
Este análisis nació de una circunstancia bastante cotidiana.
Hace algunos meses cambié el automóvil que utilizo habitualmente por uno completamente eléctrico. Desde los primeros días descubrí algo que no esperaba: en una Ciudad de México cada vez más congestionada, volví a disfrutar conducir. No por llegar más rápido —el tráfico continúa siendo el mismo— sino por una experiencia diferente dentro del vehículo: menos ruido, menos vibración y ausencia de un motor de combustión funcionando a pocos metros de quienes ocupamos la cabina.
Esta semana tuve que volver a utilizar mi automóvil de gasolina para llevarlo a verificación. Es un excelente vehículo, con apenas 12,000 kilómetros recorridos, y conducirlo nuevamente fue reencontrarme con una vieja y buena amistad.
El recorrido terminó convirtiéndose en casi cuatro horas entre tránsito, espera y regreso. La mayor parte del tiempo permanecí dentro del automóvil, con aire acondicionado, ventanas cerradas y un filtro de cabina recientemente sustituido.
Al llegar a casa tenía los ojos enrojecidos, la nariz congestionada y la voz ronca. Esto, por supuesto, no demuestra que la contaminación haya sido la causa. Un episodio personal no permite establecer causalidad. Pero la circunstancia despertó una pregunta que me pareció mucho más interesante que mi propia experiencia:
¿Qué respiramos realmente durante las horas que permanecemos dentro de un automóvil?
Estamos acostumbrados a discutir las ventajas de la movilidad eléctrica desde la economía: consumo de combustible, mantenimiento, impuestos, verificaciones y costo por kilómetro. También hablamos de emisiones de carbono y contaminación urbana. Mucho menos se discute al vehículo como un microambiente respiratorio en el que millones de personas permanecen diariamente durante periodos prolongados.
Un automóvil convencional moderno puede disponer de excelentes filtros y sistemas de climatización, pero continúa circulando inmerso en una mezcla de partículas finas y ultrafinas, óxidos de nitrógeno, hidrocarburos y otros contaminantes generados por el tránsito. Parte de ellos puede penetrar al habitáculo. El vehículo eléctrico elimina una fuente importante —su propia combustión—, aunque evidentemente no lo aísla de la contaminación producida por los demás.
Y entonces apareció una segunda pregunta todavía más interesante: ¿podría el automóvil evolucionar de simple medio de transporte a un microambiente diseñado activamente para proteger la fisiología de sus ocupantes?
La tecnología comienza a desplazarse en esa dirección. Existen cabinas con filtración de mayor eficiencia, sensores ambientales, control automático de recirculación y sistemas cada vez más sofisticados de calidad del aire. Algunos vehículos recientemente anunciados en Asia incorporan incluso generación de oxígeno mediante concentradores integrados, con posibilidades particularmente interesantes para regiones de altitud y, potencialmente, para determinadas personas con enfermedad respiratoria crónica. Su utilidad clínica real todavía necesita estudiarse.
Mi formación en Medicina de Aviación me enseñó hace muchos años que el bienestar humano dentro de un vehículo no depende solamente del oxígeno: importan también ruido, vibración, presión, temperatura, calidad del aire, ergonomía y carga sensorial. Hoy resulta razonable preguntarnos cuánto pueden influir estos factores, actuando durante horas y durante años, sobre la salud respiratoria, cardiovascular y neurológica.
Y mi experiencia de unas pocas horas conduce inevitablemente a una cuestión mucho mayor: ¿cuál es la dosis acumulada de exposición de taxistas, conductores profesionales, repartidores, operadores de transporte y de millones de personas que diariamente pasan varias horas trasladándose en nuestras ciudades?
De esa pregunta nace esta breve revisión.
No pretende demostrar que el automóvil eléctrico sea “saludable” ni presentar la electrificación como una solución perfecta. Pretende algo más sencillo y quizá más útil desde Medicina Respiratoria: dejar de evaluar solamente lo que un vehículo expulsa hacia la ciudad y comenzar también a estudiar lo que respira la persona que viaja dentro de él.