez más, confirmar un parámetro, ajustar una mascarilla con cuidado o explicar con paciencia un procedimiento. Servir a la vida no siempre es salvarla; muchas veces es aliviar el sufrimiento, facilitar la respiración y acompañar con dignidad.

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2. “Honraré y agradeceré a quienes me formaron, reconociendo su legado, su paciencia y sus enseñanzas.”

En el día a día, honrar a quienes nos formaron implica replicar buenas prácticas, transmitir conocimientos a los más jóvenes y reconocer que nadie llega solo a donde está. Se expresa al enseñar sin humillar, corregir sin destruir y recordar que un día también fuimos principiantes. Cada acto ético y cada paciente bien atendido es una forma silenciosa de agradecer a nuestros maestros.

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3. “Ejerceré mi profesión con ética, responsabilidad y compasión; el bienestar respiratorio del paciente será siempre mi prioridad.”

Esto se traduce en hacer lo correcto incluso cuando nadie observa: documentar con honestidad, reconocer errores, pedir ayuda a tiempo y no improvisar con la seguridad del paciente. La compasión se manifiesta al ver más allá de un diagnóstico o una gasometría, entendiendo que detrás hay una persona con miedo, dolor o esperanza.

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4. “Respetaré la confidencialidad de quienes depositen su confianza en mí, como un acto de dignidad y respeto humano.”

En la vida cotidiana, implica no comentar casos en pasillos, elevadores o redes sociales, proteger la información clínica y cuidar la intimidad del paciente durante procedimientos. La confidencialidad no es solo una norma legal, es un gesto de respeto profundo hacia quien se encuentra vulnerable.

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5. “Defenderé con integridad el honor y las nobles tradiciones de la Terapia Respiratoria; mis colegas serán aliados, nunca rivales.”

Este principio cobra vida cuando se apoya al compañero en momentos difíciles, se comparte conocimiento y se evita la competencia desleal. Defender la profesión es hablar con propiedad, actuar con profesionalismo y demostrar, con hechos, el valor del terapeuta respiratorio dentro del equipo de salud.

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6. “No permitiré que prejuicios de religión, nacionalidad, raza, ideología o condición social interfieran entre mi deber y el paciente.”

En la práctica diaria significa atender con la misma calidad al paciente desconocido que al familiar, al que agradece y al que está irritable, al que entiende y al que no. La respiración no distingue creencias ni estatus; el terapeuta tampoco debe hacerlo.

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7. “Tendré profundo respeto por la vida humana en todas sus etapas, reconociendo la dignidad única de cada ser.”

Este respeto se expresa tanto en una Unidad de Cuidados Intensivos neonatal como en cuidados paliativos. Implica tratar con delicadeza, hablar con respeto, tocar con intención y acompañar con presencia, incluso cuando ya no hay curación posible. La dignidad no se pierde con la enfermedad.

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8. “Nunca utilizaré mis conocimientos para dañar, ni siquiera bajo presión, amenaza o conveniencia.”

En el trabajo cotidiano, esto significa no aceptar atajos inseguros, no realizar procedimientos sin indicación clara, no omitir alarmas ni protocolos por prisa o presión jerárquica. El terapeuta debe ser una barrera de seguridad, incluso cuando decir “no” resulta incómodo.

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9. “Rechazaré la competencia desleal y trabajaré en comunión con los equipos multidisciplinarios, respetando el quehacer de cada disciplina.”

Esto se vive al comunicar con claridad, escuchar a enfermería, médicos y otros profesionales, y aportar desde el conocimiento respiratorio sin invadir ni menospreciar funciones. La calidad asistencial surge de la colaboración, no del protagonismo individual.

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10. “Hago este juramento con convicción, libertad y honor, sabiendo que mi labor puede marcar la diferencia entre respirar con dificultad y vivir con plenitud.”

Cada jornada laboral confirma este punto: una intervención oportuna, una educación bien dada, un ajuste correcto o una palabra de aliento pueden cambiar la experiencia de un paciente. El terapeuta respiratorio no solo maneja equipos: sostiene vidas, alivia angustias y devuelve confianza en el acto más básico de existir: respirar.

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✧ Cierre reflexivo

Este juramento no se pronuncia una sola vez.

Se renueva en cada guardia, en cada paciente, en cada decisión ética.

Es la brújula que transforma una profesión en vocación y el conocimiento técnico en humanidad al servicio de la vida.