MENSAJE POR EL DÍA DEL TERAPEUTA RESPIRATORIO
Hoy no quisiera hablarles solamente de equipos, parámetros, dispositivos, curvas o protocolos. Todo eso forma parte de nuestra profesión y debemos conocerlo con rigor, pero hay algo anterior a la tecnología y mucho más profundo: la persona que necesita respirar mejor. Mientras respiramos sin dificultad casi nunca pensamos en ello; ocurre de manera automática, silenciosa, sin ocupar nuestra atención. Pero cuando respirar se vuelve difícil, algo tan cotidiano se transforma de pronto en el centro de la vida. Aparece el miedo, el cansancio, la incertidumbre y, muchas veces, la sensación de haber perdido algo que hasta ese momento parecía garantizado. Es precisamente allí donde nuestra profesión adquiere todo su sentido.
La Terapia Respiratoria está presente en muchos más lugares de los que a veces imaginamos. Está junto al niño que necesita aprender a utilizar correctamente un inhalador, junto al adulto con enfermedad pulmonar crónica que quiere volver a caminar sin detenerse cada pocos metros, junto a la persona que despierta después de una anestesia y necesita que alguien observe con atención cómo está respirando. Está en urgencias, en terapia intensiva, en hospitalización, en rehabilitación, en el domicilio, en los laboratorios de función pulmonar, en el sueño, en la educación, en la simulación, en la investigación y en la comunidad. En todos esos escenarios hay algo en común: una persona cuya respiración, en ese momento, necesita conocimiento, vigilancia y cuidado.
Por eso nuestro trabajo no termina cuando un procedimiento está técnicamente bien realizado. Podemos administrar correctamente una terapia, preparar un equipo sin errores o realizar una intervención impecable y, aun así, dejar a una persona llena de dudas. Podemos conocer perfectamente un dispositivo y olvidar explicar para qué sirve. Podemos cumplir una indicación y no presentarnos nunca ante quien tenemos enfrente. Y entonces el paciente recibe una intervención, pero no sabe quién estuvo allí, qué profesión participó en su atención ni por qué aquello era importante. Presentarse, explicar y escuchar también son parte del cuidado. Decir con naturalidad: “Soy Terapeuta Respiratorio y voy a explicarle lo que vamos a hacer” puede parecer algo pequeño, pero profesionalmente significa mucho, porque en ese momento dejamos de ser unas manos anónimas que manipulan un equipo y nos convertimos en un profesional responsable frente a otra persona.
Nuestra profesión necesita conocimiento y dominio técnico. Necesitamos comprender fisiología, ventilación, oxigenación, aerosoles, monitorización, vía aérea, rehabilitación, seguridad y cada una de las herramientas que utilizamos. Pero entre toda esa tecnología y la persona que está preocupada siempre tiene que existir alguien capaz de traducir lo complejo en algo comprensible. Alguien que observe si el paciente realmente entendió, que reconozca el miedo, aunque nadie lo haya mencionado y que tenga la paciencia suficiente para explicar una vez más aquello que para nosotros resulta cotidiano, pero que para esa persona puede ser completamente nuevo.
Esa manera de trabajar no se aprende solamente en los libros. Todos hemos tenido maestros que nos enseñaron algo que iba más allá de una técnica. A veces fue un profesor, otras veces un compañero, un médico, una enfermera, otro terapeuta o un profesional de otra disciplina. Y muchas veces nuestros mejores maestros fueron los propios pacientes. Ellos nos enseñaron paciencia y humildad, nos hicieron comprender que una saturación nunca cuenta toda la historia y que detrás de cada gráfica existe alguien que quiere regresar a casa, volver a dormir tranquilo, trabajar, caminar, hablar con su familia o simplemente recuperar una parte de su vida. También nos enseñaron que una explicación puede ser tan importante como un procedimiento y que, aunque hagamos todo correctamente, no siempre podremos cambiar el final de una historia.
Habrá días difíciles. Habrá jornadas largas, pacientes que no mejoren y situaciones en las que las cosas no resulten como esperábamos. Habrá noches en las que llevaremos una historia del hospital hasta nuestra propia casa, y habrá ocasiones en las que nuestro trabajo pase inadvertido. Quizá nadie sepa cuántas veces revisamos una conexión, cuánto pensamos antes de tomar una decisión o cuánto nos preocupó un paciente cuando terminó nuestro turno. Ésa también es parte de la realidad de una profesión sanitaria.
Pero habrá otros días, y esos días explican muchas cosas. Estará el paciente que por fin comprenda cómo utilizar su tratamiento, la persona que hoy necesita menos soporte respiratorio que ayer, la familia que vuelva a casa menos asustada porque alguien se tomó el tiempo de enseñarle qué hacer y qué vigilar. Estará quien pueda volver a caminar después de una enfermedad grave, quien recupere la capacidad de hablar con sus hijos, quien consiga dormir sin miedo o quien descubra que todavía puede hacer algo que creía perdido para siempre. Muchas veces esos momentos ocurrirán sin ceremonia, sin aplausos y sin que nadie los anuncie, pero serán suficientes para recordarnos por qué elegimos esta profesión.
La identidad profesional se construye precisamente allí, en la vida cotidiana. No aparece únicamente porque tengamos un título detrás de nuestro nombre ni porque pidamos que otros reconozcan nuestro trabajo. Se construye cuando demostramos competencia, cuando sabemos explicar por qué hacemos algo, cuando detectamos que un paciente está cambiando antes de que una alarma nos obligue a reaccionar, cuando documentamos correctamente, cuando enseñamos a quien viene detrás y cuando seguimos estudiando, aunque llevemos muchos años de ejercicio. También se construye cuando tenemos la madurez de decir: “No estoy seguro; voy a comprobarlo”. Reconocer nuestros límites y pedir ayuda a tiempo no disminuye nuestra profesión; la fortalece.
Durante mucho tiempo, en algunos lugares, al Terapeuta Respiratorio se le ha visto simplemente como quien conecta un equipo, administra un aerosol o modifica una perilla. Esa visión debe ir quedando atrás, pero no desaparecerá solamente porque nosotros lo pidamos. Cambiará cuando nuestra preparación haga evidente que aportamos conocimiento, criterio clínico, seguridad y humanidad. Cada vez que un médico, una enfermera, un fisioterapeuta o cualquier integrante del equipo reconoce que nuestra participación mejora una decisión, aumenta la seguridad o ayuda a comprender mejor un problema respiratorio, nuestra profesión avanza un poco más.
A quienes están comenzando quisiera decirles que no necesitan conocer hoy todas las respuestas. Nadie las conoce. Lo que sí necesitan es conservar la curiosidad para buscarlas, la disciplina para estudiar, la humildad para preguntar y la responsabilidad para prepararse antes de intervenir. Necesitan practicar, equivocarse en escenarios seguros, aceptar las correcciones y comprender que una profesión sanitaria no se construye solamente acumulando procedimientos. Se construye desarrollando criterio, aprendiendo a observar y formando una manera de pensar cuando nadie está diciendo exactamente qué hacer.
Y quienes llevamos más años también tenemos una responsabilidad. Alguna vez nosotros fuimos quienes miraban un equipo nuevo sin saber exactamente dónde colocar las manos. Alguna vez alguien tuvo paciencia con nosotros, corrigió nuestros errores y confió un poco antes de que nosotros mismos estuviéramos seguros de poder hacerlo. Ahora corresponde devolver algo de aquello. La experiencia alcanza su verdadero valor cuando se comparte, porque ninguna profesión se construye individualmente; se construye generación tras generación, dejando a quienes vienen detrás mejores herramientas, mejores oportunidades y, ojalá, una profesión más sólida que la que nosotros recibimos.
La Terapia Respiratoria, además, tiene mucho futuro. No termina alrededor de una cama de hospital. Está creciendo en rehabilitación, atención domiciliaria, transición hospital-hogar, sueño, función pulmonar, educación, simulación, investigación, calidad, seguridad del paciente y salud comunitaria. Quienes hoy son estudiantes trabajarán con tecnologías que nosotros apenas comenzamos a conocer y enfrentarán preguntas que nuestra generación quizá nunca tuvo que resolver. Pero, aunque cambien los equipos y aparezcan nuevas herramientas, algo probablemente permanecerá igual: siempre habrá una persona frente a otra persona, una que necesita ayuda y otra que debe estar preparada para ofrecerla.
Por eso, en este Día del Terapeuta Respiratorio, vale la pena detenernos un momento y reconocer lo que hacemos. No para presumirlo, sino para recordar su significado. Reconocer al terapeuta que comienza su turno cuando otros terminan el suyo, al que revisa dos veces una conexión porque sabe que los detalles importan, al que explica nuevamente una técnica inhalatoria, aunque ya la haya explicado muchas veces, al que detecta un cambio antes de que el monitor lo convierta en una alarma, al que acompaña a una familia, al que enseña a un estudiante y al que continúa aprendiendo después de años de ejercicio.
Quizá nuestros pacientes no recuerden el modelo del dispositivo que utilizamos, el valor exacto que apareció en una pantalla o el nombre de todos los medicamentos que recibieron. Pero pueden recordar quién les explicó, quién tuvo paciencia, quién notó que estaban asustados y quién regresó para comprobar que habían entendido. Pueden recordar quién estuvo allí cuando respirar dejó de ser algo sencillo. Tal vez ésa sea una de las formas más profundas de medir nuestro trabajo: no solamente por lo que hicimos, sino por la manera en que estuvimos presentes mientras lo hacíamos.
Hoy celebremos entonces algo más que una fecha. Celebremos la decisión de haber elegido una profesión dedicada a cuidar una función tan esencial que casi nunca pensamos en ella hasta que empieza a faltar. Celebremos a nuestros maestros, a nuestros compañeros, a quienes están comenzando y, sobre todo, a cada paciente que nos ha permitido aprender qué significa realmente cuidar la respiración.
Porque algún día alguien respirará un poco mejor porque nosotros estuvimos allí. Quizá no recuerde todos los detalles, pero puede recordar que hubo un Terapeuta Respiratorio que sabía lo que hacía, que se presentó, que explicó, que tuvo paciencia y que no lo dejó solo en un momento difícil. Y cuando nosotros terminemos ese día, quizá podamos volver a casa con una pequeña sonrisa y pensar que sí, que esto es lo que hacemos, que ésta es la profesión que elegimos y que, a pesar de los días difíciles, volveríamos a elegirla.
MUCHAS GRACIAS TERAPEUTAS RESPIRATORIOS
