“El Aliento de los Muertos”

Relato de una Terapeuta Respiratoria mexicana en tiempos de flores, velas y viento.

Cada año, cuando el aire se llena de olor a cempasúchil y el viento parece cargar susurros de otros tiempos, Mariana —terapeuta respiratoria desde hace más de una década— siente que su trabajo adquiere un sentido distinto. No sólo cuida pulmones, sino memorias. No sólo vigila la oxigenación de sus pacientes, sino la respiración de una cultura entera que en estos días respira entre la vida y la muerte.

Durante las festividades del Día de Muertos, los pasillos del hospital se tiñen de naranja y púrpura. Los altares aparecen discretamente en las esquinas, con veladoras y fotos antiguas. Algunos pacientes piden permiso para poner una flor o una calaverita junto a su cama; otros, apenas pueden hablar, pero sus ojos dicen lo suficiente. Mariana sonríe, coloca una ofrenda pequeña en la estación de terapia: un estetoscopio viejo, una mascarilla nebulizadora, y una velita para quienes se fueron, “pero siguen respirando en nosotros”.

Ella sabe que en estos días el aire se vuelve más denso: los fuegos artificiales, el humo del copal, el incienso, las fogatas, el clima que cambia súbitamente. Sabe que ese mismo aire que da vida a las velas puede hacer toser a sus pacientes. “El alma entra por la respiración”, dice mientras ajusta un flujo de oxígeno. “Por eso hay que cuidarla”.

Va de cama en cama, con una ternura que sólo quien entiende el valor del aire puede tener. Les recuerda a las familias que el humo de las velas debe estar lejos de los enfermos, que los perfumes fuertes pueden cerrar bronquios, que los cambios de temperatura agravan las crisis asmáticas. Pero lo hace con dulzura, no con rigidez. “Celebren, honren a sus muertos… pero también cuiden a sus vivos. Ellos los necesitan respirando.”

Fuera del hospital, la ciudad vibra: el desfile de los alebrijes recorre Paseo de la Reforma, los niños corren disfrazados entre risas, las panaderías huelen a mantequilla y anís. Mariana camina a casa con su bata doblada, observando el cielo cubierto de luces. En su balcón ha puesto su propio altar: una foto de su abuela, que le enseñó a rezar por los enfermos; una flor de cempasúchil, y una pequeña figura de un pulmón de cerámica que un paciente le regaló cuando se recuperó.

Esa noche, mientras enciende una vela, siente que su respiración se acompasa con la de sus pacientes, con la de sus seres queridos, con la de todo México. “Respirar es también recordar”, piensa. Y en ese acto silencioso, entre el humo del copal y la luz temblorosa de las velas, comprende que su labor no es sólo curar: es mantener vivo el aliento de quienes aún están luchando por él. Porque en el Día de Muertos, los terapeutas respiratorios también encienden sus velas.
Pero no sólo para los que partieron… sino para que los que siguen aquí, sigan respirando.