Descansar, disfrutar y compartir: tres reglas de oro para la salud neuronal y la prevención de enfermedades
Published: April 2, 2026. Author Rodrigo Ramos-Zúñiga Neurocientífico, Universidad de Guadalajara
“Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte”.
Santiago Ramón y Cajal.
“Es de noche en el bosque neuronal, la glándula pineal ha entendido muy bien el mensaje de la oscuridad que se ha captado por la ventana de la retina y ha enviado como emisario a la melatonina para que el sistema de encendido y apagado temporal del estado de consciencia y del ciclo circadiano del sueño se active…”
El artículo expone la importancia del descanso, el esparcimiento saludable y la convivencia como factores protectores de la salud neuronal y de la prevención de enfermedades neurodegenerativas y trastornos emocionales. Parte de una explicación neurobiológica del sueño, señalando que, durante sus fases profundas, especialmente en el sueño paradójico o REM, el cerebro reorganiza su actividad eléctrica, consolida la memoria, desecha información irrelevante y activa mecanismos de limpieza de productos de desecho metabólico. En este proceso destaca la función del sistema glinfático, responsable de facilitar el “lavado” del tejido cerebral y reducir la acumulación de proteínas anormales como tau y beta-amiloide, vinculadas con enfermedades como el alzhéimer.
El texto subraya que dormir y descansar no solo son necesarios para la recuperación funcional del sistema nervioso, sino también para preservar la estabilidad emocional, la regulación neurohormonal, la competencia inmunológica y el equilibrio cognitivo. En este sentido, el sueño reparador se relaciona con la consolidación de funciones superiores como la memoria, la orientación, el lenguaje, la capacidad analítica, la predicción y las funciones ejecutivas. El artículo también destaca que las alteraciones del descanso, como el insomnio o el sueño fragmentado, pueden ser signos tempranos de trastornos como la depresión o incluso antesala de procesos neurodegenerativos en el adulto mayor.
Además del sueño, el autor otorga un papel central al esparcimiento, la pausa y el ocio saludable como componentes de la salud mental. Señala que estas experiencias permiten activar circuitos de placer y recompensa, mejorar la capacidad intelectual, favorecer la empatía y fortalecer la socialización. El descanso se plantea así no solo como una necesidad fisiológica, sino como una oportunidad de recuperación funcional integral que beneficia tanto al individuo como a su comunidad. En este contexto, se valoran estímulos como la música, el silencio, la naturaleza, los paisajes, los olores y lecturas alejadas de la rutina ordinaria, al considerarse elementos que promueven paz y tranquilidad.
El artículo también introduce la noción de “solitud necesaria”, entendida como la necesidad de limitar la hiperconectividad y la invasión digital para favorecer la introspección, la comunicación interpersonal significativa y la reducción del sobrepensamiento. El autor advierte que la sobrecarga informativa y la metacognición excesiva pueden derivar en hiperpensamiento obsesivo y obstaculizar el verdadero descanso. Desde esta perspectiva, la pausa se presenta como una forma de desconexión selectiva y una auténtica prescripción terapéutica.
Finalmente, el texto aborda el concepto de resiliencia neuronal, entendido como la capacidad adaptativa del sistema nervioso para recuperarse tras lesiones o experiencias críticas. Esta idea se amplía hacia una visión integral de la resiliencia como proceso de aprendizaje continuo, sustentado en la experiencia previa y en hábitos creativos y proactivos vinculados con la recuperación funcional. El artículo concluye que la combinación de descanso, sueño, dieta, ejercicio, convivencia, conversación e introspección constituye una ruta de prevención personalizada para mantener una mente sana y promover un equilibrio duradero entre emoción y cognición.
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Semana de pausa
Lo que el pulmón nos recuerda: Tiempo de silencio, tiempo de respirar
En estos días tranquilos, de familia, de recogimiento, me quedé pensando en el texto que leí sobre el descanso, la salud del cerebro y la necesidad de detenernos un poco. Era un buen texto, bien escrito, pero más que las explicaciones sobre el sueño y la limpieza neuronal, lo que se me quedó fue otra cosa: esa idea vieja, tan cierta, de que el cuerpo necesita pausas para no perderse y de que la mente también se enferma cuando uno no le concede silencio.
Y mientras lo leía, pensé en la Medicina Respiratoria.
Pensé en lo mucho que uno cree, cuando es joven, que esta profesión consiste en aprender parámetros, dispositivos, modos ventilatorios, escalas, flujos, interfaces, alarmas. Y sí, claro que todo eso importa. Importa mucho. Pero con los años uno descubre que no basta. A veces ni siquiera es lo más difícil.
Lo más difícil suele ser aprender a mirar.
Aprender a mirar de verdad a un paciente cansado, a un pulmón inflamado, a una familia angustiada, a un compañero agotado. Aprender a reconocer cuándo intervenir y cuándo dejar de hacerlo. Aprender a no pelearse con la fisiología. Aprender a no hacer daño por ansiedad, por prisa, por soberbia o por miedo.
Hay una frase de Albert Camus que yo he hecho muy mía. “Doctor, ¿dónde aprendió usted tanto? En el sufrimiento.” pertenece a la obra “La peste”(1947, esta novela es una de las más importantes del autor y está ambientada en la ciudad argelina de Orán, donde se desata una epidemia de peste. A través de esta historia, aborda la solidaridad, el absurdo de la vida y la condición humana frente al sufrimiento. Gano el Nóbel a los 44 años).
Y uno entiende esa frase mejor con los años.
No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo. No lo es. Ni porque haya que romantizarlo. Bastante daño hace ya cuando aparece. Pero sí porque muchas de las cosas que más nos enseñan en esta profesión no vienen del éxito fácil ni del caso bonito, sino de lo que dolió, de lo que salió mal, de lo que costó trabajo entender.
En terapia respiratoria eso se ve muy claro.
Se aprende mucho del paciente que llega en mal estado y no responde como uno esperaba. Del enfermo que no mejora, aunque ya se hizo lo correcto. Del ventilado que se desacopla sin dar una explicación rápida. Del paciente en alto flujo que de pronto encuentra un patrón de respiración más tranquilo y le enseña a uno que no siempre hace falta moverle más cosas, sino darle condiciones para sostenerse.
Eso, por ejemplo, no se entiende del todo al principio. Al principio uno quiere hacer. Ajustar. Corregir. Subir. Bajar. Cambiar de dispositivo. Reclutar. Probar otra cosa. Y en parte está bien, porque la medicina respiratoria exige acción. Pero después de ver suficientes noches en terapia intensiva, suficientes anestesias, traslados, suficientes destetes que van bien hasta que dejan de ir bien, uno empieza a entender que no todo se resuelve porque uno haga más.
A veces se resuelve porque uno deja de agredir.
Porque uno encuentra una forma más limpia de ventilar. Porque no desconecta sin necesidad. Porque no cambia de estrategia cada quince minutos solo para sentir que está haciendo algo. Porque permite que el pulmón se acomode. Porque entiende que recuperar una mecánica respiratoria más pareja también es una forma de tratamiento.
Eso no se aprende de memoria…. Se aprende viendo sufrir… Se aprende cuando uno ya vio cómo se deteriora un paciente por intervenciones mal pensadas, o cómo mejora otro porque alguien tuvo el buen juicio de no precipitarse. Se aprende cuando un enfermo te obliga a ser más humilde de lo que eras. Se aprende cuando una madrugada entera se te va al lado de una cama y, al amanecer, entiendes que la victoria de esa noche no fue brillante ni heroica. Fue más silenciosa. Fue haber sostenido bien. Haber acompañado. Haber vigilado sin desesperarse.
Yo creo que por eso esta época del año, con su tono de pausa y de familia, vale la pena. Porque nos recuerda algo que en el hospital se nos olvida seguido: que no estamos hechos para funcionar como máquinas. Ni el cerebro, ni el pulmón, ni nosotros.
El descanso no es un lujo. Es una forma de reparación.
Y no hablo solo del sueño, aunque también. Hablo del rato en que uno vuelve a comer sin prisa. De la conversación que no tiene un monitor de fondo. De la visita a la familia. Del silencio sin alarmas. Del momento en que uno deja de estar respondiendo y vuelve, aunque sea un poco, a estar presente.
Eso también modifica la manera de trabajar.
Un terapeuta respiratorio cansado de más empieza a perder finura. Un médico agotado puede seguir resolviendo, pero ya no mira igual. Una enfermera rebasada sigue cumpliendo, pero empieza a pagar costos que luego se notan en todo. En la paciencia. En la forma de hablar. En la capacidad de decidir bien. En la manera de acompañar.
Y acompañar, en nuestras áreas, no es una palabra menor… Acompañar es estar al lado del paciente ventilado cuando todavía no entiende qué le está pasando. Es sostener la calma de la familia cuando lo único que tienen para leer es el movimiento del tórax y la pantalla del monitor. Es ayudar al colega que lleva horas sin sentarse. Es darse cuenta de que en una unidad crítica no solo se maneja oxígeno, presión, volumen o PEEP. También se maneja miedo. Y cansancio. Y esperanza.
Eso lo enseñan los años, pero sobre todo lo enseña el sufrimiento. El propio y el ajeno.
No para endurecerse… O no al menos del todo. Más bien para volverse más humano sin perder firmeza. Para ir entendiendo que la medicina respiratoria no es solo ciencia aplicada, sino también una forma muy concreta de estar junto a otro cuando respirar dejó de ser fácil.
Por eso, cuando se habla de descanso, de pausa y de salud, yo creo que nosotros también tendríamos que aprender a traducirlo a nuestro mundo. Un mundo donde se habla mucho de estrategias y muy poco de recuperación. Donde se admira a quien aguanta, pero no siempre a quien sabe detenerse. Donde parecería que el mérito está en resistirlo todo, cuando a veces el verdadero oficio está en reconocer los límites antes de romperse.
Y eso también hay que enseñárselo a los más jóvenes. No solo cómo se arma un circuito o cómo se interpreta una gasometría o cómo se ajusta un ventilador.
También hay que enseñarles a no volverse de piedra. A conservar la capacidad de sentir sin quedar inutilizados por lo que sienten. A darse permiso de descansar. A hablar cuando algo les pesa. A entender que el conocimiento técnico los va a hacer competentes, sí, pero que la profundidad para ejercer bien esto muchas veces va a venir de otra parte.
Va a venir de lo vivido: de pérdidas que no se olvidan, de guardias difíciles, de pacientes que se quedan con uno más tiempo del que uno quisiera, de errores que dolieron y de esa compasión que algunos logran conservar aun después de muchos años. A lo mejor por eso algunas de las personas que más enseñan en el hospital no siempre son las que más hablan. A veces son las que ya vieron bastante, las que ya sufrieron lo suyo, las que ya aprendieron que casi siempre conviene bajar un poco el tono y mirar mejor.
Esas son las personas de las que uno sale sabiendo más, aunque no siempre porque hayan dado una clase.
A veces basta una frase, basta cómo se quedan junto a una cama o ver cómo no se desesperan… Y así uno entiende.
En estos días de Semana Santa, yo pensaría en eso. En el valor de la pausa, sí, pero también en el valor de lo que el dolor nos fue enseñando sin pedirnos permiso. En que el pulmón necesita tiempo, el cerebro necesita descanso y nosotros necesitamos conservar algo de humanidad para seguir haciendo bien este trabajo.
Porque al final, si alguien nos preguntara dónde aprendimos tanto de esto, muchos tendríamos que responder con honestidad: No solo en los libros o en los congresos o en las guías… También en el sufrimiento.
Y ojalá que, después de haber aprendido ahí, nos quede al menos la delicadeza de enseñarles a otros sin soberbia, como quien entrega algo que le costó mucho entender, pero que ya no quiere que el de enfrente tenga que aprender solo.
