“La estudiante que le preguntó a la máquina”
La pantalla mostraba una curva respiratoria, varios números y una advertencia en rojo.
Mariana llevaba casi veinte minutos mirando el monitor.
—¿Entonces está mal? —preguntó.
El profesor se acercó a la computadora.
—¿Qué dice el sistema?
Mariana leyó:
—“Probabilidad elevada de deterioro respiratorio. Se recomienda valoración inmediata”.
El profesor no respondió.
—¿Y tú qué piensas?
Mariana volvió a mirar los datos.
No sabía.
Era su tercer año de Terapia Respiratoria y había aprendido a reconocer sonidos pulmonares, interpretar parámetros, realizar procedimientos y entender lo que significaban muchas de aquellas cifras que al principio parecían pertenecer a otro idioma.
Pero aquello era diferente.
El programa había analizado en segundos una cantidad de información que a ella le habría tomado mucho más tiempo revisar.
—Pues… si la inteligencia artificial dice que puede deteriorarse, habría que actuar —contestó.
El profesor apagó la pantalla.
—No te pregunté qué dice la inteligencia artificial.
Mariana frunció el ceño.
—Te pregunté qué piensas tú.
—
La primera vez que Mariana utilizó una herramienta de inteligencia artificial para estudiar había sido durante un examen práctico.
No para copiar.
Para entender.
Había escrito:
“Explícame la ventilación mecánica como si fuera estudiante de Terapia Respiratoria.”
La respuesta apareció inmediatamente.
Ordenada. Clara. Con ejemplos.
Mariana sonrió.
—Esto me hubiera ahorrado tres horas.
Desde entonces empezó a utilizarla para casi todo.
Le pedía que resumiera artículos, que elaborara preguntas, que comparara conceptos y que explicara términos que no comprendía.
Al principio comprobaba las respuestas.
Después comenzó a hacerlo menos.
La máquina casi siempre parecía saber.
Y cuando uno tiene veinte años, varios trabajos pendientes y un examen al día siguiente, “parecer que sabe” puede confundirse fácilmente con “saber”.
—
En la universidad, los profesores hablaban cada vez más de inteligencia artificial.
Algunos la veían con entusiasmo.
Otros con desconfianza.
—Van a dejar de estudiar —decía uno.
—Van a tener una herramienta extraordinaria —respondía otro.
Mariana escuchaba ambas opiniones sin saber cuál era correcta.
Una mañana, durante una clase, el profesor proyectó una pregunta:
¿Debe enseñarse inteligencia artificial en Terapia Respiratoria?
Hubo silencio.
Después comenzaron las respuestas.
—Sí, porque va a ser parte del trabajo.
—No, porque puede sustituir el razonamiento.
—Depende de cómo se utilice.
—Los alumnos ya la usan aunque no les enseñemos.
El profesor escribió una última pregunta:
¿Y si el problema no fuera enseñar a usar IA, sino enseñar a no obedecerla ciegamente?
Nadie respondió.
—
Semanas después, Mariana comenzó sus prácticas clínicas.
En una de las habitaciones había un paciente conectado a ventilación mecánica.
Era un hombre mayor. Su hija permanecía sentada junto a la cama y preguntaba cada cierto tiempo si su padre estaba mejorando.
Mariana revisó los parámetros.
Los datos estaban dentro de los límites que había estudiado.
Sin embargo, algo no le gustó.
El paciente parecía diferente.
La respiración tenía otro ritmo. El esfuerzo muscular había cambiado. Había una expresión en el rostro que Mariana no sabía convertir en números.
Revisó nuevamente el monitor.
Todo parecía relativamente estable.
Entonces abrió la herramienta de IA que utilizaba para estudiar.
Introdujo los parámetros.
La respuesta apareció:
“No se identifican indicadores suficientes de deterioro inmediato.”
Mariana miró al paciente.
Después miró la pantalla.
Por primera vez no supo a cuál de los dos debía creerle.
Llamó al terapeuta responsable.
Él entró, observó al paciente durante unos segundos y pidió revisar nuevamente algunos parámetros.
Después ajustó el manejo junto con el equipo médico.
Mariana permaneció a un lado.
—¿La inteligencia artificial no había dicho que estaba estable? —preguntó.
El terapeuta la miró.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no le hicimos caso?
—Porque no estamos aquí para obedecer máquinas.
Hizo una pausa.
—Estamos aquí para cuidar personas.
—
Aquella tarde Mariana regresó a casa pensando en la pregunta.
No podía negar que la inteligencia artificial podía ayudar.
Podía analizar datos rápidamente. Podía detectar patrones. Podía servir para estudiar, simular escenarios y apoyar decisiones.
Pero también podía equivocarse.
Y había algo que ningún algoritmo le había enseñado todavía:
cómo mirar a un paciente y darse cuenta de que algo no estaba bien antes de saber explicar exactamente qué.
Abrió su computadora.
Escribió una pregunta para la IA:
“¿Qué debería aprender un estudiante de Terapia Respiratoria para trabajar con inteligencia artificial?”
La respuesta apareció en segundos.
Mariana comenzó a leer.
Después cerró la computadora.
Tomó una hoja de papel y escribió otra pregunta.
Esta vez no se la hizo a la máquina.
Se la hizo a su profesor.
“¿Cómo nos van a enseñar a pensar cuando una máquina pueda pensar con nosotros?”
Y esa pregunta, a diferencia de la anterior, no tenía una respuesta automática.
Continuará…
