Imaginemos…
Me encuentro flotando.
Una corriente poderosa me arrastra sin esfuerzo, como si el movimiento mismo fuera mi razón de existir. No recuerdo un antes. Mis recuerdos comienzan aquí, en este río tibio y pulsátil. He sido expulsado de un lugar lleno de túneles, cavidades y nichos: la médula ósea. A partir de ese instante, soy.
Mientras me dejo llevar, empiezo a conocerme. Descubro que soy flexible, que puedo cambiar de forma con facilidad, estirarme, comprimirme, alargarme. En el vaivén de la corriente rozo a otros como yo y a muchos distintos. Eritrocitos cargados de oxígeno, plaquetas inquietas, células que parecen saber exactamente a dónde van. Todos viajamos en la misma dirección, aunque nadie nos lo ha dicho.
La velocidad del flujo cambia constantemente. A veces suave, a veces violenta. Pero siempre suficiente para arrastrarme. Poco a poco tomo conciencia de mí mismo: dentro de mi estructura hay sistemas complejos, maquinaria bioquímica precisa, compartimentos llenos de enzimas, gránulos cargados de poder. No sé aún para qué sirven, pero intuyo que mi existencia no es casual. Fui creado para algo trascendental.
Mis sistemas energéticos están en reposo, funcionando a bajo consumo, pero listos. Como un despertar en alerta. Me siento fuerte. Preparado. Ignoro la misión, pero sé que llegará.
Entonces ocurre.
Algo toca mi superficie. Se adhiere. Se fusiona conmigo. Es un mensaje.
No es una palabra, ni una imagen, es información pura: fragmentos del complemento, citocinas circulantes, señales y transmisores químicas que se funden con mis receptores y atraviesan mi membrana y reconfiguran todo mi interior. Es una llamada de auxilio. Lejana, pero urgente.
En un instante, cambio.
Mi citoesqueleto se reorganiza. Mis receptores se activan. El calcio intracelular aumenta. Siento una descarga que no es dolor ni miedo, sino propósito. Todo se acelera. Estoy en mi mejor momento. Comprendo: soy un neutrófilo. Soy un guerrero.
Otros como yo también han entrado en modo de combate. El pulmón está herido y hacia allá vamos
Ahora ya no me dejo arrastrar. Me dirijo. El flujo me obedece. Siento un bramido que se hace cada vez más intenso, más cercano y lo atravieso, es el corazón, que truena y me comprime al pasar por él. Luego el entorno cambia: el plasma se vuelve más denso, más ácido, más cargado de mediadores inflamatorios. Mi maquinaria metabólica responde sin dificultad; el entorno mismo me alimenta para lo que viene.
El cauce se estrecha.
Los capilares pulmonares aparecen ante mí. Son más pequeños que yo. Para avanzar debo deformarme, alargarme, arrastrarme. Pero algo ocurre: mis receptores, activados por la inflamación, rigidizan mi citoesqueleto. Dejo de ser tan flexible. Me atoro. Otros se agrupan conmigo. Nos acumulamos en el microvaso. Es el primer signo de la batalla: la microcirculación alterada.
La pared del capilar cambia. Expresa moléculas de adhesión: selectinas, integrinas, inmunoglobulinas. Ruedo. Me adhiero. Me fijo con firmeza. Ya no hay marcha atrás.
Presiono. Encuentro un intersticio. La unión estrecha entre células endoteliales se ha vuelto laxa. La inflamación la ha abierto. Atravieso. Es la diapédesis. Salgo del torrente sanguíneo y entro al tejido.
El ambiente es distinto. Húmedo. Silencioso por momentos. Luego, un sonido nuevo: un ronquido profundo, sibilancias que se mezclan con un rugido estruendoso, pero rítmico. El pulmón lucha por ventilar. Algo falla en el intercambio gaseoso.
Avanzo. Otra barrera. Ahora es el epitelio alveolar. Más delicado. Más vivo. También cede. Cruzo.
Y entonces lo veo, es el campo de batalla.
La caverna alveolar está parcialmente colapsada. Las paredes se abren y cierran con dificultad. El surfactante está alterado. Una malla rota —la matriz extracelular— cuelga en fragmentos. Hay líquido, detritos, restos celulares. Otros neutrófilos como yo están aquí. Algunos más grandes: macrófagos que coordinan, que dirigen.
Y el enemigo.
Bacterias. Fragmentos virales. Señales de daño. No piensan. No sienten. Solo buscan replicarse.
Ataco.
Fagocito. Libero radicales libres de oxígeno. Descargo proteasas. Es eficaz, pero no limpio. Cada victoria deja daño colateral. El epitelio sufre. El endotelio se erosiona. El edema aumenta. Así es esta guerra: necesaria, pero devastadora.
Sigo luchando.
Con el tiempo, mis reservas se agotan. Mis gránulos están casi vacíos. El oxígeno escasea. Mi citoesqueleto ya no responde igual. Me muevo más lento. He envejecido en horas. Sigo enviando señales: más ayuda, más neutrófilos, más inflamación.
Quiero morir. Es parte del ciclo. Apoptosis ordenada. Silenciosa.
Pero algo lo impide.
Las señales no cesan. La inflamación persiste. El sistema no logra apagarse. Quedo atrapado: disfuncional, agotado, incapaz de defender, pero aún presente. Mi muerte se retrasa. El daño continúa.
Desde fuera, nadie ve esta guerra.
Desde fuera, un ventilador intenta mantener abiertos los alveolos, limitar el daño, comprar tiempo. El personal de salud observa parámetros, presiones, volúmenes, curvas. Hacen lo posible por no empeorar la herida mientras esta batalla invisible se libra a escala nanométrica….
Nuestra historia interna es tan fascinante y brutal como cualquier relato de ciencia ficción.
Aquí no hay héroes individuales. No hay villanos conscientes. Solo sistemas biológicos complejos enfrentándose a amenazas internas y externas. Una guerra proinflamatoria y antiinflamatoria que aún no comprendemos del todo.
Algún día lo haremos.
Cuando logremos descifrar esta guerra proteómica, cuando entendamos cómo modularla sin destruir, habremos dado un paso decisivo contra la lesión pulmonar aguda y el síndrome de dificultad respiratoria aguda.
Hasta entonces, seguiremos luchando.
Desde dentro… y desde fuera.
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Epílogo
Al final, cuando el ruido del ventilador se vuelve parte del paisaje y los algoritmos terapéuticos parecen agotarse, queda la certeza de que el cuerpo humano sigue librando combates que aún no comprendemos del todo. El neutrófilo, el macrófago, el epitelio alveolar y el endotelio capilar no actúan al azar: responden a una lógica biológica refinada por millones de años, aunque a veces su defensa se convierta en daño colateral.
Como profesionales de la medicina crítica, respiratoria y del ámbito perioperatorio, nuestra tarea no es dominar esa guerra, sino acompañarla con respeto, minimizar el daño y sostener al paciente mientras la biología hace su parte. La ventilación mecánica, la oxigenoterapia y la rehabilitación no son armas ofensivas, sino estrategias de contención en un conflicto microscópico de enorme trascendencia.
La ciencia que aún falta por descubrir no disminuye nuestra labor; al contrario, la ennoblece. Porque cada día que entendemos un poco más, cada pregunta bien formulada y cada observación clínica consciente nos acercan a una medicina respiratoria más precisa, más humana y humilde frente a la complejidad de la vida.
• What drives neutrophils to the alveoli in ARDS?, Zemans RL, Matthay MA. Thorax Jan 2017 Vol 72 No 1
• Severe community acquired pneumonia: current concepts and controversies. ICM 2026 https://doi.org/10.1007/s00134-025-08252-x