Semana del amor y la amistad

Dedicado a un amigo que habita allá en los “pagos” del sur, en las tierras de Paturizito, que cuando niños nos guiaba a las más locas aventuras y ahora de adulto valoramos más sus enseñanzas sobre los Valores Humanos.

A LOS 82 AÑOS Murió Daniel Toro, autor de “Zamba para olvidarte” y leyenda del folclore argentino, su deceso fue en una clínica de la capital cordobesa en la que estaba internado. “Se fue físicamente, pero su historia, su voz y su música quedarán para la eternidad”, destacó su hijo Carlos Toro. 25 de mayo de 2023, murió a los 82 años en la ciudad de Córdoba como consecuencia de un cuadro de neumonía que no pudo ser revertido.

Zamba para olvidar… (y para recordar lo esencial), donde la zamba no es adorno, sino conciencia, memoria y herida.

En la semana del amor y la amistad, cuando el calendario insiste en celebrar el amor y la amistad, hay historias que no caben en flores ni en palabras fáciles. Historias donde el amor no grita, susurra. Y a veces, duele.

Esta semana, cuando todo parece invitar a celebrar, hay historias que no entran en globos ni en rosas. Historias donde el amor no se anuncia, se descubre tarde, como una melodía que uno conocía de memoria… pero no entendía.

Mario, había nacido en un pueblito cerca de una ciudad pequeña la Villa Carlos Paz, recordaba que los fines de semana iba con su padre en bicicleta a pescar al Lago de San Roque, y se ponía contento porque cuando pescaban pejerreyes grandes había mejor comida en la casa, y un tío a veces lo llevaba a una gran ciudad cercana Cordoba y él pegado al vidrio de la camioneta veía los edificios y se decía: algún día trabajaré aquí. Con el tiempo estudio Terapia Respiratoria por razones que no eran románticas. Eran reales. Venía de una infancia sencilla, sostenida por padres que le dieron lo mejor que pudieron. El dinero era corto, pero el orgullo era largo. Había sueños modestos y, sin decirlo, un deseo antiguo: vivir mejor.

Estudió Terapia porque era accesible. Y porque, al final, era un oficio hermoso: ayudar a otros a respirar, sostener la vida cuando tiembla.

Al terminar consiguió trabajo en un hospital pequeño. Era el comienzo: oxígeno, nebulizaciones, monitoreo básico, traslado de pacientes. Aprendió lo que no se enseña en libros: el peso real de un turno, el valor de una mano a tiempo, la mirada del paciente que no puede hablar, pero lo dice todo.

Sin embargo, Mario sentía que el mundo era más grande. Y un día escuchó el rumor: “En los privados están contratando.”

Fue. Se presentó. Pasó las pruebas. Y entró.

Al principio fue deslumbrante. Todo era distinto: equipos más nuevos, protocolos más estrictos, exigencias más finas. Los pacientes y familias hablaban con otra seguridad, con otro vocabulario, con otro tipo de preguntas. Hasta la comida era diferente. Mario lo notaba todo.

Primero lo admiró. Luego empezó a sentir algo más peligroso: La idea de que ese mundo le pertenecía.

Trabajaba duro y respondía. Cuanto más le exigían, más crecía. Empezaron a buscarlo para casos difíciles. Sus compañeros reconocían su habilidad. Y Mario se sentía orgulloso, útil, fuerte.

Pero algo se movía dentro de él: un nuevo amor… No era por un paciente… No era por el hospital. Era por la posibilidad de subir de nivel, de “pertenecer”, de cumplir el sueño material que había guardado desde niño.

Entonces conoció a un familiar de un paciente: un maestro de economía. Hablaron. Lo escuchó con atención. Y Mario tomó una decisión silenciosa: estudiar otra carrera.

Combinó turnos de fin de semana con universidad. Era otro planeta. Ahí nadie le decía “gracias” por sostener una vida. Ahí las personas agradecían “ideas”, “resultados”, “presentaciones”. Era menos humano… pero sonaba a futuro. A veces, saliendo tarde de clases, con el cansancio pegado a los huesos, Mario escuchaba dentro una zamba que parecía hablarle desde lejos, como si fuera una advertencia de su propia conciencia:

“No sé para qué volviste… Si yo empezaba a olvidar…”

Y él se decía: “Volví a estudiar para no quedarme atrás.” Como si eso justificara el abandono invisible que estaba cometiendo: el abandono de sí mismo.

Poco a poco se fue alejando del hospital. Luego dejó de frecuentar a sus colegas terapeutas. Después dejó el trabajo para dedicarse solo a estudiar. Al final, destacó. Un profesor lo invitó a una empresa. Empezó antes de graduarse. Lo ascendieron. Ganó más. Compró mejor. Vivió mejor. Y se casó con una compañera: una mujer de clase media alta, inteligente, disciplinada, con planes claros. Tuvieron hijos. La vida parecía estar “bien”.

El hospital se convirtió en un recuerdo… Un peldaño… Una etapa. Y sin darse cuenta, su corazón empezó a hablarle como canta la zamba, con esa tristeza quieta que no hace ruido:

“Qué mal me hace recordar…”

Un día, en el trabajo, un dolor lo dobló por dentro. Abdomen. Fuerte. Seco. Pero Mario tenía una presentación importante. Proyectos. Metas. Ascensos. Se tomó calmantes. No dijo nada. El dolor bajó. Volvió. Se fue. Volvió peor. Dos días después, su director lo vio pálido, sudoroso y serio.

—Te llevo al hospital.

Y el destino, con esa ironía extraña, lo llevó al mismo hospital privado donde Mario había sido terapeuta respiratorio. El hospital había crecido. Las paredes parecían otras. Pero el olor… el olor era el mismo.

En urgencias lo estudiaron rápido. Diagnóstico: abdomen agudo, perforación de vesícula. Cirugía de emergencia. Lo trasladaron por pasillos fríos. El mundo se volvió lámpara y techo. La anestesióloga le habló con voz firme, humana:

—Te vas a dormir. Nosotros te cuidaremos… mientras sentía el salir del gas en la mascarilla que se apoyaba en su rostro y esa fue la última frase que recordó.

Despertó a ratos, como un barco que sube y baja en la niebla.

Intentó abrir los ojos. Todo borroso. Intentó hablar. No pudo. Intentó moverse. Tampoco. Y escuchó una voz conocida, profesional: Tranquilo. Estás en terapia intensiva. Estás conectado a un ventilador. No trates de moverte ni hablar.

Volvió a apagarse. Entre despertares, lo entendió: estaba en una UCI. Y lo más inquietante: esa UCI era su hogar antiguo. Vio enfermeras, médicos. Escuchó alarmas. Y entonces la vio a ella: la Terapeuta asignada.

Era una antigua compañera. Ella lo reconoció. Lo dijo. Lo cuidó con una ternura precisa: esa ternura que solo existe en quien ha sostenido vidas tantas veces que no necesita demostrar nada. Cuando ella tomaba la mano de Mario, él sentía algo que no sentía desde hace años: Pertenencia… No social. No económica… Pertenencia Humana.

Y en ese estado vulnerable, donde el cuerpo ya no puede fingir, Mario escuchó la zamba dentro, como si la vida misma le cantara al oído:

“Para qué vamos a hablar… De cosas que ya no existen…”

Pero existían. Solo que él las había enterrado bajo “progreso”.

La peritonitis fue dura. La cirugía frenó el proceso, pero requirió lavados posteriores. Dos veces más al quirófano. Más días en ventilador. En uno de esos traslados, ya consciente, vio la coreografía perfecta del equipo: dos terapeutas, una enfermera, un camillero, anestesia esperando, monitor listo, ventilador portátil alineado, oxígeno controlado, seguridad de líneas, comunicación breve y exacta.

Mario lloró sin poder ocultarlo… Porque recordó cómo él también lo hacía… Y nunca supo cuánto significaba para el paciente. Pensó, con esa claridad brutal que solo llega cuando uno está frágil:

“¿Por qué dejé esto, si ahora entiendo que yo amaba esto?”

Y la zamba, implacable, le contestó desde el fondo del pecho:

“Mi vida se fue contigo… Contigo, mi amor, contigo…” … El “amor” no era una persona. Era el sentido.

Un día después lo extubaron. El aire entró como un milagro.

La UCI se llenó de rostros: médicos, su esposa, gente hablando de evolución, de pronóstico, de alta.

Pero detrás estaban ellos: los terapeutas.

Mario los llamó con voz aún débil: Gracias… gracias… ustedes estuvieron conmigo todo el tiempo. Ni de día ni de noche me abandonaron. Son mi familia.

Ellos sonrieron con esa humildad que duele… Eres de nuestra familia, Mario, pero te cuidamos como cuidamos a todos y ahora en la unidad hay alguien muy querido sufriendo de una neumonía severa, él más tarde se daría cuenta del porque le llegaba a la mente tan fuerte esa zamba, y era porque el autor estaba ahí también en la misma unidad, y tal vez si Mario hubiera continuado como terapeuta le hubiera tocado atenderlo.

Se fueron, dejándolo con su esposa, con su vida, con su “nuevo mundo”.

En los días siguientes, mientras la fisioterapeuta lo rehabilitaba y el equipo respiratorio afinaba su trabajo, Mario preguntaba por sus antiguos colegas, por nuevos equipos, por aprendizajes. Se iluminaba hablando de eso. Más que cuando su director le mandó un mensaje:

“Tu proyecto fue aprobado. Cuando regreses, hay ascenso.” Mario lo leyó… y no sintió nada.

Y entonces, como un golpe suave pero definitivo, llegó a su mente el verso, como si fuera su verdad final:

“Mis manos ya son de barro, Tanto apretar al dolor, Y ahora que me falta el Sol, No sé qué venís buscando, Llorando, mi amor, llorando, También olvídame vos” … Mario estaba despierto, pero había una parte de él que seguía anestesiada: la que durante años se convenció de que el amor verdadero era ascender, pertenecer, “llegar”.

Mientras lo acomodaban para otro traslado a quirófano, sintió el peso del equipo como antes lo sentían sus pacientes: no solo el peso de los monitores y el sistema de oxígeno, sino el peso de depender. Y entonces, esa zamba —que ahora ya no era canción sino espejo— volvió como un pensamiento inevitable: “Mis manos ya son de barro”.

Lo entendió con una claridad que duele: se había vuelto bueno apretando el dolor, apretando el tiempo, apretando la vida para que encajara en metas. Y, sin embargo, ahí, en la UCI, lo que más lo sostenía no era un salario ni un puesto: era una mano cálida sobre la suya, una mirada que decía “estás acompañado”.

En voz baja —solo para sí— aceptó lo que no había querido aceptar en años: el amor que dejó no era un trabajo, era una forma de estar vivo. Y cuando pensó en volver, el miedo lo atravesó como aguja fina: ya no sabía si podría. Ya no tenía práctica. Ya no tenía el músculo del oficio. Ya no era “el terapeuta que resolvía”. Ahora era el paciente, y eso cambiaba el tamaño de todas las cosas.

La frase volvió, como despedida anticipada: “me falta el Sol” … No era solo el sol del cuerpo, era el sol que ilumina el sentido.

Se dijo, llorando por dentro: “No sé qué podría hacer si regreso. No sé si aún pertenezco. No sé si el camino que elegí me dejó demasiado lejos.” Y entonces, como si la propia vida le respondiera con ternura cruel, apareció otra línea, breve pero definitiva: “También olvídame vos” … No era que no quisiera. Era que se sentía atado.

Atado a su esposa, a sus hijos, a la ruta trazada, a los compromisos, a la identidad nueva que ya no podía romper sin destruir a otros. Y allí estuvo la tragedia silenciosa: descubrir tarde el amor verdadero… pero no poder volver a él sin pagar un precio inmenso.

Cuando por fin lo dieron de alta, salió del hospital en silla de ruedas. Era un día nublado de invierno, frío, sombrío, triste. Su esposa iba a su lado, sosteniéndolo con presencia y con esa mezcla de alivio y cansancio que solo existe después de una crisis real.

Al llegar a la puerta principal del gran hospital —alto, imponente, de muchos pisos— vio algo que le quebró el pecho: los terapeutas respiratorios estaban ahí. No era un acto oficial. No era protocolo. Era familia.

Le alzaban la mano. Algunos sonreían. Otros tenían los ojos brillosos. Y él, sin poder contenerlo, empezó a llorar.

—Gracias… gracias por ser así —alcanzó a decir. Pero no soportó quedarse. Porque quedarse era recordar todo lo que había dejado. Y recordar era aceptar que había amado de verdad sin saberlo.

—Vámonos —pidió.

Lo subieron al automóvil. Cuando ya iba rodando por la rampa, miró por la ventanilla: los terapeutas seguían agitando la mano, y algunos le mandaron besos, como quien despide a alguien que se va lejos. Y ahí, justo ahí, Mario sintió que algo se rompía dentro de él… No era el cuerpo…. Era una costura del alma.

Se prometió que algún día volvería, que buscaría una forma, que no podía cerrar esa puerta para siempre. Pero al mismo tiempo, supo que la vida casi nunca devuelve lo que uno pierde por elección.

La zamba —esa vieja compañera— no necesitó decir más. Ya lo había dicho todo. Y el automóvil se perdió en la curva de salida.

La vida continuó. Pero Mario ya no fue el mismo: porque entendió tarde que la Terapia Respiratoria no le pedía riqueza, ni estatus, ni pertenencia… solo le pedía lo único que importa cuando alguien lucha por respirar: su Humanidad.