Cuando uno empieza su carrera en Medicina o Terapia, suele pensar que el reto está solo en el diagnóstico, en la técnica o en el conocimiento científico. Con los años —y con guardias, pacientes y decisiones difíciles— se aprende algo igual de importante: Las personas con las que trabajas pueden salvar un servicio… o ponerlo en riesgo.
En un hospital todos estamos en el mismo barco. Pero no todos los que suben reman. Algunos, sin darse cuenta o sin importarles, perforan el casco.
Esta idea incomoda, pero es real. La he visto repetirse en equipos clínicos brillantes, con vocación y talento, que empezaron a deteriorarse no por falta de conocimientos, sino por errores humanos y de convivencia profesional.
Y no se trata solo de “malas personas”. Se trata de colegas que: no tienen claro su propósito… no respetan límites éticos… o tienen un ego que no tolera no ser el centro de todo.
Cuando el problema no es el paciente, sino el equipo
En el ambiente hospitalario esto se vuelve crítico. Una sola persona puede afectar:
• la comunicación en un pase de visita,
• la seguridad del paciente,
• la confianza entre turnos,
• o el clima emocional del servicio.
He visto ejemplos claros en la vida diaria:
• El médico que nunca documenta bien y culpa al turno siguiente.
• El terapeuta que ignora protocolos porque “así lo hace más rápido”.
• El residente brillante que compite con sus compañeros en lugar de apoyarlos.
• El profesional que exige reconocimiento, pero evita cargar con el trabajo pesado.
Aquí aparece una lección clave: No todo el talento suma… No toda cercanía conviene… No toda recomendación merece un sí.
Señales que un mentor aprende a no ignorar
Con el tiempo, uno aprende a leer ciertas señales tempranas en los equipos de salud:
1. No construyen equipo, compiten internamente.
2. No asumen errores, buscan culpables.
3. No respetan procesos clínicos, solo resultados rápidos.
4. No cuidan la cultura del servicio, la usan cuando les conviene
5. No reman con el grupo, quieren dirigir sin cargar guardias, presión ni responsabilidad.
Y aquí una verdad que cuesta aceptar, pero que protege vidas: La cultura de un servicio no se rompe por errores técnicos, se rompe por errores humanos.
Liderar también es cuidar límites
Aunque hoy seas joven en la profesión, tarde o temprano liderarás: un turno, una guardia, un pequeño equipo, una sala, una decisión crítica. Liderar no es solo saber más. Es elegir bien, poner límites y, cuando hace falta, decir “no” a tiempo. Porque cuidar el barco —el servicio, el equipo, el ambiente— es cuidar a los pacientes y a las personas que sí reman con ética, humildad e integridad.
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Epílogo
En Medicina y Terapia, el conocimiento salva, pero la cultura sostiene… Cuida con quién trabajas… Cuida a quién escuchas… Cuida a quién dejas influir en tus decisiones clínicas. Porque un buen equipo no se define solo por su capacidad técnica, sino por su calidad humana cuando nadie está mirando.
