Es una historia que me relató Estefanía, la terapeuta que hace años trabajó con nosotros y de quien en alguna leyenda anterior narré cómo conoció a su esposo en el hospital.
Un día se acercó a mí en el trabajo y me dijo que quería platicar conmigo. Más tarde, en su hora de descanso, llegó a la oficina y, apenas se sentó, me dijo con una seriedad poco común en ella:
—Doctor, estoy teniendo recuerdos extraños. Quiero contárselos.
La animé a seguir, y así comenzó su relato.
Trabajaba los fines de semana en un hospital militar en las afueras de la ciudad. Era una unidad orientada sobre todo a la atención de adultos, con personal militar en su mayor parte sano y con poca patología relevante. Sin embargo, el hospital estaba muy bien equipado y, de vez en cuando, recibían pacientes para cirugías programadas. Cuando eso ocurría, aprovechaban para usar y familiarizarse con equipos de última generación, no siempre porque el caso lo necesitara, sino también como una forma de mantenerse entrenados.
En los últimos meses, me dijo, no había sucedido nada extraordinario. Todo había transcurrido dentro de la rutina habitual. Pero desde hacía algunos días, de forma repentina, empezaban a venirle imágenes de algo ocurrido en el hospital. Se despertaba por la noche con esas escenas en la cabeza, intentaba recordar con claridad, y no podía. Así le ocurrió varias veces. Hasta que dos noches antes, al despertarse por los movimientos que sentía en su abdomen por los movimientos fetales en su vientre, se incorporó todavía con esas imágenes rondándole la mente, pero ahora mucho más vívidas. Después de darse un masaje sobre su útero grávido, se quedó sentada junto a la cunita, que ya la habían preparado, en espera del nacimiento, en silencio, y entonces los recuerdos regresaron con una fuerza distinta, tan reales que le parecían vividos, aunque no tuviera memoria consciente de haber pasado por algo así.
Le pedí que me lo contara desde el principio.
Aquel día, dijo, había empezado como cualquier otro domingo por la mañana en el hospital militar. Había pocos pacientes. Ella y el otro terapeuta respiratorio del turno estaban ordenando, limpiando y revisando equipos, cuando a media mañana apareció el médico jefe de turno, un militar, y les dijo que estaban por traer a un VIP. Había que preparar urgencias y, por si acaso, también la sala especial del área de terapia intensiva. Ellos le respondieron que todo estaba en orden. Al ser un hospital militar, los protocolos de contingencia se mantenían activos las veinticuatro horas.
El médico le indicó entonces:
—Bien, pero tú, Estefanía, te vienes conmigo a urgencias. Tu compañero se queda aquí de guardia.
Ella lo siguió. En el trayecto le preguntó de qué se trataba. Él le respondió que era información confidencial, aunque alcanzó a adelantarle algo: al parecer había caído una aeronave o un avión, y traían a uno de los sobrevivientes. Era una situación especial. La atención quedaría restringida a unos cuantos médicos y enfermeras, y además habían ordenado cerrar el hospital por completo.
Cuando llegó a urgencias, ya había personal militar apostado en la entrada. Estefanía se dedicó de inmediato a preparar todo lo que pudiera hacer falta en caso de compromiso respiratorio. Ordenó el equipo de vía aérea, estetoscopios, oxímetros, material para vía aérea avanzada, ventiladores, tanques de oxígeno, sistemas de aspiración. Dejó listo el gasómetro, se puso el uniforme para situaciones de choque y fue a decirle al médico que todo estaba preparado.
Él le respondió que la ambulancia ya venía en camino y que traían solamente a un sobreviviente. Se quedaron dentro, mirando por los ventanales. Al poco rato oyeron las sirenas y vieron llegar varias unidades escoltando a la ambulancia. Todo el personal salió a la puerta. En cuanto el vehículo se detuvo, se acercaron con la camilla, pero antes de que pudieran actuar, varios militares los rodearon. Se abrió la puerta trasera y tres de ellos dijeron que usarían su propia camilla, que ellos mismos harían el traslado.
No se veían sueros ni monitores encendidos. Solo alguien cubierto por una sábana.
Ella fue detrás, siguiendo el paso de la camilla. Apenas entraron al hospital, otros militares cerraron la puerta y ocuparon posiciones alrededor. Todos estaban fuertemente armados. Estefanía pensó que, quienquiera que fuera el paciente, debía de tratarse de alguien sumamente importante para que hubieran cerrado el hospital entero.
Llegaron al área de choque de urgencias. Ella ya tenía listos los parches de monitorización y la mascarilla de oxígeno, pero uno de los hombres que parecía dirigir el operativo le dijo que se mantuviera atrás, preparada.
Entonces ordenó a todos apartarse y dijo que descubriría al paciente.
Estefanía lo vio por primera vez en ese momento.
Lo que tenía frente a sí no era un ser humano.
Era un ser humanoide, delgado y alargado, con una especie de cubierta transparente adherida al cuerpo. Tenía la cabeza ovalada, los ojos grandes y cerrados, sin cabello. Las extremidades eran largas y finas. Tenía dedos LARGOS Y DELGADOS. Las fosas nasales eran apenas dos pequeños orificios. No se apreciaba movimiento en su delgado tórax.
Por unos segundos, todos quedaron inmóviles, paralizados ante lo que estaban viendo.
Estefanía preguntó qué debía hacer. Nadie respondió. Nadie sabía siquiera si aquello estaba vivo o muerto.
Uno de los militares dijo entonces que, durante el traslado en la ambulancia, le había parecido ver que movía los dedos. Entre frases cortadas comenzaron a relatar lo poco que sabían: que en las afueras de la ciudad se había estrellado una nave y se había incendiado; que desde el cuartel general los habían llamado; que, al llegar, vieron la nave ardiendo y algo que se arrastraba fuera de ella. Lo recogieron con la camilla y lo subieron a la ambulancia. En el trayecto no observaron signos evidentes de vida, pero comprendieron que no era un ser terrestre. Informaron a sus superiores y recibieron la orden de llevarlo allí. Nadie podría salir del hospital, y nadie debía comentar nada.
Dijeron también que, al tocarlo, sintieron una anatomía completamente distinta. No intentaron ponerle sueros ni oxígeno porque no veían movimiento torácico, salvo ese leve desplazamiento de los dedos. Habían tratado de colocarle parches de monitor, pero no se adhirieron bien. El trazo que obtuvieron parecía una fibrilación ventricular extraña. El oxímetro, por su parte, arrojaba cifras incoherentes, del 10 al 100, sin ninguna lógica.
No se habían atrevido a hacer más.
Fue entonces cuando Estefanía sugirió intentar nuevamente la monitorización y colocarle oxígeno con capnografía sobre las fosas nasales. Lo hizo ella misma. Abrió el flujo a tres litros, acomodó la interfase con entrada para CO₂ y la conectó al capnógrafo. Al mismo tiempo, otro de los médicos intentó colocarle los parches grandes de un desfibrilador externo. Esta vez apareció un trazo eléctrico diferente, desconocido, pero inequívocamente presente.
Estefanía miró el capnógrafo.
La línea marcaba entre 8 y 10 mmHg de CO₂, sin trazo ventilatorio reconocible.
Entonces dijo, con una certeza que a todos sorprendió:
—Está vivo. Está exhalando CO₂ y tiene actividad eléctrica.
Al reacomodar la interfase sobre las fosas nasales, sintió una descarga, como una corriente leve al tocarlo. No dijo nada. Estaba demasiado concentrada en el momento que estaba viviendo.
Alguien propuso tomarle una radiografía. Acercaron el equipo portátil digital, pero al disparar no apareció nada útil en pantalla. El radiólogo insistió en que la máquina funcionaba correctamente. Entonces pidieron el ultrasonido. Uno de los médicos lo tomó y trató de explorarlo directamente, pero solo aparecían sombras e imágenes irreconocibles. Le pidió gel a Estefanía; ella se lo colocó sobre el pecho del ser, pero no hubo mejoría.
Una enfermera trajo un visor de venas para intentar canalizarlo. Al pasarlo sobre el brazo no pudieron distinguir nada parecido a venas o arterias.
Todos se miraban sin saber qué hacer.
Había actividad eléctrica. Había salida de CO₂ por las fosas nasales. Algo de vida persistía ahí, pero no sabían cómo abordarla.
Fue Estefanía quien sugirió trasladarlo al área especial de terapia intensiva. Todos estuvieron de acuerdo. Solo unos cuantos permanecieron alrededor de la camilla. No dejaron entrar a nadie más. Los militares despejaron el camino y avanzaron con él por pasillos vacíos hasta llegar a la sala especial, una sala que ella conocía mejor que nadie. Lo acomodaron en la cama, dejaron el oxígeno, el capnógrafo y los parches del desfibrilador funcionando como un monitor improvisado de aquel trazo extraño, pero continuo.
Preguntaron qué más podían hacer. Nadie tuvo una respuesta clara.
Entonces Estefanía dijo que le colocaría un monitor cerebral que medía oxígeno y registraba también actividad electroencefalográfica. Lo hizo. Los valores mostraron niveles de oxígeno muy bajos y trazos eléctricos igualmente débiles. Sonaron las alarmas y ella las silenció.
El ser siguió inmóvil.
La sala tenía apenas una silla junto a la cama y nada más. Le dijeron que saldrían a informar a las autoridades y a pedir ayuda externa para decidir cómo proceder. Le indicaron que se quedara allí y avisara cualquier cambio.
Y se quedó sola.
Se sentó frente a él, con miedo de que algo ocurriera y, al mismo tiempo, con la sensación de estar participando en algo imposible. Pasaron los minutos. Se dio cuenta entonces de que en uno de sus bolsillos llevaba una barra energética ya abierta. La dejó sobre el buró, detrás de una jarra llena de agua, pensando que, si tardaban mucho, al menos tendría qué comer y qué beber.
No apartaba los ojos del paciente. Pensaba que, si aquello había llegado en una nave, entonces sí podía tratarse de un ser de otro mundo. En eso, por el rabillo del ojo, le pareció percibir movimiento cerca de la barra. Volteó.
Ante sus ojos, el nivel del agua en la jarra estaba descendiendo.
Se frotó los ojos, incrédula. La barra empezaba a desaparecer poco a poco. La jarra se vació hasta más de la mitad.
Sintió un miedo más hondo, más primitivo. Se preguntó qué estaba pasando. Y justo entonces la recorrió una descarga como de electricidad estática. Todo el vello del cuerpo se le erizó. Dio un paso hacia él, quiso tocarlo, y en ese instante le pareció que su brazo se desvanecía. La imagen del ser también. Miró hacia abajo y ya no vio su propio cuerpo.
Lo siguiente ocurrió casi de inmediato.
Se encontró en otro lugar.
Era una estancia grande, iluminada, con varios seres semejantes al paciente alrededor de ella. La miraban fijamente. Otros atendían al herido en una especie de mesa flotante, rodeándolo con instrumentos desconocidos. Estefanía estaba paralizada. No entendía nada. Un momento antes estaba sentada junto a la cama en una unidad de medicina crítica; al siguiente, estaba en un recinto extraño, rodeada de seres como él.
De pronto el humanoide que había acompañado empezó a moverse. Los demás lo ayudaron a incorporarse. Estefanía vio por primera vez aquellos ojos grandes abiertos, clavados en ella. Los otros se acercaron más, casi rodeándola. Él hizo un movimiento con la mano y algo más que ella no oyó, pero todos se apartaron.
Entonces sintió, no con los oídos sino en la mente, que alguien trataba de comunicarse con ella.
Cerró los ojos y lo entendió mejor.
Era él.
Le hacía saber que estaba en su nave, que sus compañeros lo habían rescatado, que habían sufrido un accidente en la Tierra, que no tuviera miedo, que nadie le haría daño. Sintió también su agradecimiento porque había sido la única que comprendió que seguía vivo, gracias al CO₂ que exhalaba. Entendió que el poco oxígeno que ella le había proporcionado también le había ayudado a sostenerse, y que el agua y la barra energética habían sido, junto con ese soporte, una fuente útil de energía. Comprendió además que ellos tenían capacidad para absorber nutrientes del entorno cercano a su organismo.
La comunicación se interrumpió por un momento. Los otros seres lo rodearon y luego fueron saliendo de la estancia uno a uno. Él volvió a comunicarse con ella y le dijo que debían regresar a su planeta, pero que ella tenía que acompañarlo. Le aseguró que no le ocurriría nada, que él era la autoridad principal en esa nave y que tendría todo lo necesario. Estefanía quiso negarse, pero él le transmitió con firmeza que sería por poco tiempo.
La acomodaron en un asiento frente a paredes transparentes que parecían tener luz propia y, al mismo tiempo, permitían ver el exterior. Alcanzó a distinguir la Tierra, cubierta de nubes. Él le hizo saber que iban a partir.
Lo que vio entonces no pudo describírmelo con palabras precisas. Me dijo que frente a ella comenzaron a encenderse puntos luminosos, como si resbalaran por una superficie transparente, parecidos a gotas de agua sobre un parabrisas. Y casi enseguida, como si apenas hubiera pasado un instante, volvió a ver el exterior ya inmóvil: a un lado, lo que creyó reconocer como la Luna; más allá, un planeta enorme, diferente a la Tierra, rodeado por anillos.
Él le hizo saber que ya habían retornado, que tenían control del tiempo, que había transcurrido tiempo y sin embargo ya habían llegado.
La nave se aproximó al planeta. A medida que descendía, Estefanía alcanzó a distinguir la superficie: una ciudad inmensa, organizada en varios niveles, con estructuras que parecían flotar y otras dispuestas más arriba o más abajo, como si la ciudad misma no se sometiera a una sola altura. La nave se dirigió a una de esas plataformas y se posó con suavidad en una zona parecida a un aeropuerto.
El ser ya estaba incorporado y varios otros lo acompañaban. Le dijo que fuera con él. Ella lo siguió. Entendió que seguía comunicándose con ella del mismo modo, sin palabras. Le transmitía que era su gente, que él tenía control de todo aquello y que estaría bien.
Entraron a edificaciones gigantescas. A ella la dejaron en una estancia distinta, llena de objetos que no reconocía. Había grandes ventanales, y de las paredes parecía brotar luz y calor. Se quedó observando la ciudad: inmensa, agitada, llena de puntos que se desplazaban en distintas direcciones. Hasta ese momento, entre tantas emociones, no había sentido ni hambre ni sed. Pero de pronto ambas aparecieron con claridad. Se revisó los bolsillos y solo encontró un dulce, que se llevó a la boca.
Había algo que no había comentado con nadie más que con su esposo: tenía doce semanas de embarazo.
Poco después se abrió una de las paredes y entró una especie de robot. Le indicó que se recostara en un lecho extraño. Una luz recorrió todo su cuerpo. Después apareció otro robot y dejó agua y unos alimentos parecidos a la barra que ella llevaba. Probó el agua: era limpia, pura, como agua terrestre. El sabor de aquellas barras también le resultó familiar. Tenía hambre y se comió ambas. Le supieron a gloria.
Ya algo más tranquila, volvió al ventanal. Miraba aquella ciudad imposible y pensaba qué haría ahí, tan lejos de todo lo suyo, embarazada, sin nadie conocido. Entonces se puso a llorar.
Fue en ese momento cuando él volvió a entrar.
Le dijo que era el ser más importante de ese mundo y que se llamaba Talyon. Le hizo saber que el escaneo había mostrado que dentro de ella habitaba otro ser viviente. Estefanía ya había comprendido que podía captar lo que ella pensaba. Le dijo entonces, sin ocultar nada, que en la Tierra tenía a su familia, a su esposo, a su madre, y que el hijo que llevaba era fruto de ese amor. Le pidió que la devolviera.
Talyon le prometió que así sería, aunque no de inmediato. Debían esperar un poco por una tormenta de radiación cósmica que les impedía partir de inmediato sin riesgo. Después, le aseguró, la llevarían de regreso.
Eso la reconfortó, aunque fuera un poco. Le dijo que quería descansar. Talyon y los otros se retiraron. Le dejaron más alimento. Ella comió algo y terminó por quedarse dormida, agotada por un día lleno de emociones como jamás había vivido.
Cuando despertó, había nuevamente comida junto a ella y el ventanal seguía mostrando la vida febril de aquella ciudad. Entonces entró Talyon acompañado por otro ser. Le explicó que era Lumira, su pareja. Le hizo saber que ellos también tenían familia, padres, hijos; que pertenecían a una raza con cientos de miles de años de evolución y que recorrían el espacio buscando seres inteligentes. Habían hallado formas de vida en muchos mundos, pero muy pocas razas verdaderamente inteligentes y evolucionadas. Habían llegado a la Tierra porque una de sus naves detectó radiación y señales electromagnéticas procedentes del planeta, y por eso fueron a investigar.
Lumira también logró comunicarse con ella, y eso la tranquilizó muchísimo. Descubrió, con una mezcla de alivio y extrañeza, que el afecto, el vínculo, la vida compartida, no eran ajenos a aquellos seres. Talyon le preguntó su nombre. Ella se lo dijo. Luego le anunció que, antes de partir, la llevarían a recorrer la ciudad y los alrededores del planeta.
Más tarde, unos robots fueron por ella y la condujeron a una especie de terraza. Había plantas distintas a las terrestres, y en el centro flotaba una nave pequeña. La puerta se abrió; dentro estaban Talyon y Lumira. Subió con ellos. La sentaron al frente, y la nave comenzó a elevarse. Otras dos la acompañaban a los costados. Mientras Talyon le hacía comprender lo que veía, Estefanía miraba extasiada. Nunca había imaginado mundos así.
Salieron del planeta y, casi de inmediato, estaban rodeando sus lunas y asteroides. Todo era nuevo, inmenso, sobrecogedor. Pero aun con él a su lado, con aquella hospitalidad y aquella calma, ella sentía con claridad que ese no era su mundo. Su deseo profundo seguía siendo regresar con su familia.
Luego la pequeña nave se aproximó a otra mucho más grande y penetró en su interior. Descendieron Talyon, Lumira y Estefanía. Le dijeron gracias. Talyon le hizo saber que estaba vivo por ella, que se mantendrían en contacto y que acudirían cuando los necesitara. Los dos hicieron entonces contacto de piel con ella.
Estefanía lloró.
No lloró solo por el regreso. Lloró también por el afecto y la gratitud que aquellos seres le habían mostrado. Eran casi desconocidos, y sin embargo empezaban a importarle. En ese instante pensó que los valores humanos quizá no eran exclusivamente humanos, y que tal vez el amor, el cuidado y la familia eran fuerzas tan universales como la propia gravedad.
Las últimas palabras que recibió de Talyon fueron que ellos la llevarían a casa, a ella y al hijo que llevaba dentro.
La subieron a un transportador que avanzó hacia el interior de la gran nave. Al voltearse, vio a Talyon y Lumira subir otra vez a la nave pequeña. Ella alzó la mano y la agitó. El transportador se detuvo, giró un poco, y alcanzó a ver cómo la navecilla tomaba velocidad y salía hacia el exterior, hasta que el recinto volvió a oscurecerse.
La llevaron a otra habitación. Le indicaron que se recostara, que el viaje sería rápido. Ella obedeció. Se sentía hecha un mar de emociones. Se acostó pensando que, si su hijo era varón, lo llamaría Talyon; si era niña, Lumira. Y se quedó dormida.
Lo siguiente que sintió fueron unos golpecitos en la espalda y una voz que le decía que despertara, que ya era hora del cambio de turno.
Abrió los ojos sobresaltada y preguntó dónde estaban.
Su compañero la miró extrañado.
—¿Dónde crees?
Estaba sentada en la silla de la sala especial de medicina crítica.
Se frotó los ojos y le dijo que había tenido un sueño extraño. Él respondió que algo le estaba pasando, y ambos regresaron a la unidad. En el camino saludó a varios compañeros del hospital. Antes de entrar, se encontraron con el director de turno, quien le comentó que la había visto reposando en la unidad y no quiso despertarla. Ella le preguntó si no había pasado nada mientras dormía. El médico le respondió que no, que había sido un domingo vacío como siempre.
De ese día ya habían pasado meses, pero los recuerdos seguían vívidos. Pronto sería la fecha probable de parto. Entonces vino a verme.
Me dijo que todo aquello le había ocurrido de verdad. Que ella no era de creer en naves espaciales ni en seres extraterrestres, pero que lo tenía tan vívido, tan completo, que sabía que no podía descartarlo como si nada.
Le pregunté si había hablado con los otros que supuestamente estuvieron presentes aquella mañana.
Me dijo que sí, pero nadie le había respondido recordando nada distinto. Añadió que todos la estimaban y que quizá por eso no le decían nada, o quizá no recordaban en absoluto.
Me preguntó qué pensaba yo.
Le dije entonces que, durante el primer embarazo y antes de las doce semanas, ocurren muchos cambios hormonales, metabólicos y fisiológicos en el cuerpo de la mujer. Que el embarazo modifica no solo al organismo, sino también la forma en que se viven ciertas experiencias. Que existen reportes de mujeres que sienten una conexión muy intensa con el ser que llevan dentro, incluso antes de que eso pueda explicarse del todo. Le dije también que, más allá de cualquier interpretación, lo cierto era que dentro de ella ya había un ser vivo, con un sistema nervioso en formación, perteneciente todavía a un mundo cerrado, íntimo, protegido, y que quizá esa experiencia le había hecho sentir de otra manera la existencia de una vida que ya estaba ahí.
La escuché en silencio después de eso.
Entonces ella me dijo, con una serenidad que no olvidaré:
—Sí, doctor. Me hicieron el ultrasonido de control y ya sé qué sexo tendrá. Lo llamaré Talyon… y ellos serán sus padrinos.
