Primera Parte:
Va dedicada a una Terapeuta con la que trabajo desde hace muchos años, que ya es parte de mi familia, y la respeto y admiro cada día más. Es un regalo por el próximo 14 de febrero
Quizás… la vida
Claudia había aprendido a llegar temprano. No por disciplina escolar, sino por supervivencia urbana.
Cada mañana, aún de noche, ajustaba el casco, encendía su pequeña motocicleta y se lanzaba al tráfico infernal de la ciudad mexicana. Entre claxonazos, semáforos eternos y el humo espeso, ella avanzaba con un solo objetivo: llegar a tiempo para respirar con otros.
Egresada de CONALEP años atrás, había recorrido varios hospitales. Salas de cirugía, recuperación, urgencias. Había asistido a pediatras, anestesiólogos, cirujanos. Sabía de tubos, monitores, alarmas… pero nada la preparó del todo para la neonatología.
Desde el primer día entendió que ahí no se medía el tiempo en horas, sino en segundos. Los segundos que parecían eternos cuando un recién nacido no respiraba.
En la sala de cesáreas, el silencio era absoluto. El obstetra, el anestesiólogo, el pediatra, la enfermera… y ella. Todos contenían la respiración.
Y cuando por fin se escuchaba ese primer sonido —ese pequeño, frágil, milagroso movimiento de aire— todos respiraban con el bebé, como si la vida acabara de firmar un contrato colectivo.
Era una fiesta silenciosa… La fiesta del primer respiro.
Un día, el aviso llegó distinto.
—Cesárea pretérmino.
—Veinticinco semanas.
Claudia sintió ese nudo que no se enseña en ninguna escuela. La neonatóloga la llamó directamente.
—Baja conmigo. Prepárate. Claudia armó el equipo casi de memoria: monitor, neo-puff, blender para controlar el porcentaje exacto de oxígeno. Ni más. Ni menos. Porque en un prematuro, el oxígeno salva… y también puede dañar.
Bajaron juntas al quirófano. Prepararon la cuna térmica. La anestesióloga después de aplicarle una anestesia raquídea anunció que la madre estaba estable y dio la luz verde al equipo quirúrgico que ya tenía todo preparado juntamente con las enfermeras. Y los obstetras comenzaron.
Minutos después, salió del útero un cuerpo diminuto. Una niña. Un punto rojo, bañado en sangre, arrancado de su mundo acuático para caer en este planeta extraño llamado Tierra.
Pasó de manos del obstetra a las de la neonatóloga, y de ahí a la cuna térmica…Ahí empezó la batalla.
Claudia y la enfermera trabajaban casi sin hablar. La neonatóloga comandaba la lucha por la vida. Manos firmes. Movimientos precisos… La ciencia médica y la biología profunda cara a cara.
Y en ese instante, mientras todo pendía de un hilo invisible, en la mente de Claudia apareció una frase, suave, casi como un susurro:
“Quizás… quizás…”
Quizás la vida, en manos de todos ellos, decidiría quedarse… La intubaron. La llevaron conectada al neopuff, y al monitor, cuidando su saturación de oxígeno hacia la Unidad de Cuidados Críticos Neonatales.
Ahí comenzó el verdadero combate… Día tras día… Gramo a gramo.
“Ay, y así pasan los días
Y yo voy desesperando…”
La tecnología hacía su parte: ventiladores de alta frecuencia precisos, óxido nítrico, monitores sensibles, alarmas constantes… Pero había algo más.
La presencia… La vigilancia… El ajuste fino que solo quien observa de verdad puede hacer.
Claudia comprendió pronto que no había reto más grande que ventilar a un prematuro de menos de un kilo. Cada parámetro importaba. Cada cambio podía ser la diferencia entre avanzar… o retroceder.
Aprendió de las neonatólogas… Probó. Ajustó. Observó. Corrigió… Y lo que parecía imposible empezó a transformarse.
“Estás perdiendo el tiempo
Pensando, pensando
Por lo que más tú quieras
Hasta cuándo, hasta cuándo…”
Pero no era tiempo perdido. Era tiempo invertido en la vida. La niña comenzó a ganar gramos… Pocos. Lentamente. Pero constantes.
“Quizás… quizás…”
Las garras de la muerte soltaban un poco su presa. Primero retiraron el ventilador por minutos… Luego por horas… Después, alto flujo.
Hasta que llegó al kilo. Ese kilo tan esperado. Tan sufrido. Tan celebrado. El músculo respiratorio ya podía hacer más. La vida empezaba a caminar sola, aunque aún acompañada.
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Meses después, el día llegó. La niña salió de la unidad. Pasó de incubadoras y monitores a los brazos de su madre. La mujer lloraba. Claudia también.
—Gracias… gracias…
La madre abrazaba a su hija y repetía su nombre: Esperanza. Así la habían llamado. Porque nunca la perdieron.
“Quizás, quizás, quizás…”
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Esa noche, Claudia volvió a casa en su motocicleta. El viento golpeaba el casco. La ciudad seguía igual de caótica. Pero ella pensaba distinto.
Gracias vida, pensó, por permitirme ser una terapeuta respiratoria bien preparada. Y entonces algo más nació en su interior. No debía ser la única que supiera hacerlo. No debía ser un conocimiento guardado.
Tenía que enseñar. Porque quizá…
“quizás, quizás, quizás” … algún día esos prematuros que lograron vivir serán quienes nos cuiden cuando
seamos ancianos.
Y entonces, la vida, simplemente, habrá cerrado el círculo.
“Siempre que te pregunto Qué cuándo, cómo y dónde Tú siempre me respondes Quizás, quizás, quizás…”
“Desde alrededor de 1987 ella, mi Madre, me comienza a llamar por teléfono cuando escuchaba en la radio una canción de un cantor, … (“I just called to say I love you”). Es decir: Solamente llamo para decir te amo, de Stevie Wonder. Ella no sabía inglés ni cantar, pero se había aprendido esas 8 palabras y me llamaba al teléfono algunas de las veces que la escuchaba en la radio. Y me decía cuanto me amaba.
Un cantor… una canción… mi querida vieja… un neonatólogo (yo) y… los niños prematuros ciegos. ¿Habrá alguna “asociación”? Veamos: La lectora o el lector ¿sabe por qué Stevie Wonder quedó ciego? Él nació prematuro en 1950. Le dieron mucho oxígeno para mantenerlo vivo y desarrolló Retinopatía del Prematuro. Augusto Sola MD neonatólogo…