Historias de fin de semana: 2da. Parte. Los Alebrijes

Cuatro historias de quienes cuidan nuestra respiración


1. Ventus y los que se quedan

A Nicolás, un terapeuta respiratorio joven, le había tocado descansar el sábado. Lo tenía marcado en el calendario desde hacía un mes: iría al desfile de alebrijes con su hermana, que venía de Puebla para conocer la ciudad. Pero un compañero enfermó y hubo que cambiar la guardia. «Ni modo», dijo al guardar el teléfono. Elena, que llevaba dieciocho años trabajando como terapeuta respiratoria, reconoció ese “ni modo”. Lo había dicho muchas veces frente a un pastel de cumpleaños por videollamada, una cena que se enfriaba o una fotografía familiar donde faltaba ella. Nicolás apenas llevaba seis semanas en el hospital. Todavía preguntaba dónde guardaban algunas cosas y se disculpaba incluso cuando no hacía falta. Su hermana terminó yendo al desfile con una prima. Por la tarde le mandó una fotografía: detrás de ellas asomaba un dragón azul con cuernos amarillos. Él la miró mientras se comía una torta aplastada. «Está bonito», dijo. Elena acercó la silla. «El nuestro va a quedar mejor». Nicolás levantó los ojos: «¿Cuál nuestro?».

En la sala de descanso apareció una caja con cartón de empaques, cintas de colores y piezas de demostración retiradas de uso. Nada había estado en contacto con pacientes. Elena llevaba semanas reuniéndolas para una actividad que nunca encontraba fecha. Rogelio, el otro terapeuta de la guardia, sacó dos tramos de tubo corrugado. «Con esto salen unas patas muy elegantes». «Tentáculos —corrigió Elena—. Va a necesitar más de dos». Aprovecharon los ratos libres, sin dejar de atender las llamadas. Primero hicieron una cabeza de búho, con ojos enormes de cartón. Después añadieron ocho brazos, unas alas desiguales y una cresta naranja que Nicolás recortó con más cuidado del necesario. «Búho por desvelado», dijo Rogelio. «Y pulpo porque aquí siempre nos faltan manos». Lo llamaron Ventus. Cada vez que regresaban a la sala, alguno le encontraba otra cosa: una ceja, una pluma, un bigote absurdo. Nicolás, que dibujaba desde niño, pero no se lo había contado a nadie, le pintó pequeños remolinos verdes alrededor de los ojos.

A las tres de la mañana pudieron coincidir unos minutos. La unidad estaba tranquila; sus compañeros de enfermería permanecían en las estaciones de vigilancia. Afuera, la ciudad había recogido sus puestos y apagado buena parte de sus ventanas. Elena alzó a Ventus y anunció un desfile de madrugada, de recorrido corto. Caminaron por el corredor exterior de la unidad, los tres muy juntos para que no se desprendiera un ala. Rogelio iluminaba la figura con su celular. Nicolás iba detrás, sosteniendo los tentáculos que arrastraban. No pusieron música. Se les escapaba una risa bajita, de esas que dan más risa porque uno intenta contenerlas. Desde una habitación acristalada, don Ernesto los vio pasar. Le habían retirado el tubo de ventilación esa tarde. Estaba despierto y llevaba horas sin poder dormir. Levantó apenas una mano. Elena se acercó al cristal y giró la criatura para que pudiera verla completa.

Don Ernesto sonrió y pidió algo con los labios. Su enfermera acercó una libreta. Escribió despacio: «¿Ya pasó Reforma por aquí?». Cuando terminaron de reír, Nicolás le tomó una fotografía a Ventus y se la envió a su hermana: «Nosotros también tuvimos desfile». Ella respondió casi enseguida: «Veo que ya hiciste amigos». Nicolás miró a Elena, que reparaba el ala con cinta, y a Rogelio, que buscaba dónde poner al búho para que recibiera la mañana. Por primera vez desde su llegada a la ciudad, tuvo ganas de enseñarles a los de su casa el lugar donde trabajaba…

2. El monstruo que daba aire

Mateo tenía cinco años y una manera muy seria de decir que no. No quería gelatina, no quería que levantaran la cortina y, sobre todo, no quería la mascarilla. «Que se vaya el monstruo», repetía mientras su madre le apartaba el cabello húmedo de la frente. La terapeuta respiratoria volvía a explicarle para qué servía, pero él lloraba antes de que ella terminara. Entre el ruido, el aire y las caras desconocidas, ya había tenido suficiente. Lucía dejó la mascarilla un momento en manos de su compañera y se sentó a su altura. «¿Qué es lo que más miedo te da?». Mateo señaló el equipo, frunció la boca e imitó el soplido. «Sí se oye fuerte», admitió ella. No le dijo que no pasaba nada. Algo pasaba, y él lo sabía.

Lucía trabajaba en terapia intensiva pediátrica. Los domingos hacía cartonería en el patio de su madre, entre periódicos viejos y tazas donde ya nadie debía servir café porque tenían pegamento. Le gustaban los animales imposibles: peces con patas, conejos con escamas, pájaros que parecían haber escogido mal sus alas. «Yo conozco uno que también sopla —le contó—. Tiene cuerpo de dragón y alas de colibrí». Mateo la miró con desconfianza: «Los dragones queman». «Este salió distinto. En su familia todavía están sorprendidos». Su madre soltó una risa pequeña. Lucía dibujó la criatura en una hoja, con barriga redonda y alas diminutas. «¿Cómo vuela con eso?», preguntó el niño. «Con mucho trabajo. ¿Le ponemos otras?». Él señaló el lápiz verde.

Mientras dibujaban, Lucía permitió que conociera la mascarilla, que la tocara y sintiera el aire antes de acercársela. Revisó el ajuste y buscó una posición más cómoda. Su madre le sostuvo la mano. Avanzaron despacio, con la vigilancia del equipo y sin convertir cada intento en una pelea. «El aire lo manda la máquina —le explicó Lucía—. El dragón nos puede acompañar mientras te ayuda». Mateo aceptó probar otra vez. No dejó de tener miedo de inmediato: lloró un poco y pidió que su mamá no se moviera. Pero esta vez pudo quedarse con la mascarilla mientras Lucía contaba con él las manchas verdes del dibujo. Al día siguiente apareció una ilustración plastificada, autorizada por la unidad, junto a su cama y lejos de los equipos. Tenía dos pares de alas y una pata azul que Mateo había pedido expresamente. Cuando Lucía preguntó cómo se llamaría, contestó «Jacinto» con tanta seguridad que nadie preguntó por qué.

Durante los días siguientes, Mateo recibió tratamiento, descansó y fue mejorando. Jacinto presenció las revisiones, las noches difíciles y la primera vez que pidió desayunar algo que no fuera gelatina. El sábado, su madre abrió en el teléfono un video del desfile. Por la pantalla cruzaron criaturas enormes entre familias que aplaudían. Mateo miró el video y después buscó su dibujo. «¿Y este por qué no fue?». Lucía acomodó la silla junto a él: «Todavía no lo hemos sacado a pasear». El niño pensó un momento y decidió que, cuando se fuera, Jacinto iría con él. Antes del alta, su madre pidió una fotografía. Lucía se colocó a un lado de la cama y Mateo levantó al dragón frente al pecho. «Que se te vea la cara», le dijo ella. Él bajó un poco el dibujo. En la fotografía salieron los tres: el niño, la terapeuta y aquel dragón de una pata azul. La madre la miró largamente antes de guardar el teléfono. «Esta sí la voy a imprimir» …

3. El último azul de don Julián

Don Julián preguntaba por el taller cada vez que su hija entraba a verlo. No preguntaba primero por su casa ni por el puesto de comida de su mujer. Quería saber si habían secado las alas, si llegaron las ruedas y si alguien había tapado la pintura. «Sí, papá», respondía ella. «Pero taparla bien. Luego le ponen un cartón encima y creen que eso es cerrar». Su hija asentía; tenía las uñas manchadas de amarillo. Había ingresado por una exacerbación grave de su enfermedad pulmonar y durante las primeras horas apenas pudo hablar. Después, cuando el tratamiento comenzó a ayudarlo, volvió la preocupación por un animal de casi cuatro metros que esperaba en un patio de la colonia. Era su alebrije para el desfile: cabeza de venado, cuerpo de lagarto y alas de una mariposa que, según él, todavía no tenía nombre. Faltaban los ojos y los detalles azules del lomo. «Sin eso parece que está dormido».

Mariana, su terapeuta respiratoria, escuchó la frase mientras revisaba cómo estaba tolerando el soporte respiratorio. Él hizo una pausa para recuperar el aliento y agregó, mirando hacia la ventana: «Mi nieto va a empujarlo. Es su primera vez». En los días siguientes, Mariana aprendió a distinguir sus silencios. Algunos eran cansancio; otros llegaban después de las llamadas del taller. Una tarde le preguntó si tenía fotografías. Don Julián tomó el teléfono y buscó una carpeta interminable: patas recién armadas, cubetas, un perro durmiendo bajo la estructura. En una imagen aparecía él, diminuto junto al ala, con una camisa que alguna vez fue blanca. «Ese azul está mal —dijo—. Lo compraron porque era más barato». Mariana amplió la fotografía. «¿Y cuál lleva?». Él la miró por primera vez con verdadero interés.

El viernes, al salir de su turno, Mariana fue al taller con dos residentes que se habían ofrecido a ayudar. La familia los recibió con café y una advertencia: su padre era muy exigente. No tuvieron que esperar para comprobarlo. Cuando don Julián estuvo descansado y en condiciones de conversar, su hija lo llamó por video y le mostró las brochas. «Vinieron tus ayudantes». Él entornó los ojos: «¿Quién está pintando esa pata?». Mariana levantó la mano. «Yo». «Pues no le dé como si estuviera lavando una pared». Las risas se oyeron hasta el teléfono. Trabajaron siguiendo los bocetos y las indicaciones de la familia. Don Julián participó en llamadas breves; el resto del tiempo descansó. Su nieto mezclaba pintura en una tapa y acercaba muestras a la cámara. «Más claro, abuelo». «No tanto». Al anochecer encontraron el tono.

El sábado, su hija llegó al hospital con el cabello revuelto y una transmisión abierta en el celular. Mariana acababa de entrar en la habitación. Primero aparecieron cabezas, banderas y gente atravesándose frente a la cámara. Don Julián empezó a impacientarse. Entonces se vio el ala. Después los ojos, abiertos entre líneas amarillas. El lomo azul brilló unos segundos bajo el sol y detrás apareció su nieto, empujando con ambas manos. Don Julián buscó la mano de Mariana sin apartar la vista de la pantalla. «Ahí va», dijo. Ella se quedó junto a él hasta que la criatura desapareció entre las otras. Cuando terminó la transmisión, don Julián observó una pequeña mancha junto a la uña de la terapeuta. Era azul. La señaló, satisfecho, y se acomodó un poco sobre la almohada. «Ese sí era» …

4. El color del suspiro

A Clara le molestó que le preguntaran si estaba cansada. Contestó que no y siguió revisando el ventilador. Llevaba meses durmiendo mal. Se le enfriaba el café sin que lo probara y, al llegar a casa, dejaba los zapatos junto a la puerta porque hasta agacharse le parecía un trabajo pendiente. Seguía siendo cuidadosa: revisaba conexiones, escuchaba al paciente y registraba los cambios. Sus compañeros confiaban en ella. Pero cada vez le costaba más conversar, y las cosas pequeñas —una pregunta repetida, una llamada a deshora— le producían un enojo que después le daba vergüenza. Esa tarde salió del hospital y caminó sin esperar el autobús. Cerca de Reforma estaban preparando los alebrijes. Había familias tomando fotografías, vendedores acomodando mercancía y artesanos metidos debajo de criaturas que parecían demasiado grandes para haber nacido en un taller.

Clara se detuvo frente a un animal verde, con hocico de coyote y aletas en el lomo. Un joven sujetaba una de las alas. El viento la sacudía y, cada vez que intentaba amarrarla, la estructura giraba. «¿Me ayuda tantito?». Clara dejó el bolso en el suelo y sostuvo el bastidor por donde él le indicó. De cerca se veían las uniones, los remiendos y las pinceladas sobrepuestas. Una parte del ala era más nueva que la otra. «Se rompió ayer —explicó el muchacho—. Mi mamá quería volver a hacerla completa». «¿Y tú?». «Yo quería dormir». Clara se rio. Hacía días que no se reía sin esfuerzo. Esperaron a que pasara una ráfaga y cambiaron ligeramente la posición de la figura. Él aseguró los amarres y el ala dejó de golpear. «Ahora sí puede respirar», dijo. Clara miró el armazón. «¿Respirar?». «Bueno, así dice mi mamá. Que, si uno lo deja demasiado rígido, el viento lo quiebra. Tiene que ceder un poco».

La invitó a rodearlo. Del otro lado, una mujer pintaba pequeños puntos blancos con un pincel finísimo. Tenía una rodilla vendada y un plato de comida intacto junto al banco. Su hijo le dijo que se fuera a comer. «Acabo esta parte», respondió ella. Clara reconoció el tono. Se quedó hablando con ellos unos minutos y supo que habían trabajado durante semanas, que una vecina les prestó el patio y que el ojo izquierdo lo había pintado una niña de ocho años. Por eso estaba un poco más arriba. «Lo íbamos a corregir —dijo la mujer—, pero ella dice que así está mirando las estrellas». Clara sacó el teléfono para tomar una fotografía. Antes de irse ayudó a acercar el plato a una mesa. La mujer dejó por fin el pincel y se sentó.

Aquella noche Clara llegó a casa con el cansancio de siempre. Dejó los zapatos junto a la puerta y se quedó un rato sentada, todavía con el uniforme. Pensó en los pacientes que había visto morir, en las familias cuyas preguntas seguían acompañándola después de la guardia, en los domingos que había pasado durmiendo para poder volver al hospital. Había ido callando todo aquello porque siempre encontraba a alguien más cansado, con una pena más reciente o una urgencia que atender. Esa noche llamó a su hermana. Cuando le preguntó cómo estaba, Clara quiso decir «bien», pero se le quebró la voz. Su hermana esperó, y ella empezó a contarle.

El lunes habló con su supervisora. Le explicó que dormía mal, que estaba irritable y que le dolía sentirse tan distante de un trabajo que seguía queriendo. Acordaron unos días de descanso y buscar apoyo para atender ese desgaste. Al salir de la conversación sintió tristeza por haber esperado tanto. También un alivio pequeño, todavía extraño, como cuando empieza a aflojar una mano que llevaba mucho tiempo apretada.

En su siguiente guardia atendió a una mujer que miraba con inquietud el circuito del ventilador. Clara se presentó, acercó una silla y le dijo: «Voy a revisar que esté cómoda. Si algo le molesta, me lo señala». Después de comprobar las conexiones, se quedó unos momentos junto a ella. La paciente le tomó la muñeca y Clara apoyó suavemente su otra mano sobre la de ella. Había acompañado muchas veces aquel miedo; esa tarde pudo hacerlo sin esconder del todo su propia tristeza.

Más tarde, durante la pausa, abrió la fotografía del alebrije. Allí seguía el ojo que una niña había pintado un poco más arriba, mirando las estrellas. Se la envió a su hermana: «Este es el que te conté». La respuesta llegó mientras sostenía el café entre las manos: «Cuando descanses, vamos a verlos juntas». Clara volvió a mirar la foto. Aún le preocupaban muchas cosas y sabía que algunas noches seguirían siendo difíciles. Pero abrió el calendario para buscar un domingo libre. Hacía meses que no reservaba un día para algo que le diera ilusión.