El Día Mundial de la Justicia Social no solo habla de pobreza o desigualdad económica. Habla de algo más estructural:
• Dignidad en el trabajo
• Equidad en oportunidades
• Reconocimiento del mérito
• Condiciones laborales humanas
• Distribución justa del esfuerzo y los beneficios
Parábola de la hormiga desmotivada (versión breve)
Había una hormiga que cada día llegaba temprano a trabajar. No necesitaba supervisión. Hacía su labor con dedicación, excelencia y alegría. Era productiva porque amaba lo que hacía.
Un día, su jefe pensó que, si trabajaba tan bien sola, seguramente produciría aún más bajo supervisión. Entonces contrató a alguien para controlarla, luego a otra persona para hacer informes, después a más personal para organizar datos, crear gráficos y vigilar resultados.
Poco a poco, el trabajo de la hormiga dejó de ser hacer bien su labor… y pasó a ser llenar reportes, justificar tiempos y responder controles.
La hormiga, que antes trabajaba feliz, empezó a sentirse abrumada. Ya no disfrutaba su trabajo. Su energía no estaba en producir, sino en demostrar que producía.
Al notar que el rendimiento había bajado, la empresa contrató consultores. Después de meses de análisis, concluyeron que había exceso de personal.
Y despidieron a la hormiga.
La misma que había sido el origen del éxito.
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Moraleja
Cuando una organización crece, puede olvidar lo esencial: las personas que construyeron sus logros. El exceso de control no reemplaza la confianza. La burocracia no reemplaza la pasión.
Y cuando se apaga la motivación de quien trabaja con entrega, no se pierde solo productividad… se pierde el alma del equipo. Porque muchas veces no fallan las personas. Falla el sistema que deja de valorarlas.
Justicia Social también es justicia laboral
Una sociedad justa no es solo aquella que reparte recursos. Es aquella que:
• No sofoca el talento.
• No penaliza la eficiencia.
• No premia la burocracia improductiva.
• No destruye la motivación de quien aporta valor real.
La parábola es una crítica elegante a los sistemas que:
• Deshumanizan el trabajo.
• Confunden control con liderazgo.
• Confunden estructura con eficiencia.
• Generan desigualdad interna dentro de las organizaciones.
En el fondo, habla de algo muy actual: El burnout no siempre nace del exceso de trabajo. Muchas veces nace de la pérdida de sentido.
La terapeuta que escuchaba los pulmones
En el séptimo piso del hospital, donde las luces nunca se apagan y el silencio solo existe entre alarmas, trabajaba una terapeuta respiratoria. No era famosa. No daba conferencias. No salía en las fotografías institucionales. Pero sabía escuchar pulmones. Llegaba antes del cambio de turno. Revisaba cada ventilador como si fuera único. Tocaba los circuitos. Ajustaba humidificadores. Verificaba alarmas.
Para muchos, eran máquinas. Para ella, eran puentes… Puentes entre el aire y la sangre. Entre la angustia y la esperanza. Había aprendido a reconocer una descompensación antes de que el monitor gritara. Sabía cuándo un paciente “no estaba cómodo”, aunque los parámetros parecieran correctos. Sabía cuándo subir PEEP y cuándo no tocar nada. Sabía cuándo una mano en el hombro de la familia valía más que una explicación técnica.
Era buena. Muy buena. Y lo más peligroso para algunos sistemas… es cuando alguien hace bien su trabajo sin pedir permiso.
Un día ingresó un paciente postquirúrgico complicado. Obeso. Dolor intenso. Hipoventilando. Saturación limítrofe. La terapeuta lo vio apenas entró… Observó la mecánica torácica. El patrón superficial. La fatiga en los músculos accesorios.
Pidió a la enfermera analgesia adecuada. Propuso ventilación no invasiva temprana. Movilización precoz. Incentivó expansión pulmonar antes de que apareciera la atelectasia.
No todos estuvieron convencidos. Pero ella insistió con argumentos, no con ego. Esa noche el paciente no se re-intubó. Dos días después estaba respirando por sí mismo.
Al alta, la esposa del paciente la buscó en el pasillo. La abrazó sin saber exactamente qué palabras usar.
—Gracias por no rendirse con su respiración.
Ella sonrió. Eso bastaba.
Pero mientras salvaba respiraciones, el sistema cambiaba… Llegaron más coordinadores… Más supervisores…Más indicadores… Más formatos.
Cada intervención debía registrarse en tres plataformas. Cada decisión clínica debía justificarse con un reporte comparativo. Cada guardia tenía auditoría. Ya no bastaba con hacerlo bien. Había que demostrarlo en gráficos.
La terapeuta empezó a irse más tarde. No por los pacientes. Por los informes. Comenzó a sentir algo nuevo:
no cansancio físico… sino desgaste moral.
Un día, frente a un ventilador, dudó por primera vez. No en lo clínico. En si valía la pena seguir.
Meses después, los números mostraron una baja en “productividad”. La administración concluyó que el servicio necesitaba “optimización”. La auditoría interna habló de “exceso operativo”.
Y alguien tenía que salir. Fue ella. La terapeuta que había evitado re-intubaciones. La que había reducido complicaciones silenciosas. La que escuchaba pulmones más allá de los monitores.
El argumento fue simple: “Ya no estaba tan motivada”.
Semanas después, otro paciente similar ingresó. Misma cirugía. Mismo riesgo. Pero esta vez nadie pidió ventilación temprana. Nadie insistió en movilización precoz. Nadie vio la fatiga antes de la caída brusca.
Se re-intubó de madrugada. La alarma sonó fuerte. Pero nadie escuchó lo que ya no estaba ahí.
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Epílogo
En medicina respiratoria aprendemos algo esencial: La respiración es frágil. Pero también lo es la vocación.
Un sistema hospitalario puede llenarse de tecnología, de inteligencia artificial, de bitácoras completas y presentaciones impecables. Pero si olvida cuidar a quienes sostienen la respiración del paciente… terminará respirando superficialmente también.
El exceso de control no reemplaza la confianza. La burocracia no reemplaza el criterio. La supervisión no reemplaza la pasión.
Y cuando un hospital pierde a quienes escuchan los pulmones con el corazón, no pierde solo empleados… Pierde futuro. Porque salvar una respiración no siempre aparece en el informe mensual. Pero siempre queda grabado en la vida de alguien.
Hoy, en el Día Mundial de la Justicia Social, recordamos que la justicia no solo se mide en leyes o políticas públicas. También se mide en cómo tratamos el talento, el esfuerzo y la vocación dentro de nuestras propias instituciones.
La parábola de la hormiga nos recuerda que cuando el sistema pierde el equilibrio entre liderazgo, confianza y propósito, la motivación se erosiona. Y con ella, la dignidad del trabajo.
Justicia social también es crear entornos donde el mérito no sea castigado, donde la eficiencia no sea sospechosa y donde el trabajador conserve su sentido de propósito.
En medicina respiratoria, esto es todavía más delicado. Cuando la hormiga se desmotiva:
• No solo se afecta la productividad.
• Se afecta la calidad del cuidado.
• Se afecta la seguridad del paciente.
• Se afecta el sistema completo.
Un sistema injusto no solo daña al trabajador. Daña a quienes dependen de él.
La justicia social comienza en lo cotidiano: en cómo organizamos nuestro trabajo, en cómo reconocemos el esfuerzo y en cómo protegemos la motivación de quienes sostienen el sistema. Porque cuando una hormiga deja de creer en su propósito, no pierde solo ella… Perdemos todos.