“Medicina Respiratoria en la Era de la Complejidad Global: Tecnología, Crisis y Responsabilidad Humana”

Día Internacional de la Mujer

Dedicado a todas las damas, pero en especial para una Anestesióloga que había sabido leer mis historias

Entré a la sala de quirófanos.

—Hola, Hal.

—Buenos días, doctor.

Respondió una voz suave, casi acariciante, pero inevitablemente impersonal. Al mismo tiempo un zumbido tenue anunció su presencia, y una imagen holográfica de múltiples colores comenzó a formarse flotando en el espacio etéreo de la sala.

Habíamos decidido llamar Hal a nuestro sistema de inteligencia artificial, en honor al personaje de AI de aquel inmortal libro de Arthur C. Clarke: Odisea del espacio, que luego se convertiría en una película legendaria.

En ese mismo instante, desde la puerta, mi asistente —todavía aprendiz— anunció:

—Iniciamos con un cuadro abdominal agudo, doctor.

Lo miré unos segundos.

—Hola… está bien —respondí—, pero hoy será diferente. Hoy no emplearemos a Hal. El muchacho me miró sorprendido.

—Hoy experimentarás cómo aprendí esta profesión… la Anestesiología.

—Hal, ciérrate.

Los miles de puntos luminosos que ya habían tomado forma de pantalla se disolvieron en el aire.

—Doctores, buen día… dijo

—Bien —comenté—, iremos por la máquina.

Salimos caminando hacia los depósitos del área quirúrgica… Allí estaba.

Cubierta por una funda, sobre la cual descansaba una ligera capa de polvo —algo extraño en un lugar donde el aire era purificado varias veces al día. Quizá era ese polvo del tiempo, centenario, suspendido en el viento.

Y sin darme cuenta comencé a tararear aquella vieja canción de Kansas: https://www.youtube.com/watch?v=tH2w6Oxx0kQ

Dust in the wind… “I close my eyes, only for a moment, and the moment’s gone… All my dreams pass before my eyes… a curiosity…”

Sonreí. Retiré la funda con cuidado. Y juntos regresamos a la sala empujando aquel viejo equipo. En ese breve trayecto me sudaron las manos. Me agité. Parecía yo el principiante.

Pero no era nerviosismo… Era felicidad.

Cuando retiré la última cubierta, allí estaba… blanca y alta, como siempre la había recordado… Una Datex Aespire.

Rozé con la mano su borde perlado y un escalofrío recorrió mi espalda. Estaba completa. Lista. Siempre preparada para la acción.

Quizá en sus entrañas guardaba la memoria silenciosa de miles de casos que había pasado ella…conmigo y con muchos otros colegas que, años atrás, también la habían amado. Pero cuando trabajaba conmigo era fiel solo a mí.

Durante horas me quedaba observándola. Leyendo en sus pantallas lo que sus sensores, segundo a segundo, me contaban sobre nuestro paciente. En mis inicios como anestesiólogo joven dudaba… Me giraba constantemente para mirar el campo operatorio y confirmar lo que ella me decía.

Pero con el tiempo aprendí a confiar. Sus probabilidades de equivocarse eran infinitamente menores que las mías. Y aunque yo insistía en creer que mi naturaleza humana me hacía superior, pronto entendí la verdad:

éramos un equipo… Se convirtió en mi máquina. Pedía esa sala. Con ella me sentía seguro.

Y creo que ella también. Pasamos cientos de horas juntos.

Y cada vez que levantaba la mirada desde su consola, me ofrecía una instantánea perfecta de lo que, detrás de la cortinilla quirúrgica, estaba ocurriendo. En esos segundos silenciosos de mirarnos, siempre surgía la misma sensación:

todo estaba bien… Estábamos haciendo bien nuestro trabajo.

Pero de vez en cuando, un aviso suyo me alertaba: algo había cambiado… Y entonces había que saltar.

Corregir esa fisiología que los cirujanos —artesanos extraordinarios— estaban alterando mientras desmontaban el templo anatómico que era el cuerpo del paciente.

Casi siempre ganábamos. Pocas veces perdimos. Pero nunca salimos de la sala con la sensación de no haber hecho todo lo posible.

Era tal nuestra conexión que muchas veces entraba a la sala simplemente para sentarme a su lado. Sin trabajo. Leía algo. Escuchaba música.

Y nos hacíamos compañía. Su fría superficie metálica era un bálsamo para mi piel. Su luz no solo iluminaba mis páginas… también nos acompañaba en medio de la oscuridad.

En aquellos tiempos teníamos una ingeniera biomédica que la cuidaba con devoción. Le pedíamos que vigilara cada detalle. Que registrara todo. Que la mantuviera siempre lista. Y así fue durante años.

Hasta que llegaron nuevos modelos. La tecnología siguió avanzando.

Nanotecnología… Bioelectrónica…Inteligencia artificial… Y la cirugía se transformó.

Las máquinas empezaron a comandar los procesos… y nosotros aparentábamos dirigirlas.

Conectamos aquella vieja máquina a una toma eléctrica que ya casi nadie usaba. Ahora todo funcionaba de manera inalámbrica.

La encendí. Y aquella sensación regresó. La misma emoción que sentí años atrás al encender mi primer y único automóvil turbo… Cuando el motor rugía y el aire comprimido lo transformaba en algo poderoso. En ese instante uno se sentía rey de su propia existencia.

Las pantallas se iluminaron… La máquina inició su auto prueba. Mi asistente y yo la mirábamos.

Yo, fascinado… Él, incrédulo. Segundos después… estaba lista.

Y entró el paciente. Con él llegó el cirujano.

—Beto… —me dijo sonriendo— ¿cómo en los viejos tiempos?

—Sí —respondí—.

Para recordar las viejas batallas.

De un lado el bien: nosotros, los médicos, junto al paciente. Del otro lado… la enfermedad.

Era una apendicitis. Pero al cirujano introducir sus manos en la anatomía del paciente lo hizo sentirse vivo.

Y a mí, intubarlo y conectarlo al ventilador, me devolvió una alegría olvidada. Cuando transferí el control a aquella vieja máquina sentí algo aún más profundo: Seguridad.

Durante una hora volvimos a ser uno… Solo ella y yo… Otra vez en la batalla. Y supe que ganaríamos. Quizá era la última vez que trabajaríamos juntos.

Por eso quise grabar cada segundo en mi memoria… Para recordarlo después… cuando solo quedara la compañía de los recuerdos.

Al terminar, la desconecté. La guardamos nuevamente. Y me despedí de ella. Como si fuera parte de mí. Porque, en realidad, lo era. Seguramente compartí con esa máquina tantas horas de vida como con mi propia familia.

Salí de la sala.

En otra sala quirúrgica vi a un colega trabajando en una cirugía neurológica. A su lado flotaba una imagen holográfica tridimensional del cerebro del paciente.

—Hal —preguntó mi colega—

¿qué porcentaje de actividad presenta el citocromo AA3 en las neuronas corticales del lóbulo parietal izquierdo?

Un número rojo comenzó a parpadear. Quince por ciento -respondió la voz fría… Tenían problemas. Un tumor parietal. Mi colega estaba bien preparado. Su equipo también. Decidí retirarme. Y mientras caminaba escuché su orden:

—Hal, disminuye la energía cinética en ese nivel… Introduce 100 partes por millón de sulfuro de hidrógeno… y regula la concentración de xenón y oxígeno.

El futuro estaba allí.

Llegué al estacionamiento.

Mi automóvil se acercó flotando silenciosamente, había detectado que me aproximaba, y se detuvo a mi lado y se abrió la puerta.

—Hola, Beto —dijo. Me senté en el asiento trasero.

—¿Nos vamos a casa? (ya casi no existían las casas)

—Sí… Pon “Muy juntos” de Salvatore Adamo, y la música comenzó a sonar. https://www.youtube.com/watch?v=X4UB9RYthSM

“Mi amor… debes saber que antes de encontrarte… yo ya te conocía…. ya te acariciaba…”

Sentí humedad en mis ojos.

—Detecto incremento de humedad ocular —dijo el automóvil.

Levanté la vista.

Mis signos vitales flotaban holográficamente frente a mí. Frecuencia cardíaca elevada. Respiración acelerada. Me sentía nostálgico.

—No fastidies… —respondí.

—Soy humano. Y estoy envejeciendo.

Y en ese instante comprendí algo. Las máquinas habían cambiado. El tiempo había cambiado. La medicina había cambiado. Pero la esencia de esta profesión seguía siendo la misma:

Cuidar la vida de alguien más… con nuestras manos… con nuestra mente, y con nuestro corazón.

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Epílogo

Y mientras el tiempo avanza, las máquinas cambian y el mundo se vuelve irreconocible, hay algo que permanece intacto: la presencia de la mujer trabajando, sosteniendo, creando, cuidando y dando sentido a la vida cotidiana.

A todas las mujeres, y de manera especial a aquellas que trabajan —que son casi todas—, va este recuerdo y este homenaje.

A las que curan, a las que enseñan, a las que dirigen, a las que consuelan, a las que regresan a casa cansadas y aun así siguen siendo refugio, ternura y fortaleza.

Porque si el futuro habrá de ser más brillante, más humano y más digno, será también porque en él seguirá latiendo, firme y luminosa, la inteligencia, la sensibilidad y la grandeza de las mujeres.

Porque mientras las tecnologías evolucionan y las máquinas aprenden a pensar, sigue siendo la sensibilidad, la inteligencia y la fortaleza de una mujer lo que muchas veces sostiene la vida cuando más lo necesitamos.

En este Día de la Mujer, no solamente celebremos su lucha, sino también esa silenciosa y extraordinaria forma que tienen de hacer que el mundo, aun en medio del desgaste y del tiempo, siga valiendo la pena.

Y quizá por ello, cuando el futuro finalmente llegue, seguirá siendo cierto lo que siempre ha sido verdad: que detrás de muchos de los momentos más importantes de nuestra vida, siempre habrá estado a nuestro lado una mujer.