
En la Oda al aire, Neruda convierte al aire en un ser libre, común y sagrado. Le pide que no se venda, que no se encadene, que no se entube sin sentido, porque entiende que respirar es una forma esencial de dignidad humana. Esa súplica poética adquiere hoy una vigencia clínica inesperada. El artículo de Macedo y colaboradores nos recuerda que, aun con guías, tecnología y oxígeno disponible, todavía existen brechas importantes en su indicación, titulación, monitorización y suspensión.
Como profesionales de la Medicina Respiratoria, no siempre hemos honrado plenamente esa responsabilidad. Administrar oxígeno no es solo abrir un flujómetro; es cuidar un medicamento vital, evitar daño por exceso o insuficiencia, vigilar la respuesta y retirarlo cuando ya no corresponde.
Honrar el aire significa usarlo con conocimiento, ética, precisión y respeto. Esa debe ser nuestra promesa profesional.
Health Practitioners’ Knowledge of Safe Oxygen Therapy: A Scoping Review, (Conocimientos de los profesionales sanitarios sobre la terapia de oxígeno segura). Respiratory Care Aug, 2026, Jessika B. Macedo
La oxigenoterapia forma parte de la práctica cotidiana en urgencias, hospitalización, quirófano, terapia intensiva, traslado, rehabilitación, atención domiciliaria y cuidados paliativos. Por su disponibilidad y aparente simplicidad, con frecuencia se administra como una intervención rutinaria, casi automática. Sin embargo, la evidencia reciente confirma una preocupación creciente: el problema contemporáneo no es solamente disponer de oxígeno, sino saber indicarlo, titularlo, monitorizarlo, documentarlo y retirarlo con seguridad.
El artículo de Macedo y colaboradores, publicado en Respiratory Care en 2026, aporta una revisión muy pertinente para esta discusión. Se trata de una scoping review orientada a mapear el grado de conocimiento de profesionales hospitalarios sobre el uso seguro del oxígeno. Los autores siguieron metodología JBI y PRISMA-ScR, registraron previamente el protocolo y revisaron bases como MEDLINE, Scopus, Web of Science, BVS, PEDro y literatura gris. De 904 referencias iniciales, incluyeron finalmente 25 estudios publicados entre 2004 y 2024.
Su mensaje principal es claro: las brechas de conocimiento en oxigenoterapia no son anecdóticas ni exclusivas de países con menor disponibilidad de recursos. La revisión incluyó estudios de sistemas sanitarios muy distintos, con representación de Reino Unido, Australia, Nigeria, Etiopía, Estados Unidos, Países Bajos, Italia, Grecia, Nueva Zelanda, Portugal, Colombia y otros países. Esto muestra que la dificultad no pertenece a una región específica; atraviesa sistemas con diferentes niveles de desarrollo, regulación, tecnología y formación profesional.
Esta observación es especialmente relevante para México. No debemos plantear la necesidad de estándares nacionales como si el problema fuera únicamente local o como si en nuestro país se utilizara peor el oxígeno que en todos los demás sistemas. El argumento más sólido es distinto: México necesita fortalecer la oxigenoterapia porque existe una brecha internacional entre la evidencia disponible y su aplicación segura al lado de la cama. El oxígeno es un medicamento esencial, pero sigue siendo tratado en muchos entornos como un recurso inocuo, indefinido y de bajo riesgo.
La revisión identifica áreas de desconocimiento que coinciden con lo que se observa en la práctica hospitalaria. Los déficits aparecen en objetivos de oxigenación, monitorización, indicaciones, contraindicaciones, prevención de hiperoxia, prescripción, administración y discontinuación. En la sección de resultados, 24 de 25 estudios detectaron problemas relacionados con los objetivos de oxigenación, 17 con la monitorización, 13 con indicaciones y contraindicaciones, y nueve con prevención de hiperoxia o con prescripción, administración y suspensión. Es importante interpretar bien esos datos: no significan que ese porcentaje de profesionales sea incompetente; significan que esas brechas aparecieron repetidamente en los estudios revisados.
El valor práctico del artículo está en mostrar que el error no se limita a escoger mal una mascarilla o indicar un flujo inadecuado. Los problemas recorren toda la cadena terapéutica: indicación inicial, definición de meta de saturación, selección del dispositivo, administración, humidificación, conocimiento de efectos adversos, vigilancia, existencia de protocolos, educación continua, infraestructura y suspensión del tratamiento. En otras palabras, la oxigenoterapia segura no es un acto aislado; es un proceso clínico completo.
Uno de los puntos más cercanos a nuestra realidad es la administración automática. Macedo y colaboradores señalan que el oxígeno se prescribe y administra con frecuencia sin criterios individualizados y sin seguimiento sistemático. En términos clínicos, toda indicación debería precisar meta de saturación, dispositivo, flujo o FiO₂, duración estimada, criterios de progresión, criterios de suspensión y plan de monitorización. Después debe comprobarse que el paciente permanece dentro de la meta y que no se prolonga un tratamiento innecesario.
El problema cultural es profundo. La revisión describe que en diferentes auditorías el oxígeno se administró con frecuencia sin prescripción, y que aun cuando existía una prescripción, no siempre se cumplía en la cabecera del paciente. Además, algunos profesionales no lo perciben con las mismas restricciones que otros medicamentos. Allí se encuentra una de las raíces del riesgo: durante décadas se asumió que, si un poco de oxígeno ayuda, más oxígeno debe ayudar más. La medicina actual ha demostrado que esa premisa es fisiológicamente insuficiente y clínicamente riesgosa.
La hiperoxia no debe banalizarse. El oxígeno salva vidas cuando corrige hipoxemia, pero puede contribuir a daño cuando se administra sin indicación, sin límite o sin vigilancia. En pacientes susceptibles puede favorecer alteraciones de la relación ventilación/perfusión, aumento del espacio muerto, efecto Haldane e hipercapnia inducida por oxígeno. La explicación moderna no debe reducirse a “quita el estímulo respiratorio”; ese mecanismo existe, pero suele explicar solo una parte del fenómeno.
Por ello, el mensaje educativo debe ser preciso. El oxígeno no es peligroso por sí mismo. Es peligroso cuando se emplea sin diagnóstico, sin meta, sin reevaluación o sin retiro oportuno. También puede ser insuficiente cuando se administra por debajo de la necesidad real, con dispositivo incorrecto, fugas, mala técnica, humidificación inadecuada o ausencia de escalamiento ante deterioro. La seguridad está en la indicación correcta, la titulación individualizada, la vigilancia continua y la documentación.
La revisión también permite reflexionar sobre la diferencia entre guía, protocolo y competencia. Las guías indican qué debería hacerse. Los protocolos adaptan esa recomendación a una institución. Un estándar de competencia busca algo más exigente: demostrar que la persona puede realizar la intervención correctamente en un contexto clínico real. Esta diferencia es decisiva para México. El estándar que se ha venido desarrollando para “proporcionar oxigenoterapia segura y efectiva al paciente” se estructura alrededor de acciones esenciales: valorar la necesidad, administrar correctamente, monitorizar respuesta y seguridad, registrar y comunicar la intervención. Esa arquitectura responde de manera directa a las brechas descritas por la revisión.
El paso de conocimiento a competencia cambia el nivel de exigencia. Una conferencia puede mejorar información, pero no necesariamente garantiza desempeño. Una evaluación por competencia debe observar al profesional frente al paciente: interpretar SpO₂ en contexto, reconocer signos clínicos de dificultad respiratoria, decidir si realmente requiere oxígeno, seleccionar dispositivo, ajustar flujo o FiO₂, verificar conexiones, vigilar respuesta, detectar hiperoxia o fracaso terapéutico, escalar oportunamente, retirar cuando corresponde y documentar. Eso es mucho más sólido que responder un cuestionario.
El artículo también debe utilizarse con rigor. Es una scoping review, no una revisión sistemática diseñada para estimar prevalencia global ni para medir eficacia de intervenciones. Además, el análisis que revisamos identifica una inconsistencia interna entre porcentajes reportados en el resumen y porcentajes descritos en la sección de resultados. Esto no invalida el mensaje general, pero obliga a usar las cifras con prudencia, especialmente en documentos regulatorios o institucionales.
Para México, la conclusión es clara. El país necesita avanzar hacia una cultura de oxigenoterapia segura basada en evidencia, protocolos, formación continua y estándares de competencia. Esto involucra a médicos, terapeutas respiratorios, enfermeras, fisioterapeutas, paramédicos, personal de traslado, áreas críticas y responsables de calidad. La indicación puede originarse en el médico, pero la seguridad depende de todo el sistema: quien prescribe, quien instala, quien vigila, quien documenta, quien detecta deterioro y quien decide escalar o retirar.
También se requiere normatividad nacional e institucional más explícita. Cada hospital debería contar con políticas claras sobre prescripción de oxígeno, metas de saturación, dispositivos permitidos, rangos en pacientes con riesgo de hipercapnia, criterios de monitoreo, destete, traslado, humidificación, alarmas, capacitación y auditoría. Las instituciones deben dejar de medir la oxigenoterapia solo por disponibilidad de tomas, cilindros o concentradores. Deben medirla por uso correcto, resultados clínicos, eventos adversos evitables y competencia demostrada del personal.
La frase más defendible para comunicar este cambio es: el oxígeno es uno de los medicamentos más utilizados en la atención hospitalaria y, paradójicamente, continúa administrándose con importantes brechas de conocimiento, prescripción, monitorización, titulación y suspensión.
Este artículo ofrece una base internacional para impulsar el trabajo mexicano, sobre Estándares de Competencia en Salud respiratoria. Se trata de reconocer que una intervención tan frecuente y decisiva merece el mismo rigor que cualquier medicamento de alto impacto. La oxigenoterapia segura exige conocimiento, pero también criterio, técnica, vigilancia, comunicación, registro y responsabilidad compartida.
El futuro de la Medicina Respiratoria no estará definido solo por ventiladores más inteligentes o dispositivos más sofisticados. También estará definido por nuestra capacidad de hacer correctamente lo esencial. Y pocas cosas son tan esenciales como administrar oxígeno con seguridad, oportunidad y competencia demostrable.