Michael S. Avidan, MBBCh.

Un pedazo de mi mente: Hacia la frontera. JAMA. 20 de enero, 2026;335(3):215-216 doi:10.1001/jama.2025.20836

Hay textos que no son “artículos”, sino confesiones. En Hacia la frontera, el anestesiólogo Michael S. Avidan escribe desde un lugar que muchos temen y pocos describen con tanta honestidad: el punto exacto donde la vida todavía ocurre, pero la muerte ya no es una idea lejana. Todo comienza con una imagen poderosa tomada de Kafka: despertar y sentir que tu cuerpo ya no te pertenece. Así se ve él a sí mismo en el espejo: cambiado, desgastado, marcado por moretones, heridas, sangre y una fragilidad que parece ajena. No es solo el dolor físico: es esa metamorfosis invisible que convierte a una persona en “paciente”, y que también transforma la mente.

En 2022, sin aviso, recibió el diagnóstico que parte la vida en dos: un leiomiosarcoma en etapa IV, con un tumor mesentérico grande y el hígado lleno de metástasis. Pero lo inesperado ocurrió: su cuerpo respondió muy bien a la quimioterapia combinada con inmunoterapia. Hubo tregua, hubo esperanza, hubo espacio para volver a sentir que la vida era tolerable. Incluso logró una cirugía exitosa y por un tiempo parecía que el juego se había emparejado. Sin embargo, en 2025 apareció una nueva lesión vertebral, como un recordatorio silencioso de que la enfermedad no sigue una narrativa limpia ni justa. Él mismo lo describe como una partida de ajedrez en la que a veces sientes que ganas una pieza… y a veces descubres que la muerte acaba de moverse sin pedir permiso.

Lo más conmovedor es cómo decide vivir lo que viene. En lugar de huir del procedimiento que debía enfrentar, pidió estar despierto, consciente, lúcido, siempre que no sufriera. Y lo consiguió. Con anestesia local y analgesia, sintió el martilleo, el calor de la ablación, el cemento llenando el hueso… y esa experiencia, que pudo haber sido traumática, la convirtió en algo profundamente humano: una prueba de que incluso en medio del tratamiento aún existe la posibilidad de aprender, maravillarse, estar presente. Como si en el fondo estuviera diciendo: “todavía estoy aquí, y eso importa”.

Después, otra tomografía cambió el tono: las metástasis hepáticas eran más visibles, algunas nuevas, otras más grandes. La idea de remisión se hacía más pequeña y la realidad se volvía otra: tal vez ya no se trataba de “curarse”, sino de controlar, sostener, aliviar, acompañar. Es ahí donde Avidan rompe uno de los mitos más comunes sobre la enfermedad terminal: esa falsa división entre “pelear con todo hasta el final” o “rendirse y solo recibir paliativos”. Él propone algo más real, más complejo y más cercano a lo que viven miles de personas: una fase intermedia, difícil de explicar, donde se sigue viviendo, pero con conciencia permanente de riesgo, donde cada decisión pesa más, donde el cuerpo puede caer en cualquier momento y donde el futuro ya no se mide en años, sino en instantes.

A ese lugar lo llama “la frontera”: un estado liminal donde la medicina se vuelve un equilibrio continuo entre prolongar la vida y evitar un sufrimiento devastador. Y advierte algo crucial, tanto para pacientes como para médicos: en esa frontera, si no expresas con claridad tus deseos, el sistema puede arrastrarte a tratamientos que no habrías elegido. Habla de riesgos que acechan de pronto —trombosis, sangrados, infecciones, falla orgánica— y de cómo cualquier evento podría dejarlo sin voz para decidir. Con una mezcla de lucidez y humor oscuro, confiesa que le gustaría tatuarse instrucciones anticipadas en el pecho: no reanimación, no intubación, no morir en un hospital. No como dramatismo… sino como un acto de amor propio, de dignidad y de control sobre lo único que aún puede controlarse.

Y entonces llega lo más grande del texto: la redefinición de lo que significa “ganar”. Sería fácil decir que está perdiendo su partida contra la muerte. Pero él dice algo que desarma: si la muerte es derrota, entonces todos estamos condenados. Por eso propone cambiar las reglas. Ganar no puede ser solo sobrevivir. Ganar debe significar amar y ser amado, contribuir, aprender, crecer, vivir experiencias verdaderas, dejar algo bueno en otros. Bajo esas reglas, él no se ve derrotado: se ve vencedor. No porque ignore lo que viene, sino porque se niega a permitir que lo inevitable borre todo lo valioso.

El texto termina regresando al espejo. Ya no ve a una alimaña. Ve a un hombre frágil, sí, pero resuelto; cansado, pero lúcido; consciente, pero no derrotado. Y nos deja una frase sencilla que se siente como una llamada suave a despertar: todavía hay mucha vida por vivir hoy.

Epílogo / enseñanza:

Quizá el mayor aprendizaje de esta historia no sea sobre el cáncer, ni siquiera sobre la muerte. Es sobre cómo se vive cuando ya no puedes fingir que el tiempo es infinito. La frontera existe para muchos: para pacientes, para familias, para médicos que acompañan sin tener respuestas perfectas. Y en esa frontera, hablar de deseos, de límites y de dignidad no es rendirse. Es un acto profundo de humanidad. No se trata de ganarle a la muerte. Se trata de no perder la vida antes de tiempo.