“Recuerdo el frío de la camilla… No era invierno, pero la habitación estaba demasiado iluminada para esa mañana de primavera. Era el Día de San Patricio. El mismo día en que conocí a mi esposo años atrás. Nunca imaginé que esa fecha volvería a marcar mi vida de otra manera.
La radióloga presionaba el transductor contra mi seno derecho. Yo no miraba la pantalla. Miraba su rostro. Los médicos aprendemos a leer gestos antes que imágenes.
Su mandíbula se tensó apenas. El silencio cambió. Y en ese instante supe que algo no estaba bien.
Tenía 37 años. Era médica. Era madre de una niña de menos de dos años.
Había dado diagnósticos difíciles muchas veces. Siempre con voz modulada, con cuidado, intentando amortiguar el impacto. Pero nadie te prepara para escuchar tu propio nombre junto a la palabra carcinoma.
Cuando el resultado apareció en el portal del paciente, estaba sola.
Carcinoma ductal invasivo.
La palabra se quedó suspendida en la pantalla. Yo misma la había escrito innumerables veces en historias clínicas. Pero verla junto a mi identidad fue como sentir que el suelo desaparecía bajo mis pies… Lo primero que sentí fue vergüenza… Irracional, pero real.
Hacía ejercicio. Comía bien. Era especialista en salud pública. ¿No se suponía que yo entendía cómo prevenir enfermedades? Mi mente médica comenzó a calcular probabilidades. Mi corazón de madre solo repetía una imagen: mi hija, pequeña, brillante, acurrucándose cada noche contra mí.
No estaba lista para dejarla… Luego vino la ira… Una ira silenciosa, afilada… Contra el azar. Contra la biología. Contra la injusticia de que el mundo siguiera girando mientras el mío se detenía.
Pero debajo de todo eso había algo más profundo: miedo. No miedo al dolor. No miedo a morir. Miedo a que mi hija creciera sin madre.
Las semanas siguientes fueron una sucesión de pasillos, estudios, decisiones. Muchas citas las viví sola, por las restricciones de la pandemia. Era extraño caminar por el sistema de salud donde había trabajado tantos años, pero ahora del otro lado.
Esta vez no era yo quien consolaba. Era yo quien necesitaba sostenerse. Acepté cada tratamiento con una claridad casi feroz… No por heroísmo… Por amor.
La primera vez que vi la bolsa roja de quimioterapia —el “diablo rojo”— sentí algo que jamás había sentido como médica: vulnerabilidad absoluta. Observé el líquido descender por el tubo hacia el puerto bajo mi piel.
Consentir que te envenenen para sobrevivir es un acto extraño de fe.
Mientras el medicamento entraba en mi cuerpo, repetía en silencio: Muere, cáncer. Muere. Por favor, vete.
Cuando mi cabello comenzó a caer en mechones, mi esposo me afeitó la cabeza en la ducha. El suelo se cubrió de hebras negras y plateadas. Me miré al espejo esperando no reconocerme.
Pero seguía siendo yo. Al principio evitaba que mi hija me viera sin una cofia. Temía que se asustara. Un día decidí quitármela. Ella me miró con ojos enormes y sonrió.
—¡Amma se quedó sin pelo! ¡Como Appa!
Me dio unas palmaditas en la cabeza y salió corriendo a buscar otra distracción. Para ella no había tragedia. Había normalidad. Fue la primera lección que mi hija me dio sobre resiliencia.
El tratamiento fue largo. Quimioterapia. Cirugía. Radioterapia. Terapia hormonal. Mi cuerpo cambió. Entré en menopausia antes de tiempo. Perdí la posibilidad de darle un hermano a mi hija. Las cicatrices quedaron grabadas en mi pecho y bajo mi clavícula.
Pero también hubo cicatrices invisibles.
Volví al hospital como médica. Caminé por los mismos pasillos donde había sido paciente. Las luces fluorescentes parecían distintas. Las salas tenían eco. Me senté frente a un paciente con cáncer de pulmón metastásico y cuatro hijos pequeños. Me habló de conciertos escolares, de cumpleaños, de esos momentos simples que solo entendemos como sagrados cuando tememos perderlos.
Olvidé el reloj… Olvidé la lista de tareas… Me incliné y escuché.
Porque ahora sabía algo que antes intuía, pero no comprendía del todo: a veces lo más profundo que podemos ofrecer no es una cura, sino presencia.
Convertirme en paciente no me hizo más fuerte… Me hizo más consciente.
Entendí que la enfermedad no es una historia épica. No es una batalla con héroes y vencedores. Es un desmantelamiento. Y si la vida lo permite, una reconstrucción silenciosa.
Todavía temo la recurrencia. Todavía acaricio la cicatriz cuando nadie mira. Todavía observo a mi hija dormir y siento que el tiempo corre demasiado rápido. Pero ahora también noto lo que antes ignoraba:
La luz entrando por la ventana.
El aroma del té recién preparado.
La calidez de un cuerpo pequeño abrazándome en la noche.
Antes creía que mi identidad se construía con logros, títulos, productividad. Hoy sé que también se construye en la fragilidad. En lo que queda cuando todo lo demás se derrumba.
Soy médica.
Soy madre.
Soy sobreviviente.
Y he aprendido que sobrevivir no es volver a ser quien era antes.
Es aprender a caminar con cicatrices.
Es sostener el miedo sin huir de él.
Es elegir amar incluso cuando el tiempo parece incierto.”
________________________________________
Cierre para Leyendas de Vida
La vida no nos promete invulnerabilidad. Nos ofrece algo más profundo: la posibilidad de elegir cómo responder. Cuando todo parece romperse, lo que nos mantiene en pie no es la ausencia de miedo.
Es el amor… El amor que nos hace luchar… El amor que nos devuelve al trabajo con otra mirada… El amor que nos recuerda que cada mañana es un regalo.
Y quizás eso sea lo que realmente queda: no la enfermedad, no las cicatrices, sino la capacidad de volver a levantarnos y abrazar lo que aún tenemos.
Porque al final, vivir no es no caer.
