Relato de ficción inspirado en una pregunta real.

La fotografía mostraba a una Terapeuta Respiratoria entre flores de papel y colores mexicanos. Elena la miró mientras esperaba que se calentaran las tortillas. Leyó el homenaje, se acercó a la pantalla y escribió:
«Ora, ¿son de un mundo paralelo o qué? Porque hasta ahorita no conozco a ninguno, y tengo catorce años de asmática y tres con EPOC».
Dejó el teléfono junto al salero.
Tenía cuarenta y cinco años y una caja de medicamentos arriba del refrigerador. En una carpeta guardaba recetas, incapacidades, radiografías y estudios doblados por las esquinas. Había aprendido dónde estaban las ventanillas, qué documentos llevar y a quién llamar cuando la respiración se le complicaba.
No recordaba haber conocido a un Terapeuta Respiratorio.
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De niña creía que le vivían gatos en el pecho.
Los escuchaba de madrugada, cuando la tos la despertaba y su madre iba a sentarse a su lado. Primero ronroneaban; después empezaban a silbar. Elena se incorporaba, abrazaba la almohada y esperaba a que se cansaran.
—Saliste delicada de los pulmones —decía su madre, acomodándole el suéter.
Aquella explicación se quedó con ella durante años.
Su padre trabajaba por temporadas. Su madre hacía rendir la comida y decidía cuándo una enfermedad podía esperar hasta el viernes. Algunas veces conseguían llevarla a consulta. Volvían con medicina para la gripa y la recomendación de cuidarse del frío.
En la escuela, Elena descubrió que podía evitar la vergüenza de quedarse atrás ofreciendo cuidar los suéteres mientras los demás corrían. La maestra la consideraba una niña tranquila.
Ella habría querido correr.
Durante la adolescencia la tos le dio tregua. Estudió para secretaria, encontró trabajo y, a los veintiún años, tuvo por primera vez una credencial que le permitía acudir al hospital sin pedir dinero en casa. La guardó en una funda transparente.
Vivía en una ciudad a más de dos mil metros de altura. Desde el autobús veía fábricas, avenidas detenidas y, algunas mañanas, una franja gris que borraba los cerros. Conocía de memoria el tráfico; de lo que respiraba sabía poco.
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Una tarde de invierno estaba trapeando cuando sintió que el olor del desinfectante se le había quedado adentro.
Dejó la cubeta. Cerró las ventanas porque hacía frío y se sentó en la cama, convencida de que se le pasaría.
Entonces regresaron los gatos.
Llamó a una compañera de trabajo.
—¿Puedes venir?
Cuando su amiga llegó, la encontró inclinada hacia adelante, con las manos apoyadas en el colchón. Estaba sudorosa y le costaba terminar una frase.
—Saca tu credencial. Nos vamos.
En urgencias la auscultaron, le hicieron estudios y comenzaron el tratamiento. Alguien acercó un equipo, preparó una nebulización y le acomodó la mascarilla. Elena recuerda sus manos. Recuerda que aquella persona permaneció un momento junto a ella, observándola, y ajustó algo antes de retirarse.
No recuerda su nombre.
Cuando pudo respirar mejor, el médico le explicó que probablemente había tenido una crisis de asma y que los vapores podían haberla desencadenado. Necesitaba seguimiento.
Salió con medicamentos, indicaciones y dos días de incapacidad. El alivio era tan grande que apenas cabía otra cosa en su cabeza.
El lunes estaba otra vez frente a su escritorio.
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Los años siguientes fueron tomando esa forma: trabajo, tos, mejoría, una crisis, otra receta.
A los treinta y uno, la palabra asma quedó asentada con claridad en su expediente. Para entonces llevaba una vida entera llamando de otras maneras a lo que le ocurría.
Aprendió a desconfiar de ciertos olores y a reconocer el principio de los silbidos. Llevaba un inhalador en la bolsa, entre las llaves y un labial. Si una madrugada lo necesitaba y después conseguía dormir, por la mañana se consideraba bien.
En las consultas solía responder lo mismo:
—¿Cómo se ha sentido?
—Bien, doctor.
No mencionaba que había dejado de subir las escaleras de una sola vez. Ni que barría despacio. Tampoco que algunas noches se iba a la sala para no despertar a nadie con la tos.
Había acomodado su vida alrededor de aquellas molestias sin darse cuenta de cuánto espacio les estaba cediendo.
Las recetas cambiaban. En ocasiones le añadían un medicamento; en otras le insistían en continuar el tratamiento. Ella trataba de cumplir, aunque no siempre comprendía para qué servía cada inhalador o por qué debía mantener ciertas indicaciones cuando ya se sentía mejor.
Alguna vez quiso preguntarlo, pero el médico estaba escribiendo y afuera aguardaba mucha gente.
Se guardó la duda.
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Una tarde de primavera, el viento levantó polvo y hojas antes de que comenzara una tormenta eléctrica. Elena salió del trabajo pensando que la lluvia limpiaría el aire.
Apenas había avanzado unas calles cuando sintió la opresión.
Buscó su inhalador y lo utilizó como tenía indicado, pero esta vez no consiguió el alivio esperado. Llamó a su amiga, que la acompañó a urgencias.
Horas después, cuando ya podía conversar, un médico le explicó que ciertas tormentas, bajo determinadas condiciones, podían dispersar partículas muy pequeñas de alérgenos y provocar ataques graves en personas sensibles al polen.
Elena escuchó sorprendida. Siempre había recibido la lluvia con confianza.
—¿Y cómo puedo saber cuándo cuidarme más?
El médico comenzó a explicarle. Lo llamaron desde otra cama y tuvo que retirarse. Cuando Elena salió, llevaba tratamiento y una interconsulta a neumología.
La pregunta seguía a medio responder.
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La cita sí la pidió.
En la ventanilla le dieron una fecha para varios meses después. Elena miró el papel y calculó cuánto faltaba. Antes tendría que pasar el invierno.
Durante la espera volvió a enfermarse. En urgencias la atendieron, mejoró y regresó al trabajo. Cada visita dejaba una receta nueva dentro de la carpeta; ninguna adelantaba la consulta.
También hubo ocasiones en que ella pospuso sus trámites. Pedir permiso le costaba, perder el día le pesaba y sentirse mejor le devolvía la esperanza de que esta vez no fuera necesario.
Entre las dificultades del servicio y las de su propia vida, los meses se fueron juntando.
Cuando finalmente llegó al neumólogo, llevaba una lista de medicamentos y muchos años difíciles de resumir en unos minutos.
Le solicitaron una espirometría.
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El día del estudio, una persona le explicó cómo debía soplar, le colocó una pinza en la nariz y le pidió que ajustara bien los labios alrededor de una boquilla.
Elena se esforzó hasta que le lloraron los ojos.
—Otra vez. Tome todo el aire que pueda.
Repitieron la maniobra.
—¿Para qué sirve exactamente? —preguntó al descansar.
—Para ver cómo funcionan sus pulmones.
Al terminar quiso saber qué había salido.
—Su médico le explicará los resultados.
La conversación acabó ahí.
Aquella persona tenía un nombre, una profesión y conocimientos que Elena desconocía. Podía haberle explicado un poco más sobre la prueba, sin anticipar un diagnóstico. Podía haberle preguntado si le quedaba alguna duda.
Tal vez tenía otros pacientes esperando. Tal vez llevaba años trabajando así.
Elena recogió sus cosas y dio las gracias. No quería parecer insistente.
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A los cuarenta y dos años le dijeron que también tenía EPOC.
Habían revisado sus síntomas, una radiografía y el estudio respiratorio que había conseguido hacerse. Le midieron el oxígeno con un aparato en el dedo. Ella no sabía qué respondía cada prueba ni qué dudas quedaban pendientes.
Recordaba al médico mirando los papeles. Recordaba la palabra «crónica».
La consulta fue breve. Afuera seguían esperando otras personas.
Salió con indicaciones y una fecha de control lejana. Nadie le pidió que explicara, con sus propias palabras, qué había entendido.
En el autobús pensó que la ciudad le estaba acabando los pulmones.
Nunca había fumado. Se preguntó si el asma se había convertido en otra enfermedad, si todo aquello venía desde niña, si había llegado demasiado tarde.
Eran preguntas suyas, todavía sin respuesta.
—Ahora tengo otra cosa —le dijo a su amiga al día siguiente.
Puso las recetas sobre la mesa.
—¿Y qué tienes que hacer?
Elena señaló los medicamentos.
—Esto.
—¿Y luego?
No supo responder.
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Por eso escribió lo del mundo paralelo.
Detrás de aquella frase había consultas, miedo, permisos de trabajo, esperas y preguntas que nunca encontraron su momento.
Quienes le contestaron le hablaron de Terapeutas Respiratorios, del trabajo junto a neumólogos y otros profesionales, de educación y seguimiento. Una de las respuestas la hizo volver a mirar su carpeta: quizá sí había sido atendida por alguno y nunca había sabido quién era.
Pensó en la mascarilla de urgencias. En las manos que habían revisado el equipo. En la persona que le pidió soplar.
Habían estado cerca.
Esa noche sacó los medicamentos de la caja y los puso sobre la mesa. Revisó las fechas, buscó las indicaciones más recientes y descubrió que tenía dudas sobre cosas que llevaba años haciendo.
Empezó a escribirlas en una hoja.
Quería saber qué significaban sus diagnósticos, cómo reconocer que estaba empeorando y qué podía hacer mientras llegaba la siguiente consulta. Quería volver a subir las escaleras con menos miedo.
Por primera vez, preparó una cita pensando también en lo que ella necesitaba decir.
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Encontrar ayuda no fue inmediato. Hubo llamadas, horarios que no coincidían con su trabajo y servicios a los que no sabía cómo acceder. En una consulta posterior, su médico revisó las dudas y gestionó una sesión de educación respiratoria.
Cuando finalmente se sentó frente a Laura, puso sobre la mesa la carpeta y los inhaladores.
—Soy Terapeuta Respiratoria —le explicó la mujer—. Vamos a revisar las indicaciones que le dieron y cómo está usando sus dispositivos.
Elena abrió la bolsa.
—Me han atendido muchas veces. Lo que pasa es que todavía no entiendo bien qué tengo que hacer todos los días.
Laura acercó una silla y le pidió que mostrara cómo utilizaba cada inhalador.
Elena hizo lo de siempre.
Laura observó, corrigió algunos pasos y la acompañó a repetirlos. Después hablaron de las noches con tos, de las escaleras, de los productos de limpieza y del trabajo. Revisaron qué debía hacer si los síntomas empeoraban y cuáles eran las dudas que necesitaban volver al médico.
Elena contó que a veces no conseguía algún medicamento.
Laura lo anotó. Había que comunicarlo al equipo; de poco servía dar por cumplido un tratamiento al que ella no siempre tenía acceso.
No resolvieron en aquella sesión todos los años anteriores. Quedaban estudios por revisar, decisiones médicas y dificultades que ninguna de las dos podía arreglar esa mañana.
Pero Elena pudo hablar sin apresurarse.
Antes de terminar, miró los dispositivos.
—Llevo años haciendo esto. ¿Por qué nadie me había pedido que le enseñara cómo?
Laura dejó de escribir.
—Debimos revisarlo antes.
No intentó justificarlo. Elena agradeció también eso.
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Al volver a casa puso la fecha de su próxima cita en el calendario. Guardó las indicaciones donde pudiera encontrarlas y dejó la hoja de preguntas dentro de la carpeta.
Tendría que seguir el tratamiento acordado, acudir a sus controles y dejar de llamar «estar bien» a acostumbrarse a la tos. Le correspondía avisar cuando algo no funcionara, cuando no entendiera o cuando no pudiera conseguir lo que le prescribían.
También esperaba algo de quienes la atendían: que la escucharan, que le explicaran, que la ayudaran a encontrar un camino posible entre una consulta y la siguiente.
Había conocido profesionales atentos y otros agotados, había recibido ayuda en momentos de mucho miedo. Estaba agradecida. Ahora podía reconocer, sin sentir que faltaba a ese agradecimiento, todo lo que había necesitado y no había recibido.
El futuro todavía incluía la misma ciudad, el mismo trabajo y algunas citas demasiado lejanas. Pero en su carpeta había un plan que comprendía mejor y preguntas que ya no pensaba guardar por vergüenza.
Para que aquello durara, tendrían que cumplir ambos lados: ella con su cuidado; los profesionales y los servicios con una atención que pudiera alcanzar, entender y continuar.
Esa noche su amiga llamó.
Elena le contó de la sesión, de los inhaladores y de lo que debía preguntar en la próxima consulta.
Después añadió:
—Hoy conocí a una Terapeuta Respiratoria.
Se quedó pensando un momento.
—Bueno… hoy una se presentó.